Esta segunda década del Siglo XXI que comienza a cerrarse, posee la impronta de dos crisis que, no solo se han conjugado en presente, sino que además han resultado las más devastadoras de los últimos tiempos. Se trata de la Gran Recesión iniciada formalmente hace prácticamente diez años, el 15 de septiembre de 2008 con la quiebra de Lehman Brothers y la crisis de los refugiados que se profundiza con las revueltas de la Primavera Árabe.

Frente a ello, la política, esa dimensión que gira en torno al poder que se captura, se administra y/o se defiende, se ha mostrado como un páramo yermo de soluciones o vías de salida a una escena por muchos momentos dramática. Los sistemas políticos, llamados a construir y hacer viables acuerdos que puedan limar las aristas que hieren más profundamente a los pueblos, han acabado rindiéndose frente a los poderes seculares y traicionando las expectativas de las sociedades.

La Gran Recesión puso contra las cuerdas al neoliberalismo dominante y en especial en el mundo desarrollado. Los principios del pensamiento único tambalearon, al tiempo que gobiernos y bancos centrales buscaban estimular una economía paralizada y con un desempleo desbocado. Reducciones de las tasas de interés hasta valores negativos incluso, fue la principal herramienta utilizada, pero frente a sus limitaciones como instrumento eficaz de estímulo, el debate giró hacia la necesidad de una política fiscal más dinámica. En ese contexto, la Norteamérica de Obama, cogió un camino distinto a la Europa de Juncker. Mientras la primera vio con buenos ojos una política fiscal expansiva, el Banco Central Europeo de Mario Draghi se atrincheró en la austeridad, siguiendo los dictados de Berlín.

Europa había elegido el camino corto para salir de la crisis o, al menos eso deseaba pensar. Como gustaba de explicar la derecha española, “se había vivido mucho tiempo por encima de las posibilidades”. Había que hacer la pérdida y empobrecerse. Aunque ciertamente no todos. Otros, habían elegido el abismo que suponía repudiar la deuda ilegítima, asignar al Estado la tarea de encabezar la recuperación y terminar con la impunidad de los de siempre. En Islandia, políticos y banqueros acabaron en la cárcel y el país inició la recuperación. La paradoja es que los del “camino corto”, aun viven una fragilidad que les obliga a profundizar en la fórmula escogida con un costo social creciente, mientras los heterodoxos islandeses hoy disfrutan de una economía estable y ya recuperada.

Sin embargo, como dijera Don Quijote, una golondrina no hace verano. El neoliberalismo se había recompuesto y, parapetado en los bancos centrales, volvía a dominar la escena. El resultado es que los estragos de la crisis continúan presentes, en algunos países de manera dramática, mientras que el ingreso en los países ricos se ha redistribuido regresivamente.

La crisis de las políticas migratorias no es nueva. Casi desde el momento en que David Ricardo formuló su teoría de la convergencia en el ritmo del crecimiento mundial, fruto del libre movimiento de trabajo y capital, las fronteras se convirtieron en un nudo gordiano de la política mundial. Incontables oleadas de refugiados políticos y migrantes económicos han asediado los paraísos capitalistas, huyendo del hambre y la guerra en sus países de origen y persiguiendo la ilusión de una vida mejor.

Pero al mismo tiempo, la política de recepción de estos grandes contingentes seguía el ritmo de la necesidad de contención salarial que tenían las economías de los países desarrollados. Endureciéndose cuando el desempleo era alto y volviéndose más laxa cuando los salarios tendían a aumentar.

La llamada primavera árabe que estalla el año 2010 en Túnez, provocó agudos conflictos en toda la región. Sin embargo, las escenas más dramáticas se han vivido indudablemente en aquellos países en que los conflictos derivaron en enfrentamientos a gran escala. No sin la indispensable cooperación de Estados Unidos y la propia Unión Europea. Libia y Siria son los ejemplos más claros y donde las guerras civiles desatadas, extremaron la situación de los países vecinos al recibir millones de desplazados que buscaban refugio y alimentaron el caudal de refugiados que iniciaban un largo camino desde el centro de África hacia la frontera Sur de Europa. Para una amplia proporción de esos millones de refugiados, la alternativa era una sola, buscar un lugar en el cual tener una vida, la que fuera, y la evidencia del dramatismo de su elección, es que están dispuestos a lanzarse al mar abierto en embarcaciones precarias, tras la mínima esperanza de alcanzar las costas de Europa.

El incremento exponencial de las oleadas de refugiados se convirtió en la baza que catapultó a la ultraderecha xenófoba a ambos lados del atlántico, que dormitaba con una adhesión de no más de un quinto del electorado y desde las nuevas posiciones ganadas, desplegaron un alegato furioso antiinmigración, siendo en el caso de Italia en las últimas semanas, de unas consecuencias insospechadas hasta hace algún tiempo.

Pero lo más llamativo no es el aumento de los adherentes o electores, sino que la capacidad para coaccionar al resto del espectro político y las acciones que se implementan al despertarse el temor a que esa ultraderecha pueda llegar al poder.

En este contexto es que la política pierde toda racionalidad. No solo se ha perdido de vista una condición básica de la civilización y de la vida en sociedad, como es el respeto por la vida humana -se estima que el mediterráneo se ha convertido en un gran cementerio que se alimenta diariamente de cien refugiados cuyas precarias embarcaciones no alcanzan las costas y no son rescatadas por los voluntarios-, sino que, además, ha llevado a los gobiernos democráticos, a implementar políticas para contener el avance de la ultraderecha, neonazis y neofascistas, que son propias de esos mismos grupos.

Así como la Tercera Vía estilo Tony Blair hizo todo lo que estuvo a su alcance para que los organismos multilaterales de crédito les reconociesen “seriedad” en la gestión económica, hasta el punto de convertirse en los defensores a ultranza de las lógicas empresariales para guiar la economía. Los sistemas políticos europeos, acuerdan rechazar nuevos inmigrantes, crear guetos fuera de sus fronteras e implementar expulsiones en caliente, entre otras medidas, con el fin de contener la llegada de nuevos refugiados y así el avance de la ultraderecha xenófoba.

En ese escenario nos encontramos de lleno en el mundo del absurdo. ¿Quién necesita ahora a una ultraderecha xenófoba?

Cuando con el fin de evitar perder el poder, se implementan las cosas que los adversarios buscan realizar y que supuestamente diferencia a unos de otros, algo no está bien.


Economista