En el año 2006 tuve el privilegio de escuchar de la gran abogada, y ahora Diputada de la República Carmen Hertz, esta historia que les compartiré. Una amiga, abogada de derechos humanos, se la había contado por haberla vivido directamente.

En el mundo gris en el que vivíamos antes de que nuestros jóvenes comenzaran a reaparecer, el cuento nos ayudó a sonreír pese a la vergüenza de constatar con este las limitaciones intelectuales del Dictador, el que fue capaz de transformar tan profunda y radicalmente todo lo que habíamos construido en nuestra historia. La misma que sentimos cuando vemos aún a sus súbditos, los que asaltaron nuestras empresas y arcas fiscales, como Ponce Lerou que, con desparpajo, siguen caminando libres por nuestro hermoso país como Pedro por su casa.

Antes de que reaparecieran nuestros jóvenes, la política era tan gris como nuestros abrigos y la dureza de nuestras vidas, donde pasamos frío en invierno, nos viene cáncer a la piel en el verano o nos congelamos en nuestro mar. Donde los políticos son predecibles y prescindibles y los jóvenes tratan de sobrevivir en la jungla uniforme que nos ha creado el gran capital. Ahora, los jóvenes que ya tienen la valentía de volver a participar, se arriesgan a no encontrar nada, ni ideas, ni corazones. Felizmente solo basta con sus corazones para tener esperanzas para el futuro.

Pero, pese a nuestro comprensible hastío, con programas repetidos en la TV, noticias controladas por el 2% del país dueño de todo, tenemos nuestro pequeño Macondo, muy chileno y que aún no nos han podido arrebatar. Este es el pelambre y el humor, con los que convertimos en comedia las tragedias que vivimos. Podemos reírnos por horas de nuestra historia, nuestros defectos y limitaciones y al calor de unos tragos no queda títere con cabeza. Es claro, que no somos un país de líderes mesiánicos, ni de idolatrías a toda prueba.

Lo más importante de todo esto, es que así todos sabemos todo lo que pasa, especialmente los que aún excluidos no nos conformamos con dejar la política solo a los políticos. Los que aún no nos resignamos a que nuestro país sea dirigido por tres o cuatro grupos económicos y un conjunto de operadores que luchan entre sí por el carguito tal o cual.

Pelando nos enteramos de todo, así que los que se han subido por la ventana a la paridad hombres/mujeres, los que han llegado a cargos importantes sin saber leer ni escribir, los que no han leído nunca un libro y posan de eruditos, los que han usado en beneficio personal los recursos del Estado, no deben tener ni la más mínima esperanza de “pasar piola”. Todo se sabe en Chile, pillitos.

Y en nuestro Macondo ya se supo cómo vivió el tirano.

El dictador, que no tuvo la suerte de morir juzgado en un país extranjero, para que su historia hubiera terminado allí. El que fue aclamado como líder por los que le deben todo lo que tienen. El que no murió antes de que supiéramos de sus maniobras siniestras para esconder dineros chilenos, para obtener comisiones por ventas de armas, para mandar a asesinar a los que podían delatarlo.

Despreciado por los que lo usaron para conseguir su poder, juzgado por los Tribunales de Justicia, llegó a una edad patética donde no se distinguía su sexo. Con grandes calzoncillos que escondían los pañales, pero hasta el final con la misma audacia y avidez para seguir engañando con sus cuentas brujas y sus nombres falsos.

Así nos enteramos que este hombre mantenía una biblioteca intocada de un valor millonario con más de 60.000 volúmenes bellamente encuadernados. Una biblioteca donde prácticamente no se ha tocado un libro. Salvo uno.

Pinochet leyó un libro. Un único libro en toda su vida.

Y este no fue leído a la loca, fue leído con intensidad. Lo leyó, lo subrayó, lo revisó, lo tenía ajado de tanto leerlo.

No me contaron del autor ni del contenido, nunca escuché antes ese título, pero lo comparto por si alguien lo conoce, porque su solo nombre anima nuestras desgracias.

El libro preferido, y así leído, por esta persona que nos manejó durante tantos años, que destruyó la vida de una generación, que obligó a Salvador Allende a suicidarse, que regaló las empresas estatales que tanto costaron a todos los chilenos. El que mandó a asesinar a amigos queridos, a jóvenes que nunca habían deseado mal a nadie, al que temíamos y al que muchos adoraron por haber expulsado al comunismo, tuvo un libro favorito.

Ese libro tan leído por Augusto Pinochet, el único que quizás leyó en toda su vida, ¿saben cómo se llamaba?

Se llamaba: “El rigor de la corneta”.

Gracias, Carmen


Directora de Conadecus