Frecuentemente escuchamos los resultados de estudios y/o encuestas que nos entregan la opinión de jóvenes y adultos, acerca de las personas mayores.

Asimismo, por defecto, tendemos a asociar el movimiento feminista solo al activismo universitario y juvenil a propósito de la contingencia actual, invisibilizando por una parte la lucha histórica que han dado las mujeres que nos han antecedido, permitiendo cuestionar las diversas formas de subordinación que afectan a las mujeres, y en segundo lugar, restando valor a la heterogeneidad propia del movimiento, sus múltiples reivindicaciones y contenidos, como a las/los actores, experiencias de vida, edades y saberes que confluyen en él.

Parte central de las reivindicaciones del movimiento feminista, se centran en el cuestionamiento a las estructuras de poder, y la de-construcción de roles y prácticas naturalizadas que sostienen las desigualdades históricas entre hombres y mujeres, y las múltiples y específicas formas de subordinación hacia las mujeres. Como ejemplo de éstas, cuando se trata de las mujeres mayores, las mismas se ven expuestas a mayor fragilidad y vulnerabilidad en su vejez, con desventajas acumuladas a lo largo de su vida, enfrentando peores condiciones de salud, pensiones mayormente precarizadas y asumiendo el rol del cuidado familiar con escaso o nulo apoyo.

Si desde el feminismo queremos combatir todas las formas de dominación y de violencia contra las mujeres, una de nuestras obligaciones radica en visibilizar, aquellas voces que se encuentran silenciadas e ignoradas; y que frecuentemente se ubican al margen del debate, y de la “agenda política”, como si la categoría de la “edad”, las trasladara a un grupo sin género, fuera de las demandas del movimiento, como es el caso de las mujeres mayores.

Como primera acción, deberíamos reflexionar en torno a 1) ¿Qué piensan y sienten, éstas mujeres acerca del movimiento feminista? 2) ¿Cuántas veces hemos sido capaces de oír lo que tienen que decir?:

“El movimiento de las chiquillas está bueno… está muy bien que hagan esto (…) yo me siento bien porque siempre le dije a mis chiquillas que tenían que defenderse (…) y hacerse respetar (…) estoy contenta, hay que hacerlo de forma responsable pero hay que hacerlo. Hay que defender lo que uno quiere (…) ”. -Marlene, 68 años.

 “El motivo por el que están luchando es extraordinario (…) es bueno que las mujeres saquen voz, porque tenemos que tener igualdad de derechos, igualdad de oportunidades (…)”. -Clara, 81 años.

 “Las demandas son justas (…) nadie ni menos un profesor puede denigrarlas (…) me gusta que se puedan ayudar a sí mismas y a su vez, a las demás.” -Cecilia, 73 años.

Las mujeres mayores fueron socializadas al alero de la cultura patriarcal y androcéntrica, asumiendo la construcción binaria y sexuada de la realidad que condicionó sus roles y prácticas, sus oportunidades y trayectorias, limitándolas al trabajo doméstico, y la entrega y cuidado de los otros. Éstas mujeres hoy alzan la voz a favor del movimiento, reconociéndose también como mujeres que creen en la igualdad y justicia, aportando sus saberes y experiencias, resignificando sus derechos, y promoviendo un diálogo que trasciende edad, género, y clase.

No podemos desconocer que la violencia contra las mujeres es un “continuo” (concepto que acuñó la Red Chilena Contra la Violencia Hacia las Mujeres el 2015), que se presenta durante toda la trayectoria vital; es decir desde el momento en que nacemos,  adquiriendo expresiones y prácticas concretas de discriminación en todas las edades, y en todos los ámbitos (casa, escuela, trabajo o calle), no excluyendo a las mujeres mayores, de dichos contextos y expresiones de violencia.

Hace unos años, Julieta Kirkwood nos decía que el problema de la atemporalidad afecta sobretodo a la participación pública de las mujeres, pues ubica sus problemas fuera del acontecer, de la historia, de la contingencia, intentando reducirlos a la esfera privada y a la experiencia individual, desconociendo la indisoluble relación entre lo personal y lo político.

Hemos observado que las demandas del movimiento estudiantil han politizado lo personal, resignificándolo colectivamente, evidenciando un orden patriarcal que se ha materializado históricamente oprimiendo a las mujeres, generación tras generación.

En una sociedad neoliberal y heteropatriarcal, donde la dominación y la desigualdad son evidentes y donde la violencia contra las mujeres está enquistada en las estructuras sociales, es urgente asumir que esta lucha, es común, de todas y todos, y que nos invita a problematizar y develar los pactos democráticos que han fragmentado y anestesiado demandas históricas, como el reconocimiento efectivo de los derechos de las mujeres.

Si bien ha sido liderada de forma excepcional por las jóvenes en las universidades y escuelas, hoy más que nunca entrecruzamos complicidades, afectos, desafíos y sororidad, siendo imperativo el reconocernos y acogernos en la diferencia, y ser capaces de configurar nuevos referentes comunes, que cuestionen y remuevan los cimientos del sistema patriarcal, hacia un proceso transformador, que combata todas las formas de dominación y desigualdad, en las experiencias  y actuaciones cotidianas de los/las sujetos, y que sea capaz de incluir a mujeres de todas las edades, clases y razas.

Chile despertó. Ya no hay vuelta atrás. Con un feminismo que articula y acoge la diversidad, podemos enfrentar la dominación, la desigualdad y la violencia hacia nuestros cuerpos. ¿Qué mejor momento para remover y destruir este orden patriarcal que el que estamos viviendo hoy?


Académica UVM – PUCV. Estudiante doctorado en Psicología, PUCV