Tras leer en diversos medios sobre la denuncia de dos alumnas de Uniacc respecto al acoso que sufrieron por parte de dos académicos de la casa de estudios y por parte de la propia jefa de de la carrera de Comunicación Audiovisual, Isabel Troncoso, me veo en el deber ineludible de contar lo que viví como estudiante y docente en Uniacc.

En esta misiva revelaré varios acontecimientos que tienen directa relación con Isabel Troncoso Guillén, la persona que a mi parecer está detrás de todo el secretismo y amigüeo que se produce en Uniacc; caldo de cultivo perfecto para abusadores y profesionales de poca monta.

Hace aproximadamente una década ingresé como estudiante a Uniacc. Lo hice por necesidad, sabía que no era una universidad con los valores que yo buscaba en una casa de estudios, pero lamentablemente era la única escuela de guión propiamente tal que existía a mi alcance. Decidí postular con muchísima ilusión e ingresé al Bachiller de comunicación audiovisual. Tras dos años egresé y pasé a formar parte de la escuela de guiones, que en ese entonces era dirigida por Isabel Troncoso. Cuando conocí a Isabel me emocioné mucho ya que sentí, en mi ignorancia juvenil, que por fin había una persona que podría servirme de ejemplo a seguir como profesional y ser humano.

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Los primeros meses en la escuela fueron un sueño, el hecho de que Isabel fumara dentro de la sala de clases y nos tratara a todos con gritos y garabatos “choros“, no mermaba mi entusiasmo, estaba estudiando lo que siempre había soñado.

Más tarde ese mismo año atravesé un periodo anímico muy complejo, por lo que me ausenté a varias clases. Isabel se dio cuenta de esto y comenzó a acercarse a mí en lo que yo pensaba era un gesto de preocupación genuina. Me llamaba a su oficina para conversar, me escuchaba mientras tomábamos alguna bebida y nos fumábamos un cigarrillo juntas. Con el tiempo Isabel fue tomándose licencias extrañas, comenzó a llamarme por teléfono y a hablarme a altas horas de la madrugada vía Facebook para preguntarme por qué estaba haciendo las cosas de un modo y no de otro, me retaba mucho, como intentando imponer una pseudo superioridad de sensei espiritual. Todo transcurrió de aquella forma, con llamadas insistentes y largas visitas a su oficina. Yo estaba completamente a merced de sus caprichos, hasta que comencé a darme cuenta de que aquello no era cariño y que Isabel estaba traspasando los límites de la relación alumno-profesor. Una noche, muy borracha ella como siempre, me habló por Facebook en una extensa carta, en esta noté que se tomaba atribuciones más bien ligadas a las de una pareja sentimental, haciendo comentarios sobre mi aspecto físico y mi forma incorrecta de enfrentarme a la vida. Intenté bajarle el perfil y convencerme a mi misma de que Isabel era una persona con problemas, una “artista atormentada” y que no debía darle mayor importancia. El tiempo pasó, Isabel se alejó (probablemente porque encontró a otra víctima) y nuestra relación afortunadamente quedó en el ámbito profesional.

Durante mi último año de universidad, comencé a compartir más con una de las primeras generaciones de la escuela de Guiones de Uniacc. En las tertulias el tema de “Isabel y su alcoholismo” e “Isabel y su joteo psicópata a las alumnas” era frecuente. Hasta que una noche compartiendo con esos amigos, me enteré de que Isabel había tenido una relación sentimental con una alumna de dicha generación que había atravesado la pérdida de un ser querido y se había cobijado sus consejos. Todos coincidían en que Isabel se había aprovechado de la vulnerabilidad de su compañera para poder acercarse a ella y entablar una relación amorosa. Fue allí que me di cuenta que la escuelita de guiones tenía algo raro en la forma en la que los docentes y funcionarios se vinculaban con los alumnos.

Meses después, ese mismo año, los alumnos supimos que los padres de una de nuestras compañeras de escuela estaban muy enojados porque Isabel estaba acosando a su hija y teniendo una conducta obsesiva e inapropiada. Cuándo pregunté qué era lo que hacía, me dijeron que la conminaba a su oficina, y que la llamaba constantemente a altas horas de la madrugada. De esa manera fue como confirmé que Isabel Troncoso tenía un modus operandi y un nutrido historial de acoso reiterado a sus alumnas, lo cual era un secreto a voces entre los aterrrorizados alumnos de la escuela.

