Aquí una sentencia: Es imposible separar la obra del artista. Ya sea literaria, musical o, como en este caso, filmográfica. El cine de Nicolás López, que comenzó a tomar vuelo en 2004 con su primer largometraje y siguió por una exitosa senda de la mano de dos trilogías bendecidas por la taquilla nacional, revela cómo siente y piensa su autor, hoy cuestionado por las acusaciones que caen sobre él y por su forma de ver el mundo. Pero todo estaba ahí, escondido entre el humor misógino y la condescendencia de un público que prefería no ver más allá del chiste.

A la luz de las denuncias, sería sencillo revisar sus películas con la intención de destruir y ningunear, negarle su carácter de obra cinematográfica y solo intentar buscar las referencias o momentos en que la esfera segura de la ficción se funde con la de la realidad. Y eso no sería justo con las víctimas, por mucho que hoy tengamos claro que el personaje “Papitas” y los insultos que recibe en las películas tenían su correlato fuera de la pantalla.

La filmografía del cineasta, acusado por ocho mujeres de acoso y abuso sexual, puede dividirse fácilmente en dos partes: Unas en que los protagonistas son una especie de alter ego idealizado del propio realizador, personajes masculinos que tienen como motor un resentimiento intrínseco hacia las mujeres o sus historias giran en torno a la venganza. Y las otras, en donde pone a una mujer bajo los focos en un intento fallido por expiar culpas. Ambas, observadas desde la cómoda fiesta de la comedia rápida, a la que la crítica, subversión y problematización no fueron invitadas.

Bien puede decirse que su misoginia encubierta se refugia en escenas que debían contar con la complicidad y aprobación del público para que funcionaran. Y casi siempre lo consiguió pintando al hombre como la víctima de alguna especie de traición o deslealtad para ganarse la simpatía, una suerte de romantización del sujeto despechado en la que la culpa de su desgracia es de aquellas que osan no tomarlo en cuenta, jamás de ellos.  Y así se nos presentan Roberto (Ariel Levy) en “Promedio Rojo” y Javier (también Levy) en “Qué Pena”.

El primero es un nerd obeso al que le hacen un feroz bullying en el colegio y que trata de la misma manera a su amigo Condoro, dueño de una imposibilidad casi patológica por hablar sin denostar o cosificar a una mujer, con quien comparte su deseo de conseguir como trofeo a cualquier chica que considera guapa. Y el segundo, es un sujeto irremediablemente egocéntrico e insufrible que culpa al mundo de todas las desgracias que le ocurren -emblemática es su frase “me cagaste la vida, maraca culiá” que grita frente al río Mapocho-. Desgracias que no son otra cosa que una delirante fantasía adolescente (o una especie de revancha personal de López), en la que se ve involucrado con muchas mujeres que giran en torno a una figura masculina y que rápidamente despacha por no cumplir sus expectativas o que cataloga como locas o histérica.

Y es que en ambas películas todos los hombres son caricaturescamente crueles con las mujeres o de una tremenda ramplonería. ¿El problema? Son los encargados de entregar las risas, pero no como espejo crítico del Chile cavernario, elitista y conservador, sino para reírnos con ellos de la normalización de la violencia y discriminación. Ahí están Condoro y sus condenables frases sobre las españolas y su gordofobia; el médico que realiza abortos que toquetea a sus pacientes como gracia; o el barman y su homosexualidad encubierta que amenaza al machito, porque en el mundo que crea López, si eres gay andas detrás del protagonista heterosexual.

Revelador de la vereda desde la que se para López, ya que, bajo la estructura narrativa de la película, son los Robertos y los Javieres, los marginados y derrotados, con los que deberíamos empatizar, esos hombres cuyo mayor sueño es poder rechazar a cuanta mujer se les cruce, pero a la vez estar rodeados de modelos y gente bonita. Las ideas más condenables son las que esconden los “buenos”.

Hay un momento clave en “Promedio Rojo” que dialoga muy bien con “Qué Pena Tu Vida”. Mientras Roberto detalla lo trágica que es su existencia en el colegio, no tiene vergüenza alguna en decir que todos los años ha esperado que llegue una nueva compañera, pero lamenta que solo hayan aparecido niñas que ridiculiza como gordas, feas, barbudas o chicas, mandándolas al margen de la historia. Porque está claro: las únicas que valen son las que encuentra bellas o las que están a su servicio, la única meta de un adolescente obeso en un mundo que lo quiere ver caer.

Una situación similar a la que vive Javier, quien se toma la revancha y finalmente liga con tres mujeres extremadamente guapas, pero solo para volverlas una mala broma: una vengativa histérica, otra cuica “nazi” y la ex pareja que era gorda y ahora tienen una guagua. Mención aparte para las madres que se reducen solo a dos posibilidades: o se es una castradora o una histérica-pseudoliberal-infantilizante.   

El abuso sexual como una payasada, los celos y la posesión como expresión amor de pareja, mujeres sin vida y cuyo centro gravitacional son los hombres, y los estereotipos de género como clave para entender el rol en el mundo. Esas son algunas de las temáticas que abordan dos de las películas de Nicolás López y que bien pueden resumir toda su filmografía. Nada de malo en que se filmen películas que se hagan cargo de estos temas, lo discutible es cuando se establece como lo normal.


Bruno Delgado

Periodista UDP, crítico de cine en El Agente Cine