(Spoiler alert: Si usted no ha visto la película Avengers: Infinity War y no quiere saber de antemano el final, por favor, no siga leyendo esta columna).

Desde siempre la cultura y el arte han tenido una relación de mutua influencia y transformación conjunta. Por momentos el arte es influenciado por los valores, visiones y creencias de la cultura, siendo una herramienta de perpetuación de la misma, y en otras ocasiones el arte logra simbolizar y darle voz a temas que están implícitos en el ambiente, adelantándose a nombrar al espíritu de la época que aún está por venir. Piénsese a modo de ejemplo, como las películas de Disney crearon y perpetuaron estereotipos de género y amor romántico, influenciando a varias generaciones a través de sus personajes de “héroes” y “princesas”. Tomó mucho tiempo para que personajes como “Valiente” o “Moana” aparecieran en la pantalla y dieran voz a una reivindicación feminista que llevaba ya varias décadas de desarrollo en el mundo occidental. Pues bien, hace unos días atrás fui a ver la última película de los Avengers, Infinity War, y aparte de salir un tanto choqueado por el inesperado -al menos para mí- desenlace y terminar algo conmovido por las expresiones de angustia que varias personas manifestaban a la salida del cine, estuve por varios días con una sensación interna de que esta película, de alguna forma, lograba tocar y manifestar un proceso anímico en curso respecto a nuestra época. Que pese a ser una “simple película de superhéroes”, Infinty War lograba dar voz y simbolizar parte del estado actual de nuestro inconsciente colectivo, expresando un proceso psicoespiritual implícito de tintes arquetípicos que, a falta de una expresión mejor, la nombraría como el fracaso y la muerte de los héroes.

De hecho, no bien terminada de ver la película recordé una anécdota clínica que un colega me había contado hace no mucho. Mi amigo me relató como un paciente que venía saliendo de ver la última película de la saga X Men, Logan, había terminado muy impactado producto del encuentro con un hombre mayor a la salida del cine. Se había encontrado con un anciano que apoyado en la escalera del cine hablaba, notablemente desolado y afectado, con los que probablemente serían sus nietos; les decía: “Se nos murió ya Superman… también Han Solo… ¿¡y ahora se nos muere incluso Wolverine!?… que nos queda… que nos queda”.

A la luz de Inifinty War y teniendo como trasfondo la escena simbólico emocional recién descrita me gustaría reflexionar brevemente sobre el tipo de procesos culturales implícitos que pueden estar teniendo expresión en estas configuraciones cinematográficas. Particularmente relevante me ha parecido la irrupción de un personaje de tan marcadas características arquetípicas como Thanos, el que, como es sabido, explícitamente hace alusión a la deidad griega sobre la que está inspirado: Tánatos, la muerte suave y sin violencia. Me interesará pues abordar la pregunta ¿Qué significa para el ethos de nuestra época el triunfo de Thanos/Tánatos y la muerte de los héroes?

Como primer punto, y aunque es una asociación bien evidente para cualquier que esté mínimamente familiarizado con la historia de la psicología contemporánea -específicamente con el mundo del psicoanálisis- me gustaría llamar la atención respecto el paralelo entre el funcionamiento y caracterización del personaje Thanos y lo que Sigmund Freud nombró como la pulsión de muerte o Tánatos.

Freud había postulado en un comienzo de su investigación sobre el funcionamiento psíquico humano que parte importante de los procesos psicológicos se explican por lo que llamó el principio del placer, esto es, por el intento que realiza la psique de maximizar el placer y evitar el displacer. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que existían ciertos fenómenos psicológicos que no eran explicables bajo esta perspectiva, por ejemplo la compulsión a la repetición y los sueños traumáticos. Influenciado por el poco conocido trabajo de la psicoanalista rusa Sabina Spielrein, (que en 1912 había escrito La destrucción como causa del devenir, donde, de hecho, por primera vez se formula el concepto de pulsión de muerte),  Freud planteó la hipótesis de que junto con la pulsión de vida –Eros- existiría en la psique una pulsión que busca eliminar la tensión psíquica reduciéndola al mínimo. De esta forma concibió a Tánatos como una pulsión humana que -al igual que el personaje de Thanos- en última instancia busca la paz y la armonía propia del retorno al mundo de la vida inorgánica, aunque sea a través de la destrucción y disolución de la vida. Así en cada ser humano estaría presente una tensión interna entre Eros/Tánatos, tensión que en la película estaría representada por la lucha de los héroes de Avengers y Thanos. Sorprende entonces el reconocer a este Thanos/Tánatos como aquella pulsión que anhela alcanzar un estado de armonía y equilibrio que deviene a través de la destrucción y el disminuir la tensión energética propia de la vida.