Con todo esto quiero develar que Isabel Troncoso es un monstruo. Te sienta en su oficina, te pregunta si puede fumar, te observa con su mirada penetrante y su lata de Coca Cola Light y hace que confíes en ella, que te abras y le cuentes todos tus problemas. Luego toma todo eso y lo usa contra ti para desacreditarte si te atreves a confrontar su forma abusiva de ser con los demás. Isabel Troncoso es una persona enferma y muy dañina, contaminada por su homofobia recalcitrante, que la hace incluso odiarse a si misma por ser lesbiana; por su catolicismo pechoño que es el refugio de todas las atrocidades que les hace y les ha hecho a sus alumnas a lo largo de los años y por su activismo animalista, que supongo, es como ella piensa que puede expiar su sentimiento la culpa por todo lo que ha hecho; como lo es encubrir a abusadores sexuales, algo de lo que recién me entero y lo que me ha hecho escribir esta carta.

Isabel, además de ser una terrible persona, es también una horrible profesional. Acosa a sus alumnos y alumnas imponiendo el terror, pone “notas de castigo” hasta fin de semestre y luego las cambia, cotillea con sus cercanos de la situación personal de alumnos y profesores que se acercan a ella en busca de comprensión, ejerciendo un juicio de valores sobre sus vidas personales. Además del hecho de no asiste a sus clases prácticamente nunca, cancelándolas reiteradamente y faltándole el respeto a sus alumnos y secretarias. Quiero transparentar que hace algunos años, mientras fui docente de Uniacc, supe realmente quiénes se hacen cargo de la escuela de comunicación audiovisual; ellas son dos mujeres tremendas, que han tenido que dar la cara siempre que Isabel ha hecho alguna de sus aberraciones. Ellas son las secretarias académicas Pía Tomé e Ilonka Pino. Ambas han tenido que cubrir constantemente la incompetencia de Isabel, quien siempre está en “reuniones de acreditación” o simplemente no asiste a hacer sus clases ni a cumplir con su rol como directora por estar “indispuesta” (borracha) en su casa. Si en algo han pecado ambas, es en sucumbir a la tiranía de Isabel. Pero como yo también sucumbí (y sigo sucumbiendo al no querer revelar mi verdadero nombre) no soy quién para juzgarlas.

Isabel Troncoso, si estás leyendo esta carta, imagino que estarás tratando de saber quién soy, pero con el nutrido prontuario que tienes de acoso a tus alumnas, dudo que puedas dilucidarlo. Quiero decirte que eres una persona maligna, que no debería estar cerca de ninguna mente en formación. Entérate de que las alumnas de Uniacc que protestan contra tus abusos y los de tus protegidos no están siguiendo una moda, estas son parte de una generación mujeres empoderadas que ya no te tienen miedo, como lo tuvimos algunas de otras generaciones. Ya no vas a poder seguir imponiendo tu machismo y tu mansplaining a las personas que están a tu cargo. Espero que de una vez asumas tus errores; por ti, por tus colegas, tus alumnos y en especial, por todas aquellas mujeres de las que te aprovechaste con tus extraños juegos de dominación. Te pido que por tu dignidad, dimitas de tu cargo y dejes de contaminar el hermoso proyecto de la Escuela de Comunicación Audiovisual con tu enfermedad; holgazanería, patriarquismo prehistórico y tu careta de “gurú todopoderosa”. Espero de corazón que busques ayuda profesional para tu enfermedad y que no inocules a nadie más con tu veneno.

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A las mujeres de esta y todas las casas de estudios superiores del país les digo como docente y como mujer:

Alcen la voz, no callen cuando sientan que el machismo y la injusticia las violenta, el machismo no solo es ejercido por hombres y este personaje es un ejemplo claro de ello. No permitan que el campo de la educación y el conocimiento siga siendo un lugar en el que nos sentimos inseguras, vulneradas y minimizadas. Transparentar y ayudar a difundir un abuso no es una moda como les dicen quienes quieren callarlas para llenarse los bolsillos con sus inflados sueldos. Denunciar es un acto de valentía, es un acto profundo de apoyo y amor sororo. Apodérense de los espacios que por derecho les pertenecen y háganse respetar como lo han estado haciendo hasta ahora.

Como profesora y como feminista mi corazón está con ustedes, siempre.

Magdalena.