1. Uno de los problemas más importantes que se presentan para nuestra democracia, a partir del triunfo de la derecha en las pasadas elecciones, se relaciona con la notoria capacidad de esa fuerza política y social para convocar de manera exitosa a una mayoría de la sociedad con una agenda de profundización del neoliberalismo. La materialización de esa capacidad de dirección legítima de la derecha sobre el conjunto de la sociedad, constituye el principal desafío para la izquierda.

Como ha hecho ver Wendy Brown (El pueblo sin atributos), el neoliberalismo no solo pone en marcha una poderosa fuerza de corrosión y debilitamiento de la democracia, sino que redefine sus sentidos y su funcionamiento. Esto es, no la suprime simple y sencillamente, la reorganiza a partir de la lógica y el sentido común empresarial, con procesos como la gobernanza, el benchmarking y las llamadas “buenas prácticas”.

Ante una derecha que decide gobernar entonces con un programa de profundización neoliberal realmente doctrinario y de claro sentido histórico, la izquierda tiene el desafío de disputar y reconstruir el sentido político y social de la democracia, y reponer, una vez más, el horizonte de la justicia social, de la igualdad, de la superación de toda forma de opresión. Dicha tarea implica disponerse a la convocatoria y organización de franjas sociales de amplitud y cantidad suficientes que permitan constituir una mayoría democrática efectiva, más allá, y a contrapelo de la mayoría aun (pero no para siempre) aparente que la derecha ha logrado articular como sostén de su gobierno. Nada indica que se trate de una tarea fácil y conviene hacerlo cuanto antes.

Convocar, convencer, invitar, sumar y sumarse a cada dinámica social colectiva, emergente o consolidada, a cada demanda por una vida mejor, a cada intento de construir comunidad. El Frente Amplio, única fuerza política hoy con potencialidad para proponer una alternativa a la conducción derechista, tiene ante sí el desafío de convertirse en un proyecto político de auténtica potencia social. El 2017 dio un paso importante en ello, pero aún falta.

2. Es precisamente esa disposición, es decir, la posibilidad de hacer del Frente Amplio una fuerza de recuperación democrática de nuestra sociedad, la que se golpea con más fuerza con prácticas como la recientemente vista en la Fech. Primero, porque se trata del insólito debilitamiento de una de las principales organizaciones sociales de nuestro país, fundamental para la activación social que terminó por abrir paso a la emergencia de una alternativa antineoliberal como el Frente Amplio. La Fech y el 2011, guste eso más o guste menos, está alojada en el código genético del 2017, de modo que agredirla desde dentro, especialmente con subterfugios tan poco sostenibles como los conocidos, indica una peligrosa tendencia al debilitamiento de la capacidad de articulación social del frenteamplismo. Los costos de ese tipo de agresiones son difíciles de calcular, y es posible que tengan consecuencias de no corto alcance.

Pero, en segundo lugar, dicho debilitamiento puede encontrarse también en las reflexiones de muchos de los principales personeros del Frente Amplio acerca del episodio. La amplia coincidencia que pudimos leer en diferentes entrevistas, que buscaban las soluciones en el fortalecimiento institucional de la coalición, en el mejoramiento de los procedimientos de relación entre partidos y otros argumentos de la especie, todos basados en la consideración de este como un problema “interno”, revelan una reflexión erróneamente autocentrada.

¿Cuál es el problema principal ante el episodio Fech? ¿Dónde está? No dentro del Frente Amplio. Más precisamente, en el espacio en que tiene lugar la relación entre la coalición política y las franjas sociales que la observan, mantienen expectativas, y sostienen exigencias a su desempeño. Por eso el asunto Fech es tan relevante. Porque en su origen, en su desarrollo, y en el tipo de reflexiones que produce después, revela una comprensión de lo político que ya no tiene ante sí, principalmente, a la sociedad, a esa sociedad que la derecha convocó hace unos pocos meses apenas, y de la que obtuvo y sigue obteniendo una aprobación mayoritaria, pese a que a cada paso que da se vuelve una y otra vez en contra suya.

3. La salida del episodio Fech puede ser, ojalá sea, una salida del estado inicial del Frente Amplio 2018, de excesiva partidización y desbalanceada primacía de lo parlamentario.

Es bastante evidente que la mayor parte de la gente que se acercó al Frente Amplio en el pasado año, lo hizo más por el sentido de oposición y propuesta que este ponía en marcha, por la esperanza y la posibilidad de salida de una larga desazón que producía una crisis de modelo ya naturalizada, que por las organizaciones políticas que lo conformaban. La indesmentible épica que revistió la constitución y fortalecimiento de las organizaciones del Frente Amplio, condimentada en varios casos con procesos de reordenamiento más o menos intensos, si bien convocó con harta intensidad las subjetividades de sus militantes, fortaleciendo sus (micro) identidades específicas, en ningún caso constituyó el eje de sentido que hizo del Frente Amplio una construcción verdaderamente convocante. Hoy es doblemente necesario recordarlo.

El sentido del Frente Amplio en tanto coalición radica principalmente en su capacidad para construir una propuesta política posneoliberal. Los partidos y movimientos políticos son sin dudas fundamentales en ello. Pero su potencia principal no se ubica allí sino en el frenteamplismo. Es ese campo amplio, diverso, más ideologizado en unos casos, menos ideologizado en otros, poroso e inestable en sus bordes, que constituyendo su amplísima mayoría, no encuentra hoy forma alguna de organización ni acción concreta. Los partidos se ordenan a sí mismos y se encuentran en la institucionalidad de la alianza, pero el resto no tiene donde ubicarse. Y es ese “resto” el que hace hoy la diferencia. Es eso, que podemos llamar sencillamente frenteamplismo, lo que indica el espacio de reconstitución y crecimiento de una voluntad de construcción social, indispensable para comenzar ahora, porque no hay más tiempo, a crecer en la capacidad de enfrentamiento a la derecha y sus posibilidades de revalidar su dirección de nuestra sociedad en los procesos electorales que vienen.

Una propuesta, entonces: convocar al frenteamplismo a auto organizarse, a construir “círculos” de una militancia cuyos términos debe ser definida por sí misma, debatir y compartir las elaboraciones programáticas ya construidas. Un círculo frenteamplista puede agrupar a una cantidad flexible de personas según cada realidad local y abrazar algunas tareas, claras, que organicen y den sentido la práctica de los círculos en el territorio. Su primera misión será ampliarse, conversar con otros, explicar el proyecto, convocar, debatir los problemas del territorio, defender y legitimar la práctica política democrática, planificar la acción.

Si empezamos ahora podremos enfrentar mejor preparados los desafíos que vienen.


Movimiento Autonomista Valparaíso