En ese sentido, leída la figura Thanos desde la perspectiva de la pulsión de muerte ¿cómo se explica su emergencia como símbolo hoy en nuestra cultura? ¿y que explica su triunfo sobre Eros/lo heroico? Si continuamos siguiendo a Freud nos encontraremos con una idea muy interesante al respecto. Pues Freud afirmó que una de las cosas por excelencia que lograba “liberar” a Tánatos era el impacto energético que el trauma tenía en el funcionamiento psíquico. Para Freud, en la experiencia del trauma se rompen las “barreras anti estímulos” defensivas de la psique, lo que provocan un radical desligamiento de la pulsión de muerte (lo que por cierto explica los síntomas de personas traumatizadas, por ejemplo, la compulsión a la repetición). Esto quiere decir que Tánatos es liberado en la psique como consecuencia de haber sido sobrepasada nuestra capacidad de enfrentar el horror y la violencia, es decir, debido al encuentro con lo traumático.

De esta forma, se podría postular que quizás un símbolo como Thanos emerja en nuestro contexto cultural presente se debe entre otras cosas al contacto que hemos tenido con lo traumático. Por cierto con ello no estoy diciendo que hoy ocurran más situaciones traumáticas que las que sucedían en el pasado, sino que estamos en un momento epocal donde las relaciones de violencia y abuso en la sociedad están pudiendo ser enfrentados, sostenidos y nombrados abiertamente, de una manera que no tiene muchos precedentes en nuestra historia cultural. Una de las cosas que me parece muy interesante y única de nuestro momento actual, es que hemos podido comenzar a nombrar -e intentar dejar de encubrir- la realidad de lo traumático. Vivimos un tiempo donde hemos comenzando a nombrar la realidad de las infancias destruidas y vulneradas, de la violencia y abuso sistemático que las mujeres son expuestas en los distintos ámbitos de su vida en nuestra cultura (abuso laboral, familiar, acoso callejero, etc.), de las atrocidades que han realizado los miembros del clero de la iglesia, de los horrores que sufren quienes escapan de la guerra y el caos buscando migrar a mejores horizontes. Quizás, entonces, el símbolo de la muerte de lo heroico y la prevalencia de Thanos pueda ser concebido como una señal de las dificultades anímicas que estamos teniendo a nivel cultural para sostener ese proceso, y como el ego/héroe colectivo se ve amenazado de desintegración ante el peso de lo traumático y el desligamiento de la pulsión de muerte.

Una segunda lectura complementaria podría provenir del campo de la psicología de la religión y la teología respecto la forma de comprender simbólicamente esta victoria -al menos transitoria- de Tánatos.

Una tesis plausible desde esta perspectiva, en línea con lo recién señalado, podría ser la siguiente: la victoria de Tánatos y la muerte de los héroes tiene que ver con el impacto que lo traumático ha tenido también a nivel del imaginario espiritual de nuestra época. Esto debido a que la muerte de lo heroico supone una discontinuidad respecto la mayoría de nuestras historias, relatos existenciales y mitos en nuestra cultura, los que, justamente, suelen tener una meta estructura narrativa de tipo heroica redentiva. En cambio, la vivencia de lo traumático, por definición, disrumpe, desafía, y cuestiona ese tipo de configuración narrativa y simbólica.

Permítaseme aclarar el punto. En nuestra cultura nuestros grandes relatos simbólicos están teñidos por la idea de que el héroe o heroína crece, lucha, sufre e incluso puede llegar a morir, pero, al final del día, éste resurge y triunfa victorioso. Nuestros relatos heroicos son historias que conllevan indisolublemente la noción de un happy end. Las historias redentivas, por tanto, conllevan la estructura del mito cristiano de muerte-resurrección, donde uno de los mensajes simbólicos más evidentes es el del triunfo de la Vida sobre la Muerte. De esta forma, en los relatos heroicos clásicos hay una progresión lineal que va desde la muerte hacia la vida. Además, en esta progresión Muerte-Vida, ambas realidades suelen estar claramente separadas y delimitadas sin inmiscuirse una en el dominio de la otra.

Pues bien, una de las cosas que la experiencia del trauma y el horror hacen desde una perspectiva psicoespiritual es desafíar, y hasta destruir, esa estructura mitopoética. En palabras de la teóloga Shelly Rambo, la realidad anímica de un sobreviviente del trauma queda inmersa en un espacio liminal donde la Vida-Muerte quedan entrelazadas de forma confusa. El sobreviviente del holocausto, de la tortura, del abuso y del encuentro con el mal arquetípico, suele tener la experiencia propia del sábado santo: un espacio intermedio entre la cruz y una resurrección que aún no llega. En la vida después del trauma (el aftermath del trauma) la muerte ha entrado de forma avasalladora rompiendo los límites que la mantenían confinada del otro lado.

Por otra parte, es interesante señalar que no pocos académicos han afirmado que nuestro lenguaje para hablar de la resurrección, los finales felices redentivos y nuestra compulsión a generar narrativas triunfalistas religiosas humanas, están íntimamente vinculados con nuestra incapacidad de permanecer con el dolor humano y, en último término, para entrar en contacto con la realidad anímica propia de la muerte. Desde esta perspectiva, puede resultar pertinente re imaginar incluso el mito cristiano de la resurrección a la luz de la realidad del contacto con el trauma. Pues es bien distinto tener un imaginario religioso de tipo “tradicional” (donde existe una representación de un Jesús/Superman -si se me permite la imagen- que triunfante e inmaculado vence a la muerte); de una espiritualidad anclada en la narrativa neotestamentaria que nos habla de la imagen simbólica de un resucitado que lleva consigo las marcas de la cruz, las marcas del trauma, las marcas de la muerte.

Que Thanos venza hoy puede ser leído entonces como un símbolo proveniente de los estratos profundos de nuestro  inconsciente colectivo contemporáneo. Una realidad arquetípica que nos habla del estado espiritual de nuestra época en que debemos lidiar con el aftermath de la violencia y de los horrores colectivos. En cierto sentido, la realidad arquetípica de la Muerte desborda nuestro imaginario social en esta época de postguerras, de post dictaduras y de post revoluciones. Vivimos en un momento histórico en que parecemos tomar consciencia, una y otra vez, de la brutalidad que habita en nuestras sociedades, en que bajo el manto de la aparente normalidad civilizada vive el abuso, la violencia patriarcal y el maltrato. Si para la época de entre guerras Carl Jung supo leer en las capas del inconsciente colectivo europeo la presencia de la deidad bélica y destructora del  Dios germánico Wotan, el que se había constelado en lo inconsciente y desde ahí llamaba a los hombres a la guerra; quizás hoy estemos ante la presencia de Thanos/Tánatos como factor inconsciente autónomo que nos convoca a tomar consciencia de su realidad anímica.

Sin embargo, me parece relevante puntualizar que cuando emerge un arquetipo en la cultura, dicha constelación puede presentar tanto riesgos de destrucción y caos, como posibilidades de transformación y crecimiento. Jung no pocas veces señaló que el arquetipo no es bueno ni malo en sí mismo, sino que depende de la relación que la consciencia entable hacia esa realidad del Alma. Thanos, en ese sentido, puede presentar para nosotros una gran amenaza colectiva al quedar subsumidos bajo su influencia de enorme potencial destructivo, como también puede facilitar ciertos procesos de transformación psicosociales –lo creativo de la muerte– debido a su encuentro.

Esbozando la dimensión del riesgo que la aparición del símbolo anímico de Thanos conlleva podríamos mencionar nuestra crisis planetaria ecológica actual y la seria posibilidad de que nuestros impulsos destructivos prevalezcan. En ese sentido, que Thanos reine en nuestra cultura y que logre “destruir a la mitad de la población para obtener un nuevo tipo de equilibrio”, nos interpela directa y explícitamente respecto del riesgo ecológico sin precedentes al que como civilización nos enfrentamos si no sabemos integrar y religar la energía Tanática de nuestra forma de vida. Requerimos pues hacernos cargo de frenar la progresiva desestabilización que estamos produciendo en nuestro frágil ecosistema y lograr reintegrar estas fuerzas anímicas colectivas.

El aspecto de posibilidad benéfica que abre esta constelación arquetípica podría relacionarse con la chance de tener un proceso de maduración psicoespiritual para vincularnos con La Muerte de una forma más integra y menos defensivamente negadora y maniaca. Ciertamente, que los héroes mueran y que Thanos venza es una fiel representación de nuestra compleja e incierta existencia humana, mas allá de toda fe religiosa y todo anhelo que se pueda sustentar respecto lo que está más allá del umbral de la muerte. Abrazar la realidad de nuestra muerte y finitud nos podría abrir a nuevas narrativas espirituales y existenciales que no escapen de la incerteza fundamental que como seres humanos tenemos al respecto. Thanos podría además invitarnos a re imaginar otros relatos y narrativas que no tengan necesariamente una estructura redentiva, pues a todas luces en la vida no siempre se producen redenciones, ni menos “finales felices”. En ese sentido, Thanos, en tanto realidad arquetípica, nos convoca a un proceso de transformación semejante al vivido por el héroe sumerio Gilgamesh. Dicho héroe vive una gran epopeya en la que ama, lucha, se transforma y ante la consciencia de su finitud comienza a buscar frenéticamente la inmortalidad. Paradójicamente, luego de obtener la flor del rejuvenecimiento, termina perdiéndola (se la roba la serpiente) y vuelve a casa como un hombre mortal. No hay aquí un clásico happy end, ni un héroe todopoderoso que es redimido en su inmortalidad. Hay transformación ciertamente, pero la de un hombre íntegro que sabe que el toque suave de Thanos le espera al final de su recorrido.

Quizás, algo de la sabiduría de dicho relato babilónico podría regalársenos al reconciliarnos con la idea de que los héroes también mueren, y que Thanos tiene algo que enseñarnos.


Psicoterapeuta, docente universitario de posgrado. Estudió psicología en la PUC; y cuenta con un magíster en Psicología Clínica, de la Universidad de Chile, y un Magíster en Estudios Teológicos de la Universidad Boston College, USA.