Definición hermética es un libro póstumo constituido por tres poemas: el del título y dos más (Sagesse y Amor de invierno), todos a su vez divididos en poemas más breves. Y “Definición hermética” es —además de título de este poema póstumo, además de un juego con las iniciales de la autora, Hilda Doolittle, más famosa como H.D. que por su nombre real. Además, claro, es una propuesta bastante buena para decir qué es un poema —en especial, un poema místico. Como en muchos otros sentidos, la traducción de Juan Pablo Pereira juega con ese juego: lo mantiene como alusión, invierte su orden, opera sobre su sonoridad y su sentido, y lo acompaña en un recorrido difícil de un discurso que no se quiebra, que se empecina en lo que dice y, al mismo tiempo, que fracasa en decirlo: que hace de ese fracasar en decir, su discurso mismo.

Cuando escribo esto se me hace un poco impostado: es lugar común decir que el poema es sobre su imposibilidad, tanto como que el discurso místico es sobre su propia imposibilidad. Y Definición hermética son poemas y son místicos —o es poema místico.

Pero que se me haga impostado o incómodo no importa, si es un hecho que, además, estos poemas se llaman “Definición hermética”, o sea, se nombran en su renuencia a tener sentido fácilmente accesible. Significan, pero desde algo cerrado y reiterado que se ve ya en la diagramación de Overol. Más importante es que esa incomodidad no me pertenece a mí solo, lector: está en estos textos, y más importante es que es única. O sea, aunque todo poema sea sobre su propia imposibilidad, aunque toda traducción lo sea, aunque todo texto sea hermético al menos en parte, cada uno lo es de su propia manera, y ese modo particular, ese ser en el mundo de ellos y de su lenguaje es lo que cruje en Definición hermética. El poema místico triunfa cuando fracasa, pero también, sobre todo, cuando lo hace de manera única e irrepetible, y quiero hablar ahora de cómo este poema místico fracasa bien aquí.

Hay una especie de gemido suave en Definición hermética. Se resta al grito y en ese no dramatismo se vuelve cosas inesperadas, sorprendentes: canción de cuna, arrullo, titubeo en nombrar, desdoblamiento, enumeración de nombres bíblicos, clásicos, místicos o íntimos, canción de amor o de amistad, fallo de ambos afectos, infancia y ultratumba. Hay un trabajo maravilloso de escala que varía de lo grandioso de lo sobrehumano a lo diminuto del secreto. Tanto los dioses como los niños hablan en códigos. Dioses y niños crean lenguajes que solo ellos reconocen, y así, forman comunidad tanto como vetan el acceso a ella con una sílaba, con un nombre, con una alusión. Eso lo sabe H.D. y lo sabe Juan Pablo Pereira. Formar un lenguaje que diga y que no diga es, además de una pelea donde se deja la vida, una forma de intimidad. Esto de pelea donde uno se deja la vida puede verse como metáfora si hablamos de un momento del poema, sobre todo del poema místico, pero literalmente si hablamos de una vida dedicada a la poesía, como la que se acabó antes de terminar de producir este texto. Dejar la vida es literal, también, si hablamos de lo que hace el traductor, que deja su propia vida de lado para sumergirse en el discurso de otro.

Uno se excluye cuando reconoce la intimidad, incluso la propia: no sé si sea el designar la intimidad lo que la excluye a uno de ella, como designar cualquier cosa. Uno se muere de ya no habitar, de pena y de celos, se muere por ser dios y por no ser dios, se canta a gritos, es luz y poderío, y se pone chico, niño, impreciso, se restriega los ojos debajo de sábanas con o sin autitos Se hace más grande que el universo y no sabe amarrarse los zapatos, en una misma operación. Cito: “Hubo una Helena desde antes que hubiera una guerra” ; “y es ayer y el viento marino llena mi vela, / y mis hermanos están lado a lado, / y mi hermana entreteje las flores para mi pelo (…) / Odiseo se ha ido y mi hermana iba a casarse o se había casado con Agamenón, / y “no tiene importancia”, me confía, / “solo risas, risas” / y Menelao en el altar, susurrando” (“Amor de invierno”, [22]).

Todo lo que se escribe viene del deseo y del amor. Todo lo que se escribe viene desde, o trasvasijado por, o domado y no por el cedazo de algún tipo de deseo, de alguna forma de amor. El poema místico es su impulso, su cedazo, su trasvasije, su poca adecuación a cualquiera de estas imágenes y de la materia del colador particular, de la jarra particular, del movimiento preciso. El Cantar de los Cantares dice algo que ha traducido por siglos como “todo es vanidad”, pero que en el original hebreo dice “todo es vapor”. Hay inanidad, pero también más que eso, a diferencia de su contraparte cristiana. Sobre todo hay cambio imperceptible a veces, imposible de detectar. Hay a la vez falta de certeza y absoluta continuidad, al mismo tiempo. Si en Definición hermética todo es vanidad, si la muerte está desde Menelao y la hermana que se casó más tarde o más temprano con Agamenón, si hay muerte en el lenguaje secreto de los dioses y los niños, en las cartas perdidas, en los apodos íntimos y en los nombres de los 72 ángeles, esa vanidad y esa muerte también son vapor: se nos escapan y vuelven a nosotros.

