—Slowkiss es una máquina que no para. Este es mi corazón, mi proyecto número uno.

Algo extraño le pasa a Elisa Montes Arévalo (33) al hablar de su banda. Y se le nota. Mientras revuelve el mocaccino recién servido, sonríe levemente y comenta que está en proceso de maqueteo del nuevo disco, que lo va a grabar este año, que pretende salir de gira y luego radicarse definitivamente en Estados Unidos.

Su futuro, dice con decisión, ya no está en Chile.

A principios de este año, la alineación de Slowkiss cambió radicalmente. Ni Matías Acuña (batería) ni Ignacio Villagrán (guitarra) ni Victoria “Vicky” Cordero (bajo y voz), tres de los cuatro miembros que dieron vida a “The Cliff” (2015) y “Ultraviolet” (2017) -los EP con los que se hicieron un nombre en la escena alternativa de la costa oeste estadounidense-, forman ya parte de la agrupación.

En marzo, y tras casi acabarse el proyecto para siempre, Slowkiss resurgió con una nueva formación de la mano de Natalia Adelina Díaz (bajo y voz), Alejandro Castillo (guitarra) y Daniel Palma (batería).

Así se presentaron en Espacio 56, la antigua casona donde está su sala de ensayo, en un mini festival el sábado 28 de abril. Ante un público a medio camino entre el punk y el metal, Slowkiss desplegó toda su potencia en una de sus últimas tocatas antes de detenerse a terminar de componer “Mouth”, el que va a ser su primer LP. Y Elisa, armada con su Stratocaster japonesa, rockeó como si fuera Courtney Love: cantó, saltó, gritó y cabeceó como ningún otro músico lo hizo ese día.

Ese olor a espíritu adolescente es el que la llevó el 2014 a fundar esta agrupación junto a Vicky Cordero (ex La Reina Morsa, ex Primavera de Praga) con la idea de dar forma a un proyecto de voces dulces, ruido, punk rock y pop, influenciadas por bandas alternativas de los ’90 como Sonic Youth, Nirvana, Pixies y Smashing Pumpkins, entre otras. Son canciones de amor y desamor, pero que reivindican la liberación de los sentimientos de la mujer cuando está siendo reprimida, en relaciones tóxicas, en momentos de atrapamiento o cuando es juzgada por la sociedad.

Integrada siempre por dos hombres y dos mujeres (“así me gustaría que fuese la sociedad”, dice), la banda ha registrado todas sus canciones en inglés, el primer idioma que aprendió a hablar Elisa (“hay grupos en el mundo muy famosos que lo hacen para que la música pueda llegar hasta nosotros; si Björk hubiese cantado en islandés y no en inglés, nunca la habríamos podido conocer”, explica).

La nueva formación de Slowkiss / Gustavo Canales

—Slowkiss es una mezcla de noise-punk-grunge-shoegaze. ¿Esa faceta musical tuya siempre existió o surgió con el tiempo?
—Sí. Yo siempre he sido depresiva, sensible y peleadora. Me afectan caleta las cosas sentimentales. Yo soy de la época cuando teníamos el minicomponente en la pieza y escuchaba Smashing Pumpkins con la luz apagada llorando. Clásico de cabra chica (risas). Slowkiss entonces es un grupo emo, porque está teñido de toda una nostalgia, un dolor y una oscuridad de lo que es ser adulto, sufrir y entender diferentes realidades. No desde puntos de vistas tan positivos, sino que contar cosas que de repente no tienen solución.

—¿Defines el grupo como emo, entonces?
—Yo creo que el término que le queda mejor es punk alternativo. Como Nirvana o Hole, que es punk igual, pero con notas medio extrañas y con vueltas que no son cuadradas.

La definición del estilo vino de la misma esencia de Elisa, quien es la principal cabeza creativa de Slowkiss. Aún así, ella cree firmemente que las bandas son las que hacen las canciones y no la compositora sola en su casa.

—Hay muchos compositores que dicen que la canción es los acordes, la letra y la melodía, que la idea es lo que vale, pero a mí me gusta caleta pensar en que la canción no es canción hasta que no tiene todos los elementos, donde los otros músicos ponen sus arreglos, sus ideas, su calidez…

—¿En serio? Mucha gente cree que la canción es la estructura desnuda que se puede tocar en guitarra o en piano a pura voz. Lo que sale cuando uno la inventa solo en su casa.
—No, yo no creo eso. Por eso también es súper importante para mí la gente con la que toco. Me tiene que gustar, me tiene que inspirar, la tengo que admirar. No puede ser cualquiera.

—¿Y eso te pasa en general con la gente que has tocado?
—Con todos los que he tocado. Todos con los que he tocado son mis músicos favoritos.

