The Handmaid’s Tale (Bruce Miller, 2017) ha sido una de las series más exitosas de los últimos años. Basada en el libro del mismo nombre escrito por la canadiense Margaret Atwood, la producción audiovisual nos muestra un mundo distópico en que las mujeres son sometidas y tratadas como simples incubadoras humanas, luego que un movimiento fundamentalista patriarcal se tomara el poder mediante un golpe de estado en Estados Unidos. La serie se fija en la odisea de June Osborne, cuyo nombre bajo la dictadura machista es Offred (Of Fred, ya que su amo es un tal Fred): una mujer blanca, liberal y acomodada en el régimen previo al golpe de estado, que pierde todo su estilo de vida, desde su marido y su hija, pasando por sus amigas, hasta las comodidades propias del capitalismo liberal del que podemos nosotros gozar por estos años. Es interesante que la serie, cuya estética puritana dieciochesca nos recuerda a las pequeñas comunidades protestantes que inventaron los gringos para contar el mito del día de acción de gracias, transcurre temporalmente pocos años después de nuestro tiempo. La única, y principal, diferencia es que, al estilo de Niños del Hombre (Alfonso Cuarón, 2006), la humanidad ha quedado infértil, por lo cual engendrar nueva vida es algo cuyo valor es inconmensurable.

El primer dilema al que nos enfrenta The Handmaid’s Tale es la oposición clásica entre el mundo libre y el totalitarismo cruento, algo que se acentúa cuando miramos al Estados Unidos real y notamos que tal es un problema actual y vigente. Si esta serie hubiese sido filmada durante la Guerra Fría pública de los años 60 ó 70, sería evidentemente una alegoría al conflicto entre gringos y soviéticos.

Pero ya caído aquel muro, y prestos a ver emerger uno nuevo, nos damos cuenta que el liberalismo sigue necesitando de ese enemigo espantoso que es el Estado que lo controla todo, para cautivarnos con el encanto de la libertad. Por supuesto, el gran detalle que agrega Atwood a la historia consiste en que esta distopía es una pesadilla feminista, ya que el principal sometimiento que ordena esta dictadura es a las mujeres, en especial a las mujeres fértiles que no participaban de esta creencia patriarcal fundamentalista que da cuerpo al totalitarismo. Sin embargo, esta pesadilla esconde una pequeña trampa cuando la serie nos muestra intercaladamente las imágenes del pasado libre, aquel donde las mujeres no eran torturadas y sometidas para ser violadas por comandantes religiosos encargados de multiplicar la raza humana para los tiempos venideros en nombre de Dios.

Lo que June, nuestra heroína, recuerda en esos flashback es un mundo simple y llanamente neoliberal, del cual ella participaba, como consumidora y sujeto político pasivo: Tinder, Starbucks, Apple, música electrónica, drogas, jogging, son las prácticas que acompañan a una vida de madre “moderna” y de oficinista con turnos en una editorial. De hecho, hay una escena en que su madre le reprocha el haber elegido una vida políticamente inactiva: «¿En verdad quieres estar corrigiendo los errores tipográficos de los escritos de otros durante toda tu vida?», le pregunta luego de comentarle que una de las amigas de June ha levantado un grupo de acción lesbo-feminista en contra de la opresión naciente de los grupos fundamentalistas anti-mujeres. June sólo reacciona políticamente cuando no hay mucho más que hacer, en el marco de una protesta represiva cuando ya los fanáticos del misoginismo se habían tomado el poder.

Con todo, podemos decir que el argumento pesadillesco de The Handmaid’s Tale, que va a acompañado de escenas muy cuidadas y ordenadas estéticamente a fin de dar la sensación de obediencia general, es uno que promueve la libertad contra la opresión y el feminismo contra el patriarcado, pero que deja en silencio una pregunta seria: ¿qué tipo de libertad y qué tipo de feminismo es el que está detrás de esta serie? Por cierto, lo que aquí tenemos es una pesadilla, pero una pesadilla vista desde el punto de vista de un feminismo liberal, es decir un feminismo que defiende la libertad de elección de las mujeres por sobre cualquier tipo de decisión que no sea autónoma; una libertad corporal de las mujeres por sobre cualquier tipo de violación por parte de los hombres que se posicionan por sobre ellas socialmente sin ningún fundamento real más que la tradición; una libertad sexual comprometida con la diversidad, según la cual no hay que obedecer a la división binaria y jerárquica de los sexos que instaura el pensamiento heteropatriarcal; y, por último, una libertad de pensamiento, según la cual las mujeres no están sometidas a una epistemología determinada impuesta por los aparatos de control estatales. Que los fundamentalistas de este nuevo Estados Unidos hayan arrasado con todas estas libertades, es ciertamente una pesadilla, pero no es una pesadilla que se pueda achacar de manera exclusiva a la sola idea de la producción estatal de lo político. Pareciera que la verdadera pesadilla detrás de The Handmaid’s Tale es el Estado, y no tanto el patriarcado, mal que mal el sometimiento de las mujeres y el trato como incubadoras humanas es algo que podemos encontrar muy fácilmente en nuestro mundo anti-estatal no-ficticio, para lo cual bastaría mirar el almanaque chileno del año 2018 y las demandas de su pueblo.

Aquello que esconde The Handmaid’s Tale es la posibilidad de pensar el feminismo más allá de las libertades, más allá del liberalismo: un feminismo comunista, es aquello que esconde. Y lo esconde, principalmente, porque los países del norte no están muy acostumbrados -ni siquiera- a la palabra comunismo. Mal que mal por acá tuvimos a Allende, mientras que por allá han vivido poco más de 200 años bajo la misma y única constitución política. Como ya sostuviera a comienzos del siglo XX la filósofa feminista soviética, Alexandra Kollontai, queda pensar un feminismo comunista, uno donde la libertad sea un supuesto, pero ya no su finalidad; uno donde la meta sea la sororidad radical, aquella donde la comunidad toda no “simpatiza con la causa de las mujeres”, sino que ella efectivamente se asume también como mujer.


La mirada de los comunes