Una vez que se ha demostrado que el hombre y la mujer no están ni deben estar constituidos igual, ni de carácter, ni de temperamento, se sigue que no deben tener la misma educación. … toda educación de las mujeres debe referirse a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce, he ahí los deberes de la mujer en todo tiempo, y lo que debe enseñarles desde su infancia, mientras no nos atengamos a ese principio nos alejaremos de la meta, y todos los preceptos que se le den no servirán ni para su felicidad ni para la nuestra.

“Justificad siempre las tareas que imponéis a las jóvenes, pero imponédselas siempre. la ociosidad y la indocilidad son los defectos más peligrosos para ellas… las jóvenes deben ser vigilantes y laboriosas, pero eso no es todo, deben estar sujetas desde hora temprana. esta desgracia si lo es para ella resulta inseparable de su sexo…como no están en situación de ser ellas mismas jueces, deben recibir la decisión de los padres, y de los maridos como de la iglesia…. la mujer está hecha para ceder al hombre,  y para soportar incluso su injusticia”

-Emilio: o, De la educación Jean-Jacques Rousseau, 1762

Las desigualdades de género, no son sólo simples diferencias entre hombres y mujeres. Disculpen, que inicie con esta obviedad para muchxs, pero al parecer mucho quedará por explicar, comprender, dialogar con altura de miras en este escenario actual,  frente a la diversidad de críticas que las posturas feministas emergentes del movimiento estudiantil  han puesto en la escena pública chilena actual junto a las consecuentes y nefastas respuestas del gobierno,   que niega la interpelación de la demanda por una educación no sexista.

No sólo la respuesta del gobierno ha sido deficitaria, en  impulsar agendas públicas que logren avanzar en las demandas que los movimientos sociales van reconociendo como legítimas y requeridas para profundizar los procesos democráticos, en el contexto de las universidades la demanda por una educación no sexista también rebota. Rebota  frente a la desinformación, la apatía y la poca participación  de sectores académicos y una mayoría estudiantil, rebota frente a los gremialismos tradicionales que intentan leer desde claves simples y reduccionistas las complejidades que implican diagnosticar, visibilizar,   el sustrato sexista de la educación  y proponer una agenda de transformación, que trascienda los automatismos y los inmediatismos. Si algo queda en evidencia de estas revueltas feministas, es que estos sustratos sexistas se anidan y objetivan en   una madeja compleja que hemos creado para relacionarnos y también en formas culturales desde donde ritualizamos y significamos el mundo. Las polémicas cotidianas de la ciudadanía, muestran cuan complejo puede ser modificar el imaginario del amor romántico, cuando se trata de cuestionar  el acoso sexual callejero, donde se sitúa el piropo como una práctica que se sustenta desde ese imaginario machista. Pero lo cierto es que el piropo es sólo  la punta del iceberg, y  el antifaz amable y carnavalesco del control patriarcal que termina muchas veces con el asesinato de mujeres.

Volviendo al punto inicial retomamos la idea de que las  desigualdades de género no son meras diferencias biológicas, socioculturales entre hombres y mujeres y aunque parezca otra obviedad, articularse desde las perspectivas feministas que han visibilizados estas desigualdades no implica entonces su anulación, la construcción  homogénea, totalitarias de los sujetos humanos y sus formas de relacionamiento. No se trata entonces, como se ha etiquetado desde los sentidos comunes que compartimos como sociedad, de subvertir los principios machistas por otros feministas que impulsen otros que contribuyan, de igual modo, a generar desigualdades de oportunidades, de reconocimientos, de posibilidades de  sobrevivencia para quienes no ejercen el dominio en diferentes ámbitos de lo social,  públicos (la política, la educación, la calle) y privados (la familias, las relaciones de parejas, etc)

Las perspectivas feministas desde los espacios políticos, educativos han ensanchado el horizonte ético de lo humano, radicalizando el sentido de lo democrático al cuestionar los sistemas de creencias,  de normatividades, de prescripciones, privilegios, exclusiones etc, consecuencia de cierto ordenamiento sexo-político que se ha impuesto desde hace ya siglos para nuestra humanidad.  Ese ordenamiento sexo- político, es patriarcal en sus orígenes, o sea pone como centro la figura del padre de familia, hombre que tendrá control sobre las propiedades, los hijos/as, la esposa/as y que por supuesto tendrá en la modernidad capitalista el control del logos y de la polis.  Esta forma de ordenarnos, aunque parezca arcaica, ha trascendido simbólica y fácticamente nuestros modos de construir sociedades. Desde los patrones patriarcales se ha construido un mundo que define y sanciona aquello que se sale de las normas establecidas, la sexualidad correspondiente, coherente con estos patrones patriarcales es el modelo heterosexual-dominador.  Por tanto otras formas de vivir nuestras sexualidades que cuestionen este modelo son excluidas, sancionadas, padecidas en los cuerpos que la habitan, en tanto significan la posibilidad de quebrantar el ordenamiento, que se sustenta en un sistema: instituciones educativas, políticas, jurídicas, económicas, familiares, amorosas, etc.