—¿No te gustan esas bandas donde hay un solo líder que compone y el resto sólo es intérprete? Así tipo Jorge González y Los Prisioneros.
—No, de hecho yo comparto todos los derechos de mis canciones por igual con mi grupo. Es una decisión propia porque legalmente el que hace los acordes y el que inventa la melodía es el dueño al 100%, pero por la experiencia que he tenido en todas las bandas saqué en limpio que me gustaba compartir para que todos se sintieran parte del proyecto y que, si es que hay alguna ganancia, todos tengan algo y podamos surgir juntos. Eso es algo que casi ninguna banda hace en Chile, porque el que compone la canción se queda con todo.

—”Ultraviolet” fue un EP al que le fue muy bien en Estados Unidos y los llevó a tocar en festivales como el South by Southwest. ¿Cómo sentiste la recepción que tuvo el disco?
—A nivel global, que es donde yo siempre he apuntado con Slowkiss, muy bien. Tuvimos atención de todas partes del mundo, aunque sea un poco, en Tailandia, Japón, Rusia, Italia o Bélgica. Nosotros no tenemos grandes agencias de promoción ni nada, fue todo completamente a pulso, de voz a voz, entonces fue súper sorprendente y bacán. Acá en Chile siento que no se le dio mucha importancia.

—¿A qué atribuyes que no los hayan pescado mucho acá?
—Yo creo que tiene que ver con que soy muy punk, hago poco lobby y no soy de muchos amigos. Hay gente que siempre está posteando y promocionando constantemente su trabajo. Yo soy súper mala community manager de mí misma, yo uso mis redes sociales sólo para postear fotos, así que me siento mucho menos millennial en ese sentido. Me gustaría tener alguien que me ayudara en ese sentido a expandir y difundir mejor la banda, pero yo siento que no sé hacerlo.

—Quizás tiene que ver con el estilo musical de ustedes, porque en la escena chilena predomina más el indie pop.
—Es que antiguamente el indie era lo que yo hago: rock independiente. Pero acá en Chile indie significa otra cosa, que se aleja harto de lo que yo pensaba que era indie. Y en esa escena no tenemos cosas en común con la música que hago. Y en el punk, que es lo otro donde yo podría acercarme, tampoco porque es un nicho bien cerrado para mí por mi pasado, que por prejuicio a mi pasado me ha hecho súper difícil entrar. O quizás porque es un estilo de música muy crudo, que acá en Chile no está trabajado.

La decisión de radicarse en Estados Unidos, en septiembre de 2016, fue empujada por esa falta de apoyo y difusión en nuestro país. Durante ese tiempo, el resto de la banda seguía en Chile, pero tenían pensado ir todos a instalarse en Los Ángeles. Ellos viajaban ocasionalmente para grabar el disco y Elisa, en el intertanto, afinaba detalles de los nuevos temas. A principios de 2018, la anterior formación ya tenía registrado el material de “Mouth”, su primer larga duración, para lanzarlo este año.

Sin embargo, de un día para otro, todo se derrumbó.

Ni de aquí ni de allá

Elisa Montes no es chilena. Nació en Bilbao, en el País Vasco, en 1985. Su mamá, que trabaja como personal administrativa del gobierno español, dejó su país natal para ejercer en embajadas y consulados cuando Elisa apenas dejaba de ser bebé. Primero vivió en en Acra, capital de Ghana (donde se infectó de Malaria). Luego en Victoria, Hong Kong (donde aprendió a hablar su primer idioma: inglés). A los 10 años su madre es destinada a Sudamérica y Elisa, junto a su hermana, sienta raíces en Santiago de Chile (donde hizo el resto de su vida hasta ahora).

—¿Qué te pareció Chile cuando llegaste?
—Terrible. Muy discriminador, muy racista, mucho bullying en el colegio, muy reírse del débil, mucho prejuicio. Fue duro para mí porque yo venía de Hong Kong, que era súper cosmopolita, con que gente de todo tipo de cultura, muy inclusivo, todos los niños eran de diferentes países y nadie nunca preguntó qué color tienes o qué idioma hablas. En cambio aquí siempre me discriminaban por mi acento español, que yo además apenas hablaba español porque mi idioma era el inglés. Cuando yo decía “vosotros” me respondían “española culiá, juega sola”.

A los 14 años la vida de Elisa dio un giro definitivo. Tras un largo casting del sello BMG, y de la mano de Koko Stambuk y Cristián Heyne, se da vida a Supernova, la primera girl band del país y el proyecto pop más exitoso que se ha creado en Chile. Tras un disco y dos intensos años donde adquiere un éxito nacional y continental, el trío conformado también por Constanza Lewin y Consuelo Edwards se disuelve.

—Supernova era un despelote, éramos menores de edad expuestas a la ambición de mánagers y productores que querían su tajada. La Coni Lewin decidió que paráramos y, como éramos unidas, la apañamos. Fue la mejor decisión.