No sé qué le tuvo que pasar a H.D. para escribir estos poemas (aunque le tocó ser amiga de Pound, que no es poca inspiración ni poco peso). No sé qué le tuvo que pasar, por qué tuvo que pasar Juan Pablo Pereira para traducirlos, pero sí veo esa tensión entre lo ritual y lo cotidiano, esta transformación del vapor que desaparece y regresa, en casi todos los poemas: “Suya es la 24a década de la esfera, / suyo es el ángel Senciner, el tiempo de invocación // o de oración es de 3.40 a 4 — ¿qué hacemos? / despejamos la mesa, apilamos libros en una silla // nos deslizamos de nuestras pantuflas / agarramos ansiosamente nuestros zapatos, / abrimos una ventana al aire de invierno, la cerramos de nuevo // pasamos un cepillo por nuestro pelo; Germain es crítico;/ ¿por qué debiera importarnos? Debemos presentar otro yo, una cáscara, // estamos demasiado tensos, demasiado quebradizos; miedosos rezamos por entereza / Oh Senciner, tú que cuidaste a nuestro Edipo, nuestro padre // haznos resistir, haznos olvidar la ansiedad y el terror / por una breve fracción de la década de tu esfera.” (“Sagesse”, [11])

Uno relee los clásicos a su propio riesgo. Puede discutirse si Definición hermética es clásico, pero no que es una relectura que propone la pregunta: ¿es póstumo siempre el clásico? ¿Y su versión, su intertexto? ¿Hay necesariamente un desajuste en medio en ese pedacito de tela o de papel que se superpone al mármol de milenios, el óleo de cientos de años? Pregunta retórica: claro que hay desajuste. En esta traducción, veo ese vapor temblar entre lenguajes. Sin embargo, y este es un pero importante, no hay descalce estilístico. Es decir, esa superposición consigue hacerse (y de forma visible, llamando la atención sobre sí misma), pero la torpeza a la que aludo muchas veces más arriba aparece siempre como deliberada, y cuando no como deliberada, como exitosa, y cuando ninguna de estas cosas, aparece como torpe, pero no es torpe. No hay contradicción aquí. Estos poemas fracasan y son torpes (como los niños, como los dioses) pero nunca son malos: no es esa su torpeza ni su forma de fracasar. Como los poemas místicos que son, titubean y farfullan y fracasan, pero no hay ripio, aunque el cedazo nos arda en las manos con el paso del vapor, aunque las formas del vapor no dibujen exactitud. Todo el poema puede ser una queja sobre su propio fracaso, pero no deja al lector deseando el triunfo.

(Yo, lector, no deseé el triunfo del poema místico ni calculé la exactitud de su fracaso, hasta que tuve que dejar de leer para apretarme el corazón).

Estos poemas no prometen el éxtasis ni nos llevan, por tanto, a la traición de esa promesa. Pero entregan el éxtasis que no prometen en instantes, casi simultáneo a la traición de ese éxtasis. Ejecutan tan bien ese movimiento simultáneo de fracaso, de experiencia infantil, lenguaje divino, referencias clásicas, carta de amor o amistad, que dejan al lector en una revelación de esas que tocan el corazón y lo transforman en otra cosa. Lo único disruptivo en este libro no está en su texto, en su traducción ni en su edición, sino en información externa: el sello que nos indica que es parte de un Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, el ISBN para que sepamos clasificarlo en una biblioteca o citarlo en un texto académico. Personalmente, agradezco esa disrupción. Fue necesaria para que leer este libro no me hiciera volverme loco. Me hizo pensar: hasta los poetas publican. Hasta los lectores necesitan encontrar un libro en la biblioteca. Hasta los traductores, que conocen al menos dos idiomas, tienen nombre propio, susceptible de imprimirse y de ser citado, en alguno de esos idiomas. Eso no me salvó de la experiencia de leer este libro: tuve ganas furiosas de salir afuera, de quedarme de pie afuera tocándome el pecho con las dos manos, de que se pusiera a llover fuerte, con truenos, y no moverme de esa lluvia. Me dieron ganas de viajar, de salir en ese momento al aeropuerto y tomar cualquier avión —en realidad, tuve ganas terribles, feroces, de irme. Me dieron muchas ganas de ponerme a escribir en el mismo tono de estos poemas: de compartir su lenguaje. No sé si puedo decir algo mejor de un libro o de una traducción: cuando leerlos se hace experiencia, todo lo que escribo acá arriba me parece vapor de vapores que sí sirve de algo, espero: sirve para contar que Definición hermética es un libro maravilloso y que la traducción de Juan Pablo Pereira también lo es.

Definición hermética
H.D. (Traducción y notas por Juan Pablo Pereira)
Ediciones Overol
185 páginas
Precio de referencia: $10.000 


Poeta y profesora. PhD en Romance Languages and Literatures por SUNY, Buffalo