Actualmente, el río Bravo—accidente fluvial que divide a Juárez, México de El Paso, EEUU—es un tajo seco en paredes de cemento que encausan una afluencia casi inexistente. Uno de los puentes que lo atraviesa es el Puente Internacional Santa Fe (Paso del Norte), un puente que no pareciera cumplir la función de sortear una falla (geográfica), sino de marcarla, subrayarla.

El flujo ausente en el río abunda en las calles y veredas del puente que lo atraviesa. Cual arteria, la organización del flujo y ritmo del puente define la integridad de los órganos que conecta. Y el flujo es lento. Filas de carros crean callejones por los que transitan vendedores de sombreros, mantas, botellas de agua, juegos de lotería, churros, sus cuerpos son los únicos que en la calle están liberados a cierto rango de movimiento, y por eso, a pesar de que en su expresión se puede adivinar ese tipo de cansancio que no tiene que ver con la edad ni con un par de días de trasnoche, ellos son lo de más vida en esa escena.

La vereda sostiene una economía paralela.

Al finalizar mi ascenso por la cuesta del Santa Fe —un puente inexplicablemente alto y curvo, bajo el cual nunca pasa ningún barco—, veo que la mujer a mi derecha le da una moneda a un hombre que venía caminando junto a ella llevándole el carrito pesado de compras hechas en Juárez. Leo en su transacción los códigos del sherpa. Tan pronto como el hombre recibe la moneda comienza su camino de regreso. Es raro encontrarse a alguien caminando en dirección opuesta al flujo predeterminado por los conductos aduaneros, y el sherpa se aleja a pasos grandes, como si EEUU lo repeliera o Mexico lo jalara de regreso. Un cuerpo a contracorriente. Los salmones realizan un viaje similar para poner sus huevos donde el río nace. La analogía no me pareció descabellada. Muchas personas juarenses tienen nacionalidad estadounidense porque sus madres cruzaron para dar a luz, buscando las mejores condiciones para sus huevos.

Una vez en la aduana me relajo.

No siempre me sucede que estoy contenta de volver. Pero hoy, a menos de 100 metros de la entrada que conecta y divide México de Estados Unidos, mientras me comía una paleta de mango de pie en una esquina, una mujer desconocida apareció de la nada y me puso un puñetazo en la boca. Cuándo me volteé a pedirle explicaciones me di cuenta que no estaba en condiciones de dármelas. Estaba loca. Me dirigí a uno de los guardias que resguardan la puerta de entrada al puente, en busca de una explicación o de conmiseración:

—“Lleva tres días aquí dando vueltas”, me respondió, agachándose de hombros al ver mi labio hinchado y sangrante.

Compré otra paleta de mango y me la apliqué al labio. Me supo menos dulce esta vez, y cuando ya pude dejar de pensar en mí misma, me puse a pensar en ella, en la mujer que llevaba tres días revoloteando alrededor de la entrada al puente que conecta México con Estados Unidos, dando de botes contra las barreras que protegen el cruce, como polilla en una ampolleta. ¿Y por qué justamente acá?, ¿por qué venir a golpear esta puerta? Me pareció lamentable que en su locura hubiese confundido mi rostro con el blanco, aunque si su intención era que alguien abriera la puerta, la boca, y producir una respuesta, pues cumplo con dejar testimonio mudo y atónito de la mía.

Ciudad Juárez, México/El Paso, EEUU.


Doctora en Literatura Comparada. Académica, traductora y poeta. Actualmente enseña Creación Literaria en la Universidad de Texas, EEUU.