Elisa estuvo en varios colegios, pero terminó la enseñanza media en el Latinoamericano de Integración. A los 18 volvió a España, a Madrid, para estudiar durante tres años Arte Dramático. En 2005 regresó a Chile y comenzó su verdadera carrera musical con Espartaco, una trío de punk rock con influencias de Green Day y No Doubt integrada además por ex miembros de Tronic y Melvin Crema. El proyecto dura hasta 2012 y, tras un breve receso, funda Slowkiss en 2014.

La ruptura total

Curarrehue, La Araucanía. Lunes 15 de enero de 2018. Son poco más de las 20 horas y las aguas termales del terreno están quietas, pero no los ánimos. En un par de horas tienen una tocata en el bar La Vieja Escuela, en Pucón, aprovechando que toda la banda está reunida. Elisa vino desde California a pasar unos días de vacaciones junto a su pololo Fernando Navarro, que además de ser el ingeniero en sonido de Slowkiss, se había ido a vivir junto a ella a Estados Unidos.

Mientras se alistan para el show, Fernando se queda con el celular de Elisa y se pone a revisarlo. Ahí encuentra unos mensajes que se mandaba con José Tomás Buitron, roadie del cuarteto y ex pareja de Vicky Cordero. Tras ello, se desata el huracán. La tocata, por cierto, fue cancelada por el resto de miembros del cuarteto.

—Fernando me dijo que me fuera, que no quería verme nunca más, que yo lo había cagado de la peor forma posible, que me vengué. Le contó al toque a los papás -que estaban ahí- y me echó. La Vicky estaba llorando desconsolada en el patio y el Matías y el Fernando me llevaron a mí y a José Tomás en un auto para dejarnos en Pucón.

Los 35 kilómetros que separan ambas localidades se hicieron eternos para Elisa. El ambiente era de funeral y justo se toparon un taco a la entrada de Pucón producto de la visita del Papa Francisco a La Araucanía. El vehículo avanzaba a la altura del aeródromo de la ciudad, pero la líder de la agrupación no aguantó la tensión y dijo:

—¿Saben qué? Si quieren déjenme aquí y me bajo.

El auto se detuvo y Fernando le respondió fríamente:

—Bájate.

Con su guitarra y sus cosas, Elisa quedó botada en la carretera junto a José Tomás. Era de noche y comenzó a llover. Buscaron cabañas para alojar pero estaba todo copado. Finalmente, decidieron ir directamente al terminal y volver a Santiago. Esperaron horas por un bus y, cerca de la medianoche, pudieron subir a uno. En todo ese rato, prácticamente no emitieron palabra alguna.

/ Inger Flem

—No entiendo muy bien qué pasó. O sea, entiendo, pero no me queda clara por qué la reacción tan desmesurada.
—Esa es una pregunta que ni yo misma tengo muy clara la respuesta. En el grupo éramos seis: los cuatro de la banda, el José Tomás, que era roadie, y el Fernando, que era el ingeniero en sonido. A mí y a José Tomás los otros cuatro miembros nos aislaron, se abanderaron por el lado bueno y se fueron de la banda.

—¿Has podido conversar con ellos después de este episodio?
—Eso es algo que no he podido aclarar: no es que yo haya echado a los chiquillos antiguos, sino que ellos se fueron, y además de una forma bien ruda, bien cruel, cortando todo de un día para otro. Llamaron al mánager que teníamos en Estados Unidos para decirles se desligaban del proyecto, que si querían alguna explicación que lo vieran conmigo. Llamaron a nuestro sello para que pararan la prensa del vinilo de “Ultraviolet” y con esto también hicieron que muchos de los amigos que yo considerara muy cercanos se alejaran de mí y tiraran para el lado de ellos.

—Oye, Elisa, qué terrible. ¿Cómo sobrellevaste todo esto?
—Muy mal. No me da vergüenza decirlo: me hundí, me eché a morir. Sentí que había perdido todo. Es uno de los golpes más fuertes que he tenido. Yo he estado en la música desde los 14 años y no he parado ni un minuto. Siempre he perseguido este sueño, mi banda está antes que todo en mi vida y siempre se lo demostré a mis compañeros. Ellos saben que para mí eso es lo más importante, entonces se destruyó todo lo que había hecho, logrando cosas que muchas bandas extranjeras no han podido hacer en Estados Unidos.

—¿Como qué cosas?
—Como estar en la radio local de allá, tener contacto con productores o con gente del medio, como Drum Doctors, que fue el ingeniero en batería del “Black Album” de Metallica o del “Nevermind” de Nirvana. Linda Perry, que tiene un pequeño sello y que ha estado con Gwen Stefani o Courtney Love, le puso ojo a nuestro material y tenía intención de trabajar con nosotros. Entonces para mí fue botar a la basura un sueño que yo consideraba que se estaba logrando. Imagínate que tocamos en el Viper Room, donde muchas bandas que son de Los Ángeles nunca han podido tocar ahí, y nosotros éramos de la casa, tocamos cuatro veces el año pasado. Slowkiss era algo con mucho futuro y muy bien encaminado, por eso me descolocó. Cambió toda mi vida, se dio vuelta completamente.

