Prefiere tomar una Fanta light durante la entrevista en el living de su casa rodeada de las que la visita puede suponer son sus obras de arte favoritas. Un gran cuadro de Gracia Barrios, varios dibujos y cuadros de Matta, una obra de Eugenio Dittborn dedicada a “Diamela y Raúl” y dos fotos de intervenciones del Colectivo de Acciones de Arte, CADA, agrupación que la novelista integró entre 1979 y 1985, junto a su ex pareja Raúl Zurita. Una de estas obras es una de las cruces que la artista Lotty Rosenfeld ha diseminado en distintos puntos del mapa resignificando las líneas blancas del pavimento. Esa fotografía justamente es una cruz frente a La Moneda, lugar que se repite insistente y con minúsculas, la moneda, en el último libro de Diamela Eltit, Sumar. La moneda inalcanzable para los ambulantes que han marchado tantos y tantos días para llegar a ella, y que se escapa también de sus manos cuando son correteados de las veredas en las que despliegan sus mercancías importadas como último eslabón de la economía neoliberal.

Foto: www.capturacultura.cl/

Una moneda, tía

–¿Qué te llamó la atención del tema de los ambulantes?

Me interesó por el flujo, por lo fluido, lo nómade, lo no estable, por un lado. Y por otro, esas ciudades, que por donde tú caminas está esta práctica del mercado informal, que además tiene que ver mucho con la idea de lo doble, lo falsificado. Lo que llaman la globalización desde abajo. Es decir, que está todo lo mismo de las grandes marcas duplicado en los lugares más comunes o más vulnerables, ferias libres, la calle. Están el doble de la Nike, el doble de las grandes marcas de carteras, en fin, eso me parece muy atractivo, me parece una especie de democratización también.

–La narradora vendía muñecas chinas y rubias, es como divertido eso

Sí, de fabricación china, pero no tenían los ojos chinos porque no se podía. Trabajé varios signos, y por supuesto, siempre tengo un humor medio negro que aparece en todos los libros.

–La palabra Sumar. En el epígrafe haces referencia a la fábrica textil Sumar, pero también durante todo el trayecto, el recorrido de la escritura, la palabra sumar va adquiriendo distintos significados: vamos sumándonos, ellos que se sumaron. Se repite mucho la palabra

Es un libro que sacó hace varios años Leonidas Morales, en que recopiló cartas en que pedían personas cuyos familiares habían desaparecido; se llamaba Cartas de petición. Yo le hice el prólogo, leí con mucha atención el libro, las cartas, y siempre me dio mucha vuelta el caso de esta chica que matan, la sacan de la fábrica, la llevan al Estadio Nacional, la entierran en el patio 29 con otra persona en el mismo ataúd y el padre buscando el cuerpo y pidiendo que se restituya a su dignidad fúnebre. Le di vueltas y pensé que este era el lugar porque está La Moneda también en todo su despliegue. Yo trabajo mucho la memoria en esta novela, la memoria del olvido. Los nombres que hay ahí son de personajes históricos de principios del siglo XX de las luchas sindicales anarquistas, etcétera, personajes que existieron bastante olvidados. Y en este sentido quise recuperar a esta mujer que muere cuando la sacan de su lugar de trabajo en la industria Sumar.

–Otra cosa interesante es lo de La Moneda, que nunca está escrita con mayúscula, y también va cambiando de sentido hasta ser: me da una moneda, tía. Más relacionado con tu vida personal: te podrías haber convertido en Primera Dama y al final eliges en la escritura la figura de alguien que está afuera, no dentro de La Moneda.

Si mi marido hubiera sido presidente, que por lo demás le hubiera hecho bastante bien a este país, yo jamás habría sido Primera Dama porque es una función de él. Y no creo que haya damas de primera, de segunda, de tercera. Eso lo encuentro no solo anacrónico sino antidemocrático. No estaba pensando en eso, no lo pensé ni remotamente, aunque sí me hubiera gustado mucho que Jorge Arrate hubiera sido presidente de Chile.

–¿Cómo lo hubieras acompañado?

(risas) Por qué tengo que acompañarlo, hoy día están todos estos movimientos y precisamente uno no es una dama de compañía. Yo pensé seguir lo que he hecho toda mi vida que es hacer clases; tengo bastante qué hacer. Pero eso de ser acompañante… El nombre es bastante antidemocrático.

–A lo que quería llegar es que tu imaginario veía más bien La Moneda desde afuera 

Leí una tesis de la primera marcha a La Moneda, se llamó La marcha del hambre, a principios del siglo XX, iban a reclamar por la situación crítica de esos tiempos. Yo seguí un poco esa Moneda desde afuera, o sea llegar a La Moneda para pedir un cambio, más que tomar La Moneda

–Es interesante cómo se va vislumbrando en la marcha y los pensamientos de la narradora, que es una causa un poco perdida, pero tienen que seguir avanzando sin transar

Los signos que la rodean no son muy buenos que digamos (risas). Yo quise trabajar el riesgo de todas las comunidades que se arman, que es el riesgo de fractura. Se dividen, caen en contradicciones, se detestan, entonces trabajé también esa tensión: que están al borde de ponerse unos contra otros cuando se está haciendo algo en común, tienden a fragmentarse los movimientos y esa fragmentación, claro, le sirve a la hegemonía. Trabajé sujetos siempre muy tensos, incluso con paranoia de unos con otros

–¿Ahora hay alguna causa por la cual marcharías?

Yo estoy vieja, hice todas mis tareas; marché hasta que me dio puntada. No he estado nunca afuera de alguna causa que me parezca necesaria. Tampoco puedo decir que nunca marcharé porque de pronto uno se encuentra marchando. Marché en Nueva York hace poco tiempo por el Ni una menos. Me motivó porque era de latinoamericanas, y había mucho académico y me invitaron, dije voy a ir. Por eso, tampoco digo que no voy a marchar, pero siento que le corresponde a la gente más joven, es su tiempo: tienen que ponerse con tutti.

 De las acciones de arte al libro

–Hablemos del CADA, un grupo que duró varios años. Tu primera novela (Lumpérica) la estabas escribiendo en ese mismo período. ¿Cómo marcó tu escritura posterior el que hayas participado en este grupo?

Yo estudiaba literatura, siempre estuve en esa línea y cuando entré al CADA entré desde ese lugar, desde el lugar literario, de la conceptualización, pero nunca fui una artista visual, no soy una artista visual. El CADA me expandió el horizonte posible estético conceptual, pero después post CADA volví más a la escritura.

 –Decías que en la acción en el prostíbulo (Zona de dolor, 1980) necesitaste que la literatura cobrara cuerpo fuera de la página.

Yo sentía que la literatura era insuficiente, que el libro, más bien, era insuficiente. Estaba llena de preguntas, y por eso ensayé algunas salidas del objeto libro. Me pareció muy interesante lo que pasó en ese tiempo, después volví (al libro) conservando lo que siempre he hecho que es una cuestión de libertad con la escritura y no afiliarme a modas; dejar libre la producción, que vaya para donde el texto pide. Creo que la experiencia CADA me desformateó de las escrituras más pedagogizadas, de cómo se tiene que escribir una novela, qué significa esto o lo otro. Me permitió buscar otras articulaciones y seguir el camino de la letra.

­Lumpérica la estabas escribiendo al mismo tiempo que estabas en el CADA. Decías que fue catalogada de difícil, ¿fue recibida de un modo que tú no esperabas la novela?

Saqué Lumpérica el 83`, estaba el CADA, pero había empezado mucho antes. Fue una escritura lenta porque no encontraba el registro que yo quería obtener. Estaba caminando hacia ese registro y estuve varios años escribiendo. Esa novela salió en dictadura, un tiempo muy adverso a las producciones literarias y culturales. No había aparato cultural diverso ni mucho menos. No había mucho qué esperar, porque no había espacios donde pudieras verificar esa espera. Todo era lo que la gente decía que decían. Era más bien una cosa de murmullos y oralidades. Y en esos murmullos había una especie de consenso que era una novela muy críptica. No era fácil oírlo; tampoco era tan difícil porque tengo una cierta distancia con lo que escribo, y eso me da una cierta resistencia a los decires, entonces pude seguir. Pero también en otro registro siempre pensé que también había una cuestión de género. Una lectura de género. Porque parte de la tradición literaria se ha hecho en ciertas experiencias de escritura. Es cierto que lo han hecho más bien hombres y eso ha sido siempre bien recibido. Pero al emerger una mujer proponiendo otra experiencia literaria fue más crítico, más cauto o más decir que no se entiende nada.

–¿Y después el medio fue cambiando?

Pasaron algunas décadas (risas) y yo creo que con el paso de los años y lo que pasa en esos años, el lugar y la persistencia –el hecho de yo haber persistido y persistido y persistido en un tipo de trabajo– ha sido benéfico y positivo, y ha cambiado esa recepción primera. Desde luego lo que yo hago puede no interesarle a muchísima gente, eso no está en cuestión.

–Hay literaturas que van preparando o buscando, creando su propio lector

A lo mejor encontré mi lector. Ha sido estimulante también la recepción de la gente joven, las lecturas, y han salido muchos libros sobre mis libros. Ese ha sido un punto en el que me he afirmado también para seguir haciendo lo que hago. Pero ese no es tema cuando uno escribe, no es lo que dicen o dejan de decir. Esa es una cosa menor, porque el gran problema es si vas a terminar la novela o no. De eso se trata todo. Ninguna novela está garantizada. Hay un terreno inseguro; si se va a armar, si funciona… Esa inseguridad se acaba cuando lo terminas.

–Dijiste que no te ibas a postular al Premio Nacional pero el otro día te mencionaban como posible candidata

Están buscando candidatos. Salió una nómina de los escritores que decían cuáles serían los posibles candidatos. Puedes postularte tú, puede que alguien te postule o que no te postule nadie, pero eso no quita que alguien se pueda ganar el premio. El punto es que depende de un jurado, no depende la gente que piense que te lo puedes ganar. Yo llevo muchos años escribiendo y tengo muchos libros escritos, y ha sido estimulante gente que dice sí, pero no deciden ellos. Tampoco uno escribe para premios; yo no. No me he ganado grandes premios ni muchos premios. Encuentro un poco infantil, como de colegio eso de esperar las premiaciones, que te premien. No puede ser el horizonte, el horizonte es el libro.