Están los que hacen monólogos y los que escuchan esos monólogos. Todo depende de la infancia que tuviste. La mayoría de las veces se debe a un padre al que le gustaba ser el centro de mesa y monopolizaba las reuniones familiares. Hacía que todos bailaran hipnotizados bajo el influjo de su fuego fatuo. Eso puede crear hijos que saben escuchar o hijos que se van de viaje con su imaginación, hasta que el padre se agote de hablar sólo. Se podría decir que hay una línea de inicio de conflicto en esa dirección.

Una vez un poeta que estimo mucho y que hace tiempo vive fuera de Chile, me dijo: David, tú sabes escuchar. Sentí que había una revelación en esas palabras. Ese amigo que hablaba mucho cuando nos juntábamos, había descubierto a pesar de su ininterrumpida locución, que yo realmente estaba siendo activo en lo que me decía. Principalmente por el tipo de preguntas que formulaba, y que lo dejaban botando la ceniza de su cigarro por un prolongado lapso de tiempo. Todo eso yo no lo sabía, porque el que escucha no tiene consciencia de que escucha, hasta que alguien ha logrado escuchar su silencio o la manera de recepcionar al otro. En esos mutuos reconocimientos se abre la generosidad. El desinterés del intercambio.

Por supuesto en el caso del padre centro de mesa eso no ocurre, su manera estudiada de hacer que la audiencia se sienta parte, no es genuina; es un mecanismo ficticio de participación, que con los años detectamos. Porque el padre centro de mesa finalmente nunca escucha a nadie. Ama el poder que tiene sobre los demás.

Hay personas distintas, que tienen la cualidad de hablar sin decir nada. Basta su presencia para saber que nos están diciendo una serie de cosas, pero hay que saber afinar, no el oído, sino el cuerpo entero para escuchar lo que dicen. La “importancia de lo que no se dice cuando se habla” dice un poema que escribí hace algunos años. Digamos que se trata de personas que ingresan por otra puerta a las relaciones.

Más de alguna vez he estado en el lugar del que hace el monólogo, me he visto hablando sin parar y de pronto en medio de la atención de los demás, me viene una especie de pudor, al sentir tanta atención y me apago. Como si estuviera traicionando un rol adquirido. El rol del oído y no del habla.

En el campo del psicoanálisis la terapia es un lugar de silencio, donde el paciente con su analista pasan a ser testigos de un encuentro a la espera de un acontecimiento. Una palabra quizás, despojada de cualquier tipo de control, donde escuchar y hablar es un acto indiferenciado. Una pieza emocional que se desprende de arremolinadas ataduras, que con el gasto de energía en sostenerse, en su coyuntura, configura un nudo que monopoliza el carácter.

Algunos hablan como si fueran músicos de free jazz. Un saxofonista, por ejemplo, que frasea su innumerable rizo melódico dentro de una base que sabe acompañarlo. En esa escena musical me veo como el baterista, o en el contrabajo, como si el protagonismo de las luces fuera un rol que escamoteo, pero que puedo perfectamente acompañar.

Lo más peculiar para alguien al que le gusta escuchar quizás sea encontrarse con otro que también disfruta de esa aventura del oído. Alguien que se graduó en esa pedagogía. En esos encuentros ocurren cuestiones inusuales, ambos pasan de inmediato a una conversación a varios escalones de profundidad, como si fueran buceadores profesionales que exploran en el subsuelo marino especies ocultas. Acaso una oscuridad luminosa plagada de silencios.

El diálogo entre habladores es muy distinto al diálogo de los escuchadores. En uno se emplea toda la energía de la interpretación, y en los escuchadores en cambio, se compone una figura en varias dimensiones, un trabajo de edición mental sin duda.

Bajarle el volumen a nuestra voz interior, quizás sea la cuestión. Aventurarse a trabajar desde el despojo del yo. Un llave de Jiu-jitsu al vociferante ego, que nos acerque de una vez por todas al entendimiento con el otro.