La adolescencia es realmente dura. Nos metemos en una lucha donde tratamos de equilibrar aceptarnos y ser aceptados por el resto, entramos a negociar con nosotros mismos, con la sociedad y nuestro entorno condiciones, límites y, como en toda negociación, tenemos que sacrificar algo en ese intercambio; pero muchas veces, sin darnos cuenta, sacrificamos demasiado.

Puedo recordar todavía esos miedos al rechazo, a la soledad y los vuelvo a vivir. Los debe haber sentido cualquiera que no calzaba en los parámetros con que se evaluaba la “normalidad”, donde había unos que pasaban esa vara arbitraria y otros que no. Para quienes no pasábamos la vara las alternativas eran el rechazo o escondernos, yo elegí la segunda.

Y así, mientras crecía, me acompañó el miedo a mostrarme como soy, el miedo a ese dedo acusador que te dice “no eres normal, tú no perteneces entre nosotros”, a esa exclusión duele más que cualquier golpe, porque en nuestra adolescencia queremos pertenecer, ser reconocidos, enamorarnos y amar; ese rechazo duele más que los demás golpes, porque las heridas van sanando pero la soledad se acumula, el autoestima se desgarra, va muriendo la esperanza y con esta, incluso, las ganas de vivir.

Y así vas creciendo, con la vergüenza de la mano, mientras a tu alrededor escuchas chistes de “maricones” y te ríes con miedo, esperando que no se enteren; mientras escuchas que en la iglesia dicen que eres una persona enferma, una aberración y agachas la cabeza deseando que no te odien; mientras escuchas a tus amigos y familia hablar con desprecio de los gays, lesbianas, trans y bisexuales, sin saber que se trata de ti ni el daño que te hacen.

Para quienes pudieron caminar tranquilos durante su vida –sin ser cuestionados ni cuestionarse, porque encajaron en lo que la sociedad espera de ellos y se sienten bien en los roles que les pide que cumplan– puede parecer exagerado “¿por qué no ignoran los insultos? No deberían dejar que les afecte, si saben quiénes son les debería resbalar”, pero lo dicen desde un lugar distinto, con un autoestima reforzada por años de escuchar de su entorno y la sociedad que está bien que se expresen, que son valiosos y merecen ser aceptados.

Por eso a algunos les resulta extraño el sentimiento de orgullo por una condición ¿Alguien siente orgullo por ser pelirrojo, de piel clara, de rasgos asiáticos o alto? El orgullo en nuestra cultura va asociado a logros, no a condiciones, y por eso no debería sentir orgullo por ser trans o lesbiana, parte de mí en la que tuve tanta decisión como en mi color de ojos; pero desde este otro lado se siente diferente.

Cuando llegó el momento de enfrentar mis miedos y contarle al mundo quién soy, tuve que enfrentar no sólo al resto sino todo lo que cargaba, porque todo este desprecio que escuchaste mientras crecías lo cargas contigo y se va acumulando. No me daba cuenta en ese entonces, pero mientras transitaba pedía permiso para poder ser yo misma, me sentía agradecida de cada persona que no me rechazara –incluso si su aceptación era con condiciones– y no me daba cuenta del daño que me hacía.

De ser una persona que se relacionaba con el resto con confianza, en un trato horizontal, que se sentía valiosa y valorada, alguien que se relacionaba desde la posición social de un hombre con éxito profesional y económico, pasé a sentirme alguien con menos valor, mendigando aceptación y cariño. Ese fue el cambio inmediato que generó en mi confianza salir de mi posición hétero-cis a ser parte de una diversidad constantemente juzgada y cotidianamente insultada. Todos los insultos y cosas terribles que había escuchado mientras crecía se hacían realidad en mi cabeza cada vez que salía como Alessia.

Por eso celebro este mes el orgullo y siento orgullo de mi misma como nunca antes lo sentí.

Siento orgullo por la fuerza que se requiere para llegar a desafiar a un mundo que me repitió mientras crecía que debería sentir vergüenza por ser diferente y porque, a pesar de todos los juicios que tienen sobre mí sin todavía conocerme, no voy a vivir mi vida mintiendo para que les resulte más cómodo.

Siento orgullo porque soy parte de una comunidad resiliente que lleva décadas luchando y me sumo a la lucha, una lucha por libertad para ser y amar, una lucha para que los niños y todas las familias tengan los mismos reconocimientos y protecciones; pero sobre todo para que las próximas generaciones no tengan que pasar por lo mismo, puedan vivir vidas auténticas sin miedo, soñar y que lo único que limite sus sueños sea su esfuerzo, no la discriminación. Siento orgullo porque estamos construyendo una mejor sociedad.

Pero sobre todo siento orgullo porque ser Alessia es el sueño de mi vida, un sueño que sentía lejano mientras rezaba para que Dios me convirtiera en una niña como las demás, un sueño que me dolía cuando veía el sufrimiento, la violencia y la marginación que sufrían las travestis mientras yo era adolescente, un sueño que me aterrorizaba mientras leía en las noticias que mataron a Daniel Zamudio por ser diferente y no podía dejar de preguntarme ¿pude haber sido yo?; pero me atreví a seguir soñando y me atreví a arriesgarlo todo para cumplir el sueño de mi vida.

Hoy soy Alessia, soy transgénero, lesbiana y siento orgullo. Le reservo la vergüenza quienes no pueden aceptarlo.


Ingeniera industrial y activista en diversidad