—Tenían ya grabado “Mouth”, además, que iba a ser su primer álbum.
—Entre octubre y noviembre del año pasado habíamos grabado el disco en Hollywood, en un estudio que tenía todo lo que te puedes imaginar. Era un estudio boutique, tenía puras cosas exquisitas, era el sueño de cualquier ñoño del rock. Ahí grabamos un LP con 10 canciones, pero cuando se salieron del grupo me negaron el material, no me lo quieren entregar. Eso para mí sigue siendo algo durísimo, porque ellos no quieren que salga a la luz todo lo que hemos hecho.

—¿Vas a intentar hacer algo ante eso? No sé, rescatar tus canciones…
—Lo que yo voy a hacer ahora va a ser regrabar la mayoría de las canciones que son de mi autoría y poner un par nuevas. Mi idea es que siga siendo un long play, porque tampoco quiero defraudar a los fans a los que les dijimos que vamos a sacar un disco.

—¿Por qué decidiste continuar con Slowkiss?
—El Dani Palma, que no es batero estable de la banda porque vive en Chillán y tiene su vida allá, me alentó a que siguiera. Él me dijo “Elisa, tú hai trabajado muchísimo por este proyecto” y me hizo ver todo lo que habíamos conseguido. No estaba muy convencida al principio, pero otros amigos me empujaron para hacerlo. Todo lo que pasó hizo que no tuviera autoestima, pero me dije “no me puedo echar a morir así y dejar esto, que es mi motor para vivir”.

Dando cara

El mocaccino hace rato que se acabó, pero a su narración aún le quedan sorbos. La líder de Slowkiss asegura que hoy se siente mejor, que aunque sigue con el corazón roto, le encanta la nueva alineación, que los chiquillos la motivan harto a tirar para arriba y que la rescataron de su peor momento.

No es la primera vez que Elisa se enfrenta a las adversidades. Lo hizo desde que es niña, cuando junto a su hermana y su mamá eran tres mujeres valiéndose solas en Europa, Asia, África y América. Lo hizo cuando estaba en Supernova y, con solo 14 años, era considerada un símbolo sexual por José Miguel Viñuela, a quien una vez le paró los carros al aire por insinuar que había onda entre ellos. Lo hizo durante toda su carrera musical, cuando a puro pulso, sola y ante la indiferencia del medio, nunca dejó de luchar incansablemente por su sueño.

—¿Los fans de Slowkiss conocen la historia que me acabas de contar?
—No, no saben nada. Es que yo no hablo mucho de mi vida personal y no soy muy de entrevistas.

—¿Pero y no te preguntan en redes sociales qué onda el cambio de integrantes?
—Es que como te digo, toda la gente que conocía del ambiente me bloqueó. Yo me meto a Facebook o Instagram y sale casi pura gente que no conozco. Cuando relanzamos el grupo nos hicimos una sesión de fotos súper bonita y al subir la primera foto tuvimos una ola de comentarios súper negativos de un montón de gente, que apoyaban a la Vicky, diciendo que yo me había quedado con el grupo. Me decían cosas horribles, me trataron hasta de puta.

—¿De verdad?
—No es mi intención hacerme la víctima ni nada, si yo la cagué. Pero creo que fue un problema a nivel personal que, según como veo la vida, se debería haber solucionado. Dar un tiempo para que esto decantase y luego todos poder hablar como amigos y hermanos que éramos.

El Desconcierto contactó a Victoria Cordero para ver si era posible tener su versión de los hechos. Sin embargo, reclinó de hacer mayores comentarios:

—Yo ya no toco en esa banda. No estoy hablando nada en relación a mi estadía o mi salida o lo que sea que haya pasado estando en Slowkiss. En verdad no me interesa.

Elisa, por otro lado, lo único que quiere es tener la oportunidad de contar su historia.

—¿Te gustaría tener una instancia para volver a conversar con los ex Slowkiss?
—Sí, la verdad es que sí, porque nunca me dieron la oportunidad de explicar nada. A mí me carga estar en mala onda con la gente y porque siento que es algo súper machista. Si hubiera sido un hombre el que hubiera hecho algo parecido, no habría sido tanto problema, la gente no se hubiera metido a opinar. Lo encuentro terrible porque nosotras siempre hemos sido muy feministas y para mí esto es absolutamente lo contrario: hagamos cagar a la Elisa, con lo que más le duela, y olvidémosla. A mí me encantaría volver a hablar con ellos, pero nadie quiso darme la oportunidad.