Sigue el calor en Moscú. Se siente el aire pesado, que se pega en la piel. Una marea roja de vikingos anda cerca de la plaza ídem. Son los hinchas daneses que esperan entre cervezas y cánticos el partido con Francia (que resultará ser el más aburrido del mundial hasta ahora). Menos efervescentes, los franceses también se ven por todas partes. Cada país se esfuerza en hacerse lo más reconocible posible: los estereotipos (sombreros mexicanos, bonetes galos, armaduras vikingas) son reapropiados por sus dueños. ¿Qué pensarán los rusos de este circo? Difícil saberlo de buenas a primeras: no hay una sonrisa inmediata al cruzar la vista, no hay una actitud de cercanía; más bien, uno fácilmente puede creer que se trata de rechazo, de un sentimiento de superioridad, de, en fin, reiterar aquellos estereotipos con los que las películas de tanta fría guerra y su después nos inundaron. Pero este apresuramiento es erróneo. Recuerdo uno frase de Iván: “¿Por qué tengo que sonreír si no te conozco?”. Lo valiente no quita lo cortés: pocas veces he visto, en la calle, en nimias actitudes, hombres y mujeres tan deferentes, amables, respetuosas. No le pongamos tanto; lo mío no es un estudio científico, es simplemente descubrir la sonrisa que no se ve a primera vista, el humor tras el rostro indescifrable, la poesía en el caminar. O como ya lo decía Sting: Russians love their children too, los rusos también quieren a sus hijas.

Camino por la calle Arbat, donde antes se reunían poetas y cantores. Hoy las tiendas de souvenirs, restaurantes, y negocios se disfrazan de la nostalgia de otro tiempo. Sin embargo, temprano en la mañana, cuando la marea humana aún no alcanza su esplendor, sigue siendo un lugar encantador y uno puede bien imaginar a Tolstoi –su estatua lánguida vigila a los visitantes del museo donde se guardan sagrados sus manuscritos– mientras camina pensando en el próximo capítulo de La Guerra y la Paz. El viejo, según cuentan, tuvo una conversión medio agustiniana, tanto así que se dejó crecer la barba. O imaginar, un poco antes, a Pushkin tomado de la mano de su mujer, a “esa edad de la tumultuosa pasión de la juventud”, recordando el poema que habría de escribir después (y otros bailarían), antes de morir en un duelo…. Pushkin vivió en esta calle y se casó con Natalia en la iglesia a la vuelta de la esquina. ¿Habrá pensado en esta Natalia Pablo Azócar cuando escribió su inolvidable novela?

Un grupo de brasileños llena de color un rincón de la calle. Van al partido con Serbia. Llevan la sonrisa a flor de piel. Tan diferente a los rusos. Pero, quizá, mucho más tristes. En el estadio del Spartak el ambiente es extraño. La festividad brasileira es contrarrestada por la seria pasión serbia. Al entrar, veo que detienen a un par de fanáticos por llevar tatuados símbolos según ellos eslávicos, según otros, racistas. A poca distancia de donde estoy sentado, los guardias de seguridad se llevan a dos hinchas serbios, quienes en medio de un mar verdeamarelho no titubearon en mostrar dedos y comentar con poco amor algunas jugadas del otro equipo. Uno de los brasileños no soportó tanta desfachatez y le arrancó la bandera tricolor a uno de los serbios. Seguro que no había visto Mujeres al borde de un ataque de nervios; mejor no meterse en esas ligas. Mientras tanto Brasil gana sin mayor esfuerzo y en los días siguientes irán cayendo uno tras otro los grandes favoritos. Alemania, Argentina, Portugal, España. El fútbol continúa (cuando leas esto, lector, lectora, quién sabe qué sorpresas habremos sobrevivido) y los análisis se hacen cada vez más exasperantes. Tal vez la idea de un duelo para dirimir al campeón no sea tan mala después de todo. Messi y Ronaldo: el tatuado y el sin tatuajes. Me entero que Ronaldo tiene un entrenador de sueño. Para dormir, no para soñar. Duerme cinco veces al día una hora y media. Solo. No sé si Pushkin estaría de acuerdo (con lo del duelo y con lo de dormir sin Natalia).

Carlos me escribe dándome el dato de un bar donde Raskólnikov se ponía a tono –se rascaba, dice él– con el padre de Sonia. Lamentablemente, no tengo por ahora planes de regresar a San Petersburgo, pero la idea me parece buenísima (Hace un par de años, con Carlos compartimos unas copas inolvidables en un bareto llamado The Thirsty Scholar, en Manchester, donde hallamos a más de un personaje de novela). En la calle Arbat hay un par de lugares que intentan recrear tiempos pasados. Uno en particular me llama la atención: puertas de madera oscura y un disco de vinilo clavado en ella. Entro. En una esquina (¿por qué siempre es en una esquina?), un grupo de chicos y chicas, estudiantes universitarios supongo, bebe cerveza y conversa animadamente (incluso sonriendo). Rompiendo mi timidez (y recordando mi pasado) me acerco y les pregunto, luego de preguntar si hablan inglés, si conocen un bar frecuentado por escritores. La pregunta es tan extraña que uno de ellos me invita a sentarme y pide otra cerveza para mí. Comentan algo que no entiendo. Cuando llega mi cerveza, el mismo tipo alza su vaso y dice: Za zdarovie, y con una gran sonrisa en su rostro añade en ruso (pero no sé cómo lo entiendo perfectamente): toda la vida es literatura.