El movimiento feminista está a la orden del día. Todo comenzó con la masiva marcha que recorrió las principales avenidas de Santiago, con millones de mujeres exigiendo el fin del patriarcado; posteriormente, se sumó la lucha de las estudiantes por una educación no sexista y, como colofón, la semana pasada vino el primer parte por acoso callejero en las Condes.

El mundo se ha vuelto loco, pensaron muchos, el feminismo se está yendo de las manos y ahora, más que promover la igualdad, se quiere imponer la superioridad femenina.

En este contexto y, por casualidades de la vida, una amiga me propuso ver la película No soy un hombre fácil. Una comedia romántica que, obviamente, no optará a los próximos Oscar, pero que, inconscientemente, me hizo reflexionar sobre este gran movimiento.

La cinta cuenta la historia de un atractivo parisino, conquistador innato de mujeres y exitoso empresario. Machista en sus formas y seductor en su apariencia, juega a su antojo con sus conquistas amorosas.

Bien, hasta este punto ninguna novedad en el argumento.

La cosa cambiar cuando un día se despierta y el mundo ha invertido los roles: los hombres visten con minifaldas, camisas apretadas y clásicos bolsos, al tiempo que las mujeres portan elegantes trajes de chaqueta y muestran su bravuconería por doquier.

Ahora ellos deberán depilarse el pecho por completo para poder atraer a una mujer, serán los “secretarios” de las empresas o los “nanos” de las casas, solicitarán el postnatal en el trabajo, deberán encargarse del cuidado de los niños y aguantarán piropos indeseables en cualquier momento del día.

También aparecerán en la mayoría de anuncios publicitarios semi desnudos, no podrán gozar de pequeños placeres como comer un trozo de torta de chocolate por ese miedo culposo a engordar, se pondrán relleno en los pantalones para lucir un buen trasero, deberán aprender a lavar y planchar y tendrán que aguantar a la familia preguntando constantemente por esa pareja imaginaria.

Por su parte, ellas gozarán de revistas pornográficas en su casa sin problema, tendrán cestas con tampones en su mesa de trabajo, jugarán con sus amigas al póker, beberán cerveza sin descanso, gritarán tiradas en el sillón cuando hay partido de fútbol y contratarán hombres jóvenes para pasar el rato.

También practicarán boxeo para desestresarse, participarán de peleas en bares, serán exitosas en el trabajo, conducirán el último modelo deportivo, trivializarán el sexo, silbarán a los hombres apuestos por la calle, saldrán a trotar sin camiseta mostrando sus pechos sin ningún tipo de pudor y acumularán romances sin escrúpulos.

En una escena, el protagonista, tratando de lidiar con esta extraña situación, entra en un bar y observa cómo la camarera se niega a atender a dos hombres, aparentemente normales y corrientes. Todo cobra sentido cuando esta señala los pañuelos que llevan sobre la cabeza como la “razón” de la exclusión, la ejemplificación de un burka masculino.

¿Qué quiero decir con todo esto?

Hay ciertos comportamientos tan naturalizados e implantados en la sociedad que muchas veces no somos conscientes que están. Que hayamos nacido con unos valores y nos hayan insertado unos patrones de conducta específicos no implica que estos sean los correctos.

Y es que algunas cosas, hasta que no las vemos desde otra perspectiva, no nos damos cuenta de cuán absurdas pueden llegar a ser.

Sucede lo mismo cuando un extranjero llega a Chile y se da cuenta de que el transporte cuesta más en hora punta, que en las entrevistas debes responder a tus “expectativas de renta”, que las empresas cotizan en bolsa las pensiones de los ciudadanos, que sigan existiendo los cafés con piernas o que haya farmacias y botillerías en cada esquina.

Pasa prácticamente lo mismo con el machismo. Hemos normalizado tanto algunas conductas que nos hemos olvidado que no deberían ser así.

Las mujeres no deberían luchar porque su salario se equipare al de los hombres, porque debería ser así por ley. Tampoco se deberían vestir obligatoriamente con faldas, camisas ajustadas y tacones para acudir a las reuniones de trabajo. Lo siento, pero a mí me gustan los pantalones y zapatos igual -o más- que a un hombre.

Tampoco las mujeres debieran maquillarse para verse bonitas, pasar vergüenza si no están depiladas, no llevar preservativos por miedo a que las tilden de promiscuas o dar explicaciones si no quieren comprometerse con un hombre.

Por no hablar de tener que lidiar con los silbidos y piropos que los hombres escupen cada día, que tengan que excusarse cuando se van con un hombre a la cama por simple placer o de forzarse a comer todos los días ensaladas para conservar su “linda silueta”.

Es entonces cuando el movimiento cobra realmente fuerza. A veces, resulta complicado explicar contra qué se lucha, al no ser un hecho concreto o una demanda específica. El feminismo más profundo radica en la esencia de cómo está compuesta la sociedad.

La separación de sexos viene implícita desde el momento en que nacemos: rosa o azul, pantalones o falda, barbies o action man, cocinitas o videojuegos, fútbol o compras, rock o pop, princesas o superhéroes…

La excusa de los más conservadores sigue siendo que los hombres y las mujeres son diferentes y que es estúpido equiparlos cuando tienen cualidades propias. Si bien nadie discute esto, esta afirmación se está empleando para justificar comportamientos injustificables y totalmente insertados en nuestra vida diaria.

Es entonces cuando el feminismo, por mucho cariz radical que tome, por muchos pechos que muestre durante las marchas, por muchas universidades que se lleve por delante, por muchas peticiones que pida, por muchos “inocentes piropos” que pueda denunciar, sigue siendo totalmente válido.

Porque mientras siga existiendo una sola persona que no comprenda lo profundo de la lucha, que no sea consciente de la generalización de actitudes machistas que ocurren cada día, seguirá habiendo mujeres que griten, con todo derecho, hasta quedarse sin voz.

Y a todos esos que critican no les quedará más remedio que taparse bien fuerte los oídos, hasta que finalmente llegue ese día en que decidan escuchar y, esperemos, comprender.