Pero ya lo sabemos, donde hay poder, control, hay resistencias y esas siempre han estado, estallan, emergen cuando las condiciones de posibilidad lo van permitiendo. Lo que vemos en Chile hoy, frente a la emergencia de la crítica feminista, no es entonces una crisis colectiva valórica, no implica el fin de los tiempos, son emergencias latentes en nuestros contextos cotidianos, educativos desde ya hace décadas, son reivindicaciones que se articulan a la memoria de otros tiempos, de otras luchas de mujeres en este y otros contextos. Acallar estas resistencias, darle una solución parche, no tiene mucho sentido emergerán una y mil veces mientras estas desigualdades descritas persistan.

Ante una paralización  de toma feminista,  que lleva aproximadamente dos meses, de implosiones feministas diversas que cada vez incorporan nuevas aristas para problematizar y generar estrategias transformadoras, algunas ideas generales pueden  delinearse, compartirse,  en torno a la educación sexista.

Los procesos educativos, en general no han cuestionados los supuestos patriarcales que organizan las sociedades, más bien se erigen sobre ese orden, naturalizando saberes, prácticas,   espacios formativos sesgados acorde a una definición machista de los géneros: o sea   lo que implica ser hombre, mujer, o  disidencia sexual. La división sexual de los roles, se extiende a las estructuras educativas y se articulan a otras desigualdades de clase, etnia, raza. La supuesta  universalidad del sujeto cognoscente, esta erigida en bases androcéntricas, a imagen y semejanza de un sujeto masculino, abstracto, universal.  Las perspectivas críticas y feministas están en las academias desde las décadas de los 60, por fijar algún punto ya lejano,  intentando ensanchar los espacios de cuestionamientos, de investigación, de proposición transformadora, no es un fenómeno de moda. Avanzar hacia una educación no  sexista, debería contribuir a reconocer y fortalecer estos espacios académicos en las universidades.

Mucho se ha escrito ya del curriculum oculto, para dar cuenta de esas prácticas, modos de relacionarnos, en los contextos educativos y que también se estructuran desde una lógica sexista. Las innumerables denuncias de prácticas de acoso y abuso sexual en las universidades reflejan claramente este aspecto y la impunidad que rige cuando no se dimensionan y cuestionan las causas que las propician  y la responsabilidad que las instituciones  tienen en la reproducción de las mismas.

En el contexto de sociedades neoliberales como la chilena, la educación es un bien de mercado; las universidades orientadas a producir como empresas, instalan cada vez más lógicas  mercantiles para propiciar resultados/productos  del conocimiento rentable. Dentro de este esquema, ya denominado como capitalismo académico, otras desigualdades vinculadas también a factores sexistas, profundizan las brechas entre académicas y académicos. Las académicas continúan representando,  hoy día,  el porcentaje   con menores niveles de productividad y resultados desde esta lógica. Esta desigualdad no se sustenta en sus capacidades diferentes, si no en aquellos factores que van haciendo que las mujeres queden rezagadas en las veloz y voraz competencia de la academia, un factor importante, aunque no el único está relacionado con el tiempo que ellas dedican a la sostenibilidad de la vida, es decir, cuidado y sostén de otrxs.

Esperanzada en que estas movilizaciones que hoy se despliegan en las universidades chilenas contribuirán a modificar  las persistentes desigualdades de género escribo estas líneas, convencida no obstante, que la trama a transformar en densa y compleja,  que a estas emergencias, resistencias y luchas feministas serán de este y otros tiempos futuros.

 “Las mujeres se encuentran por doquier en estado deplorable, porque para preservar su inocencia, como se llama cortésmente a la ignorancia, se les esconde la verdad y se les hace asumir un carácter artificial antes de que sus facultades hayan adquirido fuerza…pero si su entendimiento se emancipara de una vez a la esclavitud a las que le han  sujetado el orgullo y la sensualidad del hombre y su deseo miope de dominio, semejante al de los tiranos, probablemente leeríamos acerca de su debilidad con sorpresa”.

-Mary Wollstonecraft, vindicación de los derechos de la mujer, 1792


Socióloga, Directora Departamento de Sociologìa-UPLA. Integrante Red académica feminista Valparaíso.