En 1979, el escritor chileno y miembro del Partido Comunista Carlos Cerda, exiliado, llegó a Karl Marx Stadt (hoy Chemnitz) en el sur de Alemania Oriental, no muy lejos de Leipzig. Con anterioridad, gracias a la beca Dictador de la República, había viajado a Colombia. Pero las condiciones del exilio (no así las musicales, dígase de paso) parecían más favorable en el clima germano. En Chile, Cerda había sido profesor de Literatura Latinoamericana en la universidad. También había dado sus primeros pasos como escritor. Con implacable lógica, el gobierno alemán pensó que sería una buena idea ofrecerle una posición como profesor de Literatura en la Universidad de Leipzig. No sabemos si Cerda tuvo opción de decidir, pero lo podemos imaginar casi feliz por poder hablar de lo que lo apasionaba, aunque las circunstancias fuesen terribles y tristísimas.

También podemos imaginar su apartamento: pequeño, gris, con vista a un patio interior. Y frío. Más aún en invierno. Esos inviernos alemanes donde la humedad se mete en los huesos a vivir y, como si fuésemos el Coronel Aureliano Buendía, el frío no se va con nada. Así, una mañana invernal, antes de ir a la universidad a dar su clase de Literatura Chilena (ese día hablaría de José Donoso), decidió pasar por una tienda (estatal, por supuesto) a comprar dos camisetas, tres pares de calcetines y un calentador de agua (de esos que se usaban para hervirla). El total, sabría después, corresponde a 71 marcos y 65 peniques. Se pone en la fila para pagar, pero extrañamente (no olvidemos que es Alemania) la fila avanza muy lentamente. Alguien discute con el cajero (su alemán no le permite darse cuenta sobre qué discuten). Pasan diez minutos y la cola no ha avanzado.

–Mierda —se dice (o tal vez practicó su alemán y probó con Verdammt Nochmal)— voy a llegar tarde a clases.

¿Qué hacer en ese caso? Uno supondría que lo más lógico es devolver las cosas, ir a clases, pensando regresar en otro momento. Pero Cerda necesita esa ropa y, especialmente, el calentador. Hace frío. Mucho frío. De modo que decide salir de la tienda, llevándose las camisetas, los calcetines y el calentador. Las otras personas lo miran extrañadas. Pero nadie dice nada. En clases, nota que una estudiante lo mira con sus ojos azules. Por unos instantes, pierde el hilo de lo que iba diciendo sobre Coronación. Nada más extraordinario sucede ese día.

Al siguiente, al salir de su apartamento, se le acerca un tipo alto, vestido con un abrigo gris, el cuello levantado le toca las orejas, ojos oscuros y mínimos, pelo corto y una boca donde cuesta hallar los labios.

–Compañero Cerda —con voz curiosamente aguda, el hombre le recuerda el episodio en la tienda el día anterior (es él quien le menciona la cantidad del robo). Y se refiere a la situación de Cerda. Este se disculpa como puede, dice que justo iba a pagar ahora, que incluso le puede dar el dinero a él.

–Ese no es el problema —responde el otro, acomodándose el cuello del abrigo—. Es necesario que podamos confiar en las personas a quienes les damos nuestra hospitalidad. En su país las cosas no están bien, ¿no es cierto?

A Cerda no lo queda más que asentir. El hombre del abrigo gris larga una larga perorata sobre la importancia de la solidaridad y del socialismo y de la comunidad de exiliados latinoamericanos.

Al día siguiente, Carlos Cerda volverá a hablar con el mismo agente. Esta vez el diálogo será más directo: le piden ser informante no oficial para el Ministerio para la Seguridad del Estado. Espiar para la Stasi a los otros exiliados latinoamericanos…


Daniel Noemi

Doctor en Literatura, Universidad de Yale