Cuando vives fuera de Santiago las calles son intransitables, se corta la luz. La gente habla poco y se entra temprano. Llevo 4 años viviendo en una zona rural de la playa y he aprendido un par de cosas. La primera y más importante, tener leña en invierno. La segunda, no desesperarse por el silencio.

Cuando fui a la presentación del libro Memorias de Octubre de Federico Galende en Santiago, el presentador Horacio González, importante intelectual argentino, hizo una extensa e interesante locución. Imposible olvidar el influjo de su elocuencia. Terminada la presentación y el consecuente brindis, salimos hacia la Alameda. Caminé junto al ex director de la Biblioteca Nacional Argentina. No olvido que me dijo: si uno se va caminando derecho por aquí unos 100 km, se llega al mar. Como a todo argentino, le parecía increíble que estuviera tan cerca.

En Chile se combina cordillera y mar. Para que ocurra ese tipo de cosas tienen que haber pliegues, accidentes geográficos. Los terremotos liberan esa fiesta de la geología. Habitamos una tierra temblorosa con gente temblorosa. Somos la poza de agua que vibra por la ráfaga de viento que cambia de lugar las cosas.

Cuando uno vive fuera de Santiago, la iluminación pública es mezquina, las calles están llenas de hoyos, las Cajas Vecinas se transforman en verdaderos núcleos de desarrollo y existe una proliferación de negocios de ropa usada. El deseo de venir a vivir a la playa es una fantasía propia de los santiaguinos (y que yo muchas veces viviendo ahí repetí, estresado y espontáneamente: me iría a vivir a la playa). ¿Pero realmente se sabe qué es vivir en la playa?

Los balnearios del litoral central (cerca de donde vivo) en invierno parecen pueblos desolados, locaciones de un film de zombies, espectaculares escenarios para una novela de Stephen King. Aquí sucede que los metales inevitablemente se oxidan y los hongos hacen su propio negocio en las murallas y ventanales.

A veces pienso que nunca debería haber salido de Santiago, en esa ciudad fui feliz, el problema fueron las gotas de sangre que casi imperceptible me cobraron un alto impuesto de vida, que nunca terminé por pagar del todo. Vivir en la playa es vivir en cámara lenta. Muchos quieren adelantar la película y aquí eso no existe. Tarkovsky es el amo y señor de estos parajes.

Los que vivimos aquí odiamos los veranos y adoramos el invierno. Un frío placer de soledad existencial nos recorre los huesos. En la ciudad hay diez o más eventos en secuencia: una reunión, ir a buscar al hijo al colegio, llegar a la presentación de tal libro, pasar a terapia, comprar tal antidepresivo, llenar o escribir tal informe, ver esa película que acaba de salir, etc. En la playa, en cambio, sólo el hecho de ir a comprar pan se transforma en un evento, caminas con lentitud para absorber la brisa y los colores del mar y su reflejo. En lugares como estos el comercio cierra a la hora de la siesta.

Otra cosa son los atardeceres santiaguinos, espectaculares y coloridos salidos como de una carátula de Pink Floyd, pero ese evento visual está entremedio de veinte cosas a la vez. Es una portada de un disco en una góndola de cientos. En la playa, en cambio, el atardecer es un show, un evento único que, inevitablemente después se transforma en noche.

El glamour, en definitiva, de vivir en la playa es totalmente falso. Aquí las cosas ocurren en cámara lenta mientras que en la biología de las ciudades son en cámara rápida. Uno estúpidamente siempre elige la velocidad. Vivir en una zona rural de la costa es de alguna forma rehabilitarse de la mentira de la cámara rápida. Aunque vivir en cámara lenta también es una mentira, uno siempre tiene la sensación de que el mundo sucede en otra parte -en cámara rápida claro está- y a nadie nunca se le ocurre que todo puede estar justamente en la mitad, en la velocidad normal de las cosas.