Una de las cosas interesantes del particular y característico estilo de Wes Anderson es cómo es capaz de emplearlo. Su encuadre, su edición, sus diálogos. En manos de cualquier otro director, sus tramas no funcionarían. Él ha sido capaz de crearse su propio mundo, y más aún: ha sido capaz de mantenerlo. Esto es debido a su capacidad de cuidar cada trama, cada personaje, cada contexto. Cada película llegará al espectador en diferentes niveles, y cada quien logrará identificarse con alguna película en particular.

Isle of Dogs, su más reciente película, logra, sin rozar ni de cerca la genialidad de otros de sus trabajos, ser nuevamente una demostración del talento del cineasta.

La película trata sobre un grupo de perros que han sido arrojados, por orden del alcalde Kobayashi, a una isla de basura, so pretexto de una enfermedad canina. Es a esta isla donde llega Atari Kobayashi, un chico de doce años, pupilo del alcalde, que ha volado solo en una avioneta en busca de su perro, Spots. Este grupo de perros (en el que se encuentran Rex, King, Duke, Boss y Chief) ayudarán al joven en su travesía. Todo esto en una suerte de Japón en medio de la solemnidad clásica de las películas de Akira Kurosawa y un futuro no muy distante (veinte años en el futuro, dice el narrador), y con una historia ancestral que involucra un odio histórico contra los perros y un joven guerrero.

La influencia de Kurosawa en parte de la estética es evidente. El uso que el gran cineasta japonés hacía con la cámara y el movimiento de la naturaleza, Anderson es capaz de replicarlo sin por ello perder su estilo personal. En estética, la película es gloriosa, siendo capaz de impactar con espacios vacíos, tan maravillosamente elaborada como simple. La calidad del stop-motion es impecable, no solo a nivel de muñecos: de nuevo, la capacidad de replicar el movimiento de la naturaleza, se ve en el pelaje de los perros y en el propio terreno de la isla de basura. Hay un cuidado de esos pequeños detalles que ayuda a que la propia historia se sienta genuina.

Porque una de las cosas que tiene el estilo de Anderson es que no necesariamente se tratan de historias verosímiles. Es decir, en sus historias hay siempre algo de absurdo, un toque que puede desapegar al espectador distraído y hacerlo romper su suspensión de la incredulidad. Pero es aquí donde su estilo cumple de nuevo una función esencial. Su estética tan encuadrada y precisa parece ser no tanto una obsesión con lo que el plano pueda comunicar a través de subtextos (como hacía Stanley Kubrick), sino casi como un relato naif, de cierta ternura que da la ingenuidad, y eso aproxima sus personajes al espectador. Los vuelve cercanos, amables. Lo que hace que, por otra parte, escenas más fuertes (como el intento de suicidio de Richie en The Royal Tenenbaums) provoquen una emoción más fuerte. De ahí que sus historias, mezcla de simples y absurdas y tiernas, aún en las resoluciones más alocadas, se sienten integradas con naturalidad en el relato.

Isle of Dogs no es la excepción a ninguna de estas reglas. Incluso, aunque muchos podrían suponer el desgaste de este estilo después de cierto tiempo, Anderson se las ha ingeniado para seguir haciendo productos de gran calidad.

Pero, de nuevo, no es una película perfecta. Hay ciertos conflictos con su narrativa. La imagen del narrador no parece aportar tanto, como sí lo hizo, y con mucha clase, en Moonrise Kingdom o en The Grand Budapest Hotel. Hacia el principio, sobre todo, el narrador sirve para poner en contexto, la historia de trasfondo resulta muy llamativa, y le sirve al espectador para situarse en la historia que vendrá. Sin embargo, hay ciertos momentos en los que este narrador estorba más que aporta. Lo mismo sucede a ratos con la función del personaje de la traductora. Se trata de una película bilingüe, en la que los ladridos de los perros han sido traducidos al inglés (así lo hice una tarjeta aclaratoria en mitad del prólogo). Sin embargo, los personajes humanos hablan en japonés, y para esos instantes recurren a una traductora o a una máquina de traducción inmediata, y aunque la idea funciona a ratos, buena parte del tiempo parece un recurso molesto y que no aporta tanto. Hay algunas escenas en japonés sin traductor y lo que sucede se entienden sin mayor problema. Además, el idioma japonés, sin la intervención del inglés, les da a esas escenas un ritmo distinto, que incluso distingue las escenas de los perros con las de la ciudad, pero el traductor neutraliza eso. Ciertamente no es un gran problema, ayuda a que ciertos momentos sean más asequibles para el espectador, pero no siempre funciona.

Por cierto, hay quienes han alegado contra la película de apropiación cultural, al tratarse de un filme de historia japonesa narrada por un cineasta americano. Pero he aquí una defensa: la película no solo se sitúa en Japón para ser un homenaje a Kurosawa, sino porque su historia, atmósfera y contexto no hubiesen servido en otra cultura. Aquí supieron comprender qué tipo de relatos son los que llegan como propios de dicha cultura oriental y demuestran ser capaces de manejar esos elementos a favor de una historia, de cierta forma, original e íntima.

Al final de cuentas, la sensación que me he quedado con esta película es que, aunque bien pudo haber ofrecido un poco más, el resultado es por demás satisfactorio y todos los elogios que pueda recibir bien le son merecidos. El espectador, tanto el habitué como el principiante a la filmografía de Wes Anderson, bien sabrá apreciar un producto hecho con tanto talento.


Estudiante de Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales