Moscú no es tierna de entrada: te golpea con su monumentalidad parca y a vista primera sin gracia, su ruido constante, sus calles abiertas imposibles de cruzar, su velocidad imperiosa, su río curvilíneo su horitaña sin montazonte. Sus edificios de sueños socialistas hoy parecen vestigios de otro planeta que se han adaptado anfibiamente al neoliberalismo totalitario de estas tierras. Las banderas que futbolizan la ciudad le dan un aire de irrealidad espectacular y nos sentimos parte de una farsa o una tragedia (la referencia a don Carlos no está, obviamente, demás en estas tierras).

Toda llegada a ciudad cualquiera es injusta; uno llega con sus sueños y esperanzas (sus recuerdos y nostalgias). Moscú, me han dicho, no suele ser amable con ellos. Pero no es difícil hallar un momento de pausa, un respiro y darse cuenta que tras la caparazón de dureza –imaginemos a Drago de Rocky IV– hay silencios muy parecidos a los nuestros.

La primera noche cruzo el río Moscú y me junto con una ex novia que tiene la suerte de quedarse en uno de esos hoteles de nombre. Me invita un par de cervezas y unos vinos mientras Suecia está a punto de dejar eliminada a Alemania. Ella, feliz aún sin ser sueca, me dice que sus hijos llegan mañana. También me dice que se ha divorciado (yo suspiro y Silvio dixit: con diez años de menos…). En el restaurante una familia rusa hincha por los suecos. R me habla de su pasión por el fútbol. Le pregunto quién quiere que gane. Me responde, honesta, con el fulgor en los ojos que en otra época conocí: “yo quiero que esto se acabe pronto. Esto es un show, se ha perdido el sentido del fútbol. Se ha convertido en simulacro, en simulación”. ¿Le habrá gustado el fútbol a Baudrillard? Yo sé que a Camus le encantaba y está esa cita que sale hasta en pósteres de feria artesanal que todo lo que sabe se lo debe al fútbol. Lo que muchos no han pensado es que Camus no sabía tanto, mejor dicho, no sabía nada, en eso radicaba su sabiduría. Como sea, estábamos hablando de fútbol. R pide otra copa.

Uno de esos remansos, al que te apuntan todas la guías del mundo, es el parque Gorki, que en su entrada –rejas monumentales que doran el aire– celebra a Lenin y en su nombre lleva el sentido de la cultura y el esparcimiento al pueblo. Con lagunas y sus botes, carruseles y helados, familias felices y de las otras (o sea, casi todas) aprovechan el sol veraniego. Un panameño sabio y perdido ha preferido venir a estos lados que sufrir una posible goleada contra la pérfida Albión. El pulmón de la ciudad y otros lugares comunes confluyen en el Gorki (dicho sea de paso, Máximo no es tan mal escritor como mis profesores me decían, ni tan bueno como yo quise creer cuando estudiaba. Madre es una gran novela; pero vaya a saber uno si es por lo abnegado del personaje, el futuro del socialismo, la autonomía de la izquierda, la radicalidad de las transformaciones estructurales que se sugieren, la biopolítica que se expresa en la sonrisa de la susodicha o la prosa irónica y paradójica que se le fue a Zhdanov).

Al otro lado del parque, en la nueva galería Tretyakov hay una mundialera exposición llamada “no todo es fútbol”. Esculturas y pinturas con temas deportivos. Si tienes el “Fan-ID” entras gratis. Por supuesto que yo lo tengo, pero también por supuesto que no lo traía conmigo, así que tuve que pagar. Pero no se piense mal de mí ni de mis progenitores ni se mire en menos al fútbol: no fue por no todo es fútbol que vine. La colección de arte vanguardista ruso y soviético es una pequeña joya. Y si a eso le sumamos el socialismo realista y la contemporaneidad pictórica que cruza un siglo, es un paseo histórico alucinante para comenzar a entender (y no) este mundo. Dicho de otro modo: la revolución rusa se puede entender como una prolongación del arte vanguardista; y así le fue a la revolución cuando Malevich (sus cuadros en Nueva York son, probablemente, lo mejor de la pintura del siglo XX; los que están aquí y son la razón de mi viaje abren otro mundo) es proscrito, cuando se prohíbe toda expresión que no se adecue a la norma oficial. No hay novedad en este comentario, solo recordatorio y cita de muchas citas. Como decir que Messi no le llega a as rodillas a Cruyff y ni a los talones a Best.

Minuto 95. Alemania hace un gol y le gana a Suecia. Todo vuelve a la normalidad. La familia rusa se lamenta (imagino sus palabras: “estos alemanes siempre con tanta suerte”). R me mira a los ojos (yo quiero creer) y me dice que debe regresar a su cuarto. Deja colgando las palabras. Quizá yo debiera decir algo. Una versión del café que uno se toma a esas alturas. Quizá debiera ser más directo (el cielo de Moscú se enciende: una foto bellísima). Quizá. Pero tengo ganas de fumar (y no tengo cigarrillos) y una caminata a lo largo del río se ve muy tentadora.