El feminismo en Chile, a buena hora, ha demostrado un auge en su activismo que se aprecia no solo en las demostraciones públicas acerca de la violencia de género y derechos reproductivos de la mujer, sino que también en el cuestionamiento al castellano y su gramática. Es necesario recalcar, por una parte, que el patriarcado es transversal en la organización social y política de la sociedad, en las relaciones laborales, en la cultura, en el lenguaje; y, por otra, que esta disputa político-cultural también se ha enfocado en la crítica hacia nuestro idioma, pues existe la impresión plenamente fundada de una característica patriarcal del castellano: el uso del plural masculino para representar la colectividad en la que muchas veces el número de mujeres es mayor al de varones. En ese caso específico resulta extraño, ofensivo (use el adjetivo que quiera), usar el femenino plural y para huir de su uso se  recurre, por ejemplo, al todos y todas, lo que es redundante en la escritura y la oralidad.

Este proceso de disputa lingüística ya está ingresando en las estrategias discursivas de los sujetos; hace algunos días la Universidad Diego Portales ha aceptado la incorporación del género neutro es y el lenguaje inclusivo en los trabajos académicos de sus estudiantes. Esta conciencia lingüística repercute en el trabajo de les editores, quienes, en la medida en que les autores sean conscientes y apliquen formas no sexistas en el castellano, deberán hacer eco de esta postura disidente más allá de la caricaturización, la mofa y el rechazo a priori. Si hago una retrospectiva situado desde mi experiencia, un comienzo estaría en, quizás, internet y en la edición ácrata, la que para dar cuenta de un género plural no determinado genéricamente usaba en un primer momento la x, luego el símbolo @. En la actualidad, estas opciones conviven con la creación de un artículo de género neutro les junto con la marca de género neutro es para los sustantivos y los adjetivos, junto con las estrategias lingüísticas del lenguaje inclusivo que se recomiendan.

Como editor, me parece relevante la posición lingüística, política, discursiva que adoptará el gremio frente a los nuevos usos versus el plural masculino, ya que les autores comenzarán a presentar sus manuscritos con estos usos (tal como sucede en la escritura ácrata) y la pregunta sobre los límites de la labor editorial no es naif: ¿les editores deberían oponerse a los usos alternativos, deberían rechazar un manuscrito por tal motivo, o deberían respetar y mejorar el manuscrito considerando la lógica discursiva que se usa? En otras palabras, ¿es papel del gremio imponer sus perspectivas lingüísticas y políticas a los manuscritos? Desde mi perspectiva, la ética de quienes editan y corrigen es clara en el respeto hacia el estilo personal del autor, pues finalmente es el dueño del texto. Uniformar las decisiones del autor, junto con otras normas de estilo propias de la textura textual es la tarea de les editores, no la de imponer ni sus gustos personales lingüísticos, ni las perspectivas políticas que tengan respecto al lenguaje, sino que respetar la autonomía del manuscrito y mejorarlo. Así, se vuelve necesario aceptar que el uso del género neutro no podrá ser concebido como una errata.

Quienes rechazan este tipo de disidencia lingüística argumentan que el plural masculino funciona y cambiarlo, por tanto, sería innecesario. Este rechazo se basa en la idea que la lengua cambia su norma por usos extendidos cualitativa y cuantitativamente que la subvierten. Sin embargo, se olvida, por conveniencia, la capacidad de las personas de racionalizar prácticas nocivas y de modificarlas, se olvidan y niegan la inteligencia intelecto humana. Es lo que justamente sucede con la disputa lingüística de cómo representar la colectividad, ya que no nace desde el uso extendido en la población, sino desde la reflexión teórica que ha realizado el feminismo sobre el castellano, desde el cuestionamiento que es fundamental para la destrucción de prejuicios, de discriminación, de pensamientos androcéntricos que se construyen a través de la lengua; por ejemplo, el desuso de la palabra alumno en la educación nace de la reflexión etimológica de la palabra y cómo aquella mantenía implícitamente un prejuicio respecto de quién posee conocimiento, sabiduría, luz.

Para concluir, quienes escriban en la época de la muerte del autor tienen la autoridad y el derecho de usar formas alternativas al uso del plural masculino, el que es pertinente cuando solo hay hombres. No es una estúpida lucha textual ni una acción directa banal, es la búsqueda de un sistema lingüístico que permita la anulación de todo sexismo, de toda discriminación implícita, de todo lenguaje androcéntrico. Lo importante es que hay muestras claras de la pertinencia del lenguaje inclusivo y del género neutro, ya nombré el caso de la Universidad Diego Portales, también el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes editó una Guía de lenguaje inclusivo de género. Son pasos importantes; sin embargo, falta que lingüistas, editores y escritores discutamos para regular la forma del género neutro no solo cuando usamos el masculino plural, sino que también cuando nos referimos en general a puestos de trabajo de manera singular, ya que se suele usar el masculino singular, por ejemplo, el autor, el feto ingeniero. Algo similar ocurre con otros fenómenos lingüísticos como palabras que refieren a actividades humanas marcadas por el artículo y no tanto por el género de la palabra, por ejemplo, el artista y la artista. No son tan evidentes los cambios que se necesitan y, sin duda, las propuestas deben tener en cuenta siempre la estructura del castellano, pensada desde la gramática, desde la fonología y desde la perspectiva de género.


Editor de Gramaje Ediciones. Magister en edición.