De la pena que nos es tal

Traté de hacer ejercicios de habla utilizando el lenguaje inclusivo y me fue muy difícil, seguramente porque uno está demasiado acostumbrado a la heteronorma lingüística. Es simple percibir que la lógica del lenguaje no es la misma que la que rige a la producción ideológica. Es decir, el cambio lingüístico no admite decretos, aunque sí nuevos protocolos de habla, regidos por los, más o menos, lentos cambios culturales.

Recuerdo que Barthes escribía, a propósito de Mayo 68, que toda revolución lo es, sobre todo, del lenguaje. De ahí la gran profusión de consignas que expresaban la necesidad de un cambio radical, las situaciones revolucionarias son vocingleras y totalizantes.

Los cambios lingüísticos son un hecho social permanente y, obviamente, las revueltas políticas son grandes promotoras de los mismos, y también los cambios tecnológicos. Todas estas obviedades para decir que la gran fuerza transformadora de los temas de género pueden volverse patéticos si los rebajamos a la obligación de conductas administradas por grupitos ingenuamente fascinados por la voluntad de verdad. Aunque es súper placentero asustar a la academia machota.

Y me dio pene (pena inclusivista, chistecito idiota que puede generalizarse como meme por las redes, cual resistencia política al autoritarismo de los administradores de justicia), y sentí que todes valían callampe, porque no todo se puede regular como el mercadx.

Pero mi problema de subsistencia hoy día es otro: ¿Hay o existe la posibilidad de una nueva masculinidad, por decir algo que suene levemente coherente? ¿Dependerá de los nuevos modos de lo femenino? Lo concreto es (o lo correcto) estar contra los abusos del poder masculinoide y patriarcal, y todos sus mecanismos manifiestos y latentes, contra el abuso de los niños, las mujeres, los pueblos originarios, las minorías sexuales y todos los negocios que cierto progresismo oportunista percibe como un capital resistencial para su proyecto de poder. Ojo, la derecha también entró en la disputa por la escena abierta por la agenda de género.

Esa ficción

Aunque la hegemonía, en esta zona del discurso parece corresponderle a cierta izquierda alumbrada. Pero, a la corta o a la larga, ese sector político lo hace todo para ser siempre derrotado por el sentido común de derecha o por el liberalismo a ultranza, porque no puede negar una alianza originaria con el capital culiao. Por esto y por otras cosas hay que sospechar del protagonismo hegemónico de los discursos de género hoy día, a pesar de que ahí habría una clave para un ejercicio crítico que haga funcionar, de una vez por todas, un nuevo proyecto utópico de la izquierda.

Igual hay que agradecerle al pendejismo millenial el hecho de que sus movimientos, incluido el pinguinismo y, ahora, la cuestión de género, marcaran y alteraran el campo de operaciones política, a pesar de que muchas veces haya servido para proyectar su narcisismo político parlamentario u otras movidas culturales, o académico editoriales.

Yo vengo con vergüenza y deshonra de la cultura heteronormada, pero quizás mi teoría, “narrativa” del fracaso (disculpar autorreferencia, pero la considero necesaria), la de los “cara de hombre” y/o la de los “cara de chileno”, y en general el antichilenismo winer podría ser el sustrato crítico de un desmontaje de poder que, en parte, se fundamenta en el ser testigo del trabajo cotidiano e invisible de ciertas mujeres no pasadas por el mundo universitario. Porque fuera de la institucionalidad fuerte de la política y de la academia, el machismo del huacherío chuchumeco es perfectamente neutralizable, no sólo por su precariedad, sino por su impotencia radical. A pesar del hachazo femicida de los territorios de la ruralidad.

Por otra parte, la subcultura de izquierda en que uno se ha movido, siempre tendió a heredar los modelos políticos de la guerra clásica, recuperados por el maquiavelismo leninista, ya sea pasada por la legión romana, por el paradigma napoleónico y la horda aindiada, sin olvidar al partido de vanguardia con sus militantes orgánicos (u orgásmicos) en primera línea, no muy lejos de los operadores políticos de los grupos democratoides, pasados por la socialdemocracia. Todo esto muy cercano al falocentrismo penetrador, cuya crítica ha sido ejercida por varios neomarxistas. En este punto hay una zona de lucha potente y definitoria del proceso que nos debiera llevar a un nuevo proyecto.

Las ganas de carnaval

Lo que sigue siendo preocupante es el síntoma fascista de imponer normas de control a lo machote. Algunas aquintraladas o Juanas de Arcos, que como mujeres fálicas quieren exhibir la cabeza sangrante