Aún recuerdo cuando en la universidad nos tocaba estudiar el fenómeno religioso del maniqueísmo. Las clases de filosofía medieval se tornaban entonces aún más extrañas y arcaicas de lo que eran. La lucha de la luz contra las sombras, del bien contra el mal, la distinción tajante entre los iniciados y el resto, el desprecio al cuerpo en favor del alma. Tales principios binarios aleonaron peligrosamente en aquella época a las masas, y pusieron de cabeza a teólogos cristianos que no escatimaron en usar toda su fuerza para revertir la expansión de ese ideario. Y es que las oposiciones binarias son siempre un festín para las ansias de explicar la totalidad, para las ensoñaciones metafísicas. En política, sin embargo, ocurre algo muy distinto: si no gozan de una densidad fuerte, compleja e histórica, los dualismos se traducen en piruetas verbales, en chovinismo oportunista, y promueven un tipo de pensamiento básico, fascistoide o derechamente patético.

Hace algunos días el señor Iván Poduje Capdeville escribió una columna destinada a iluminarnos sobre la situación porteña. En ella expone maniqueamente la desconexión que habría entre dos ciudades paralelas: un Valparaíso real, sufriente y precario, versus otro “Valpo” utópico y bohemio, de postal. Tamaña agudeza la del asesor laguista, hoy piñerista, al dar cuenta de algo que nadie había advertido antes, la existencia de una ciudad puerto romantizada. Habría que agradecerle, los porteños y las porteñas no nos habíamos percatado.

Como suele ser la norma en el columnismo de la prensa duopólica, la operación discursiva del señor Poduje es de una pobreza que no resiste análisis: ese “Valpo” bohemio, idealizado, buena onda, encandilador, utópico y retórico se relacionaría con la alcaldía ciudadana de Jorge Sharp, con lo que llama el “bastión de la nueva izquierda pura y renovada”. En la vereda opuesta, por supuesto, estaría la lucidez del propio señor Poduje, quien vislumbra la problemática “real” de un Valparaíso que, al parecer, conoce profundamente: donde los ciudadanos van silenciosos al nuevo mall, lidian con no pisar fecas en las calles, habitan en casas que se caen a pedazos y se afligen por el desempleo.

Seamos claros: quienes votamos por Jorge Sharp no necesariamente somos sus acérrimos adherentes, tampoco frenteamplistas. Al contrario, conscientes de que nuestra ciudad arrastra un largo historial de deterioro, con deudas inauditas, corrupción, despilfarro, clientelismo y abandono (¿habrá que recordarle aquí al señor Poduje la urbanicida gestión de anteriores alcaldías concertacionistas, ni qué decir del exedil Jorge Castro?), optamos por un proyecto alternativo, fuera de la lógica binominal. Pues de esta última (y no de esas discusiones de arquitectos en bienales, que nadie conoce) sí que estábamos no ya aburridos, sino hastiados. Hoy es muy probable que el sentir porteño general sea mirar el presente con una mezcla de cautela y desencanto, incluso con algo de sospecha, un poco como esos quiltros maltratados cuando alguien les brinda afecto en la madrugada. Pero por encima de esto, somos muchos y muchas quienes nunca vimos antes una preocupación tan genuina desde la Municipalidad por la recuperación de espacios para vecinos y vecinas, tanto empeño en la limpieza de la ciudad, tanta atención a lugares olvidados como Laguna Verde o el alto Placeres. En suma, tanto interés en el hecho fundamental de que la ciudad se rija por un proyecto político, por un horizonte común, y no por la mera –y mala– administración. Y eso lo reconocemos.

Al leer el maniqueo planteamiento del señor Poduje, uno se pregunta de qué barrios precarios y de qué campamentos estará hablando. ¿Los conocerá realmente, más allá de alguna esporádica “salida a terreno”? ¿Conocerá del puerto algo más que los cerros top, el plan y la iglesia que colinda con el Congreso, mencionada en su columna? Tal vez sí. Lo que parece claro es que, tras el tono impostado de ciudadano de a pie, del que tiene calle y entiende en serio los dilemas de los de abajo (que en Valparaíso suelen ser los de arriba), el señor Poduje usa su sitial privilegiado para hablar contra diestra y siniestra, atacando cualquier modo de gestión del espacio común que se salga del guión de la inversión privada y la plusvalía, del dogma laguista de la concesión y la cooperación público/privada, que redunda siempre en la mercantilización de la vida en todos sus aspectos. Al fin y al cabo, el señor Poduje es el mismo que días atrás se lamentaba indignado porque los vecinos de La Pintana no podían acceder a un café de Starbucks en su comuna. Y el mismo que en otra columna reciente señalaba a “inmigrantes o familias vulnerables” porteñas que claman por “departamentos o viviendas sociales en altura” (sí, en altura), criticando de esta manera absurda la ordenanza municipal que limita los pisos de las construcciones. Quizás si el señor Poduje caminara cerca de algunos edificios nuevos podría leer allí algunas expresiones habituales de esos “vándalos devenidos artistas”, como los llama, que en spray opinan: “Gracias por quitarme la vista, conchetumadre”.

“‘Valpo’ está matando a Valparaíso […] el deterioro se confunde con bohemia y la falta de oportunidades con poesía o cambio del modelo”, sentencia Poduje. Desde su mirada luminosa y paternalista nos advierte: no vaya a ocurrírsenos cuestionar el modelo cuando en verdad todo se trata de falta de oportunidades para el emprendimiento individual, de echar a andar los mercados y la gentrificadora inversión privada. No vayamos a confundirnos, nada que ver aquí la poesía o las ganas de cambiar las cosas. Y es que hay que enfocarse en Valparaíso, nos aconseja, y no en ese “Valpo” (notemos aquí sus dotes literarios) que es “anfiteatro de luces tintineantes, / donde el porteño sube los cerros con arrojo y poesía, / en casas de colores que desafían una loca geografía”. ¿Sabrá algo del arrojo y de la poesía porteña el señor Poduje? ¿Le sonarán los nombres de Ximena Rivera, de Eduardo Correa, de Cristóbal Gaete?

No sorprende, en fin, el enroque lago-piñerista de este militante del partido del orden: pues al fin y al cabo su filiación es “transversal”. En efecto, bajo la estricta lógica de la gobernanza neoliberal del espacio y de lo común, todo se trataría de que las fuerzas siempre sabias y casi divinas del mercado moldeen a su antojo la ciudad. Una cuestión sobre la que el gobierno del pater Lagos, tan ovacionado por el señor Poduje, dictó cátedra.

Es importante abandonar caricaturas y clichés como los que plantea el maniqueo columnista. Acaso un porvenir mejor para la ciudad pueda surgir no cuando dejemos de nominar “Valpo” a Valparaíso, sino cuando se materialicen medidas descentralizadoras concretas, surgidas desde la voz y el sentir de las comunidades. Medidas complejas y sistémicas, que se atrevan a tocar el poder, la propiedad, los capitales y el dinero. Un ejemplo reside en la llamada Ley Valparaíso: nada sino sentido común entre porteños y porteñas, que el puerto tribute donde trabaja. Ello implica repensar todo el modelo concesionario, los alcances de la relación público/privada, retrazar los límites del poder. Y mucha imaginación. Sobre todo imaginación común territorializada, para crear así un modelo otro de desarrollo para la ciudad, un modelo singular y comunitario, de acuerdo no ya a dos Valparaísos, sino a los muchos más que conviven agolpados entre mar y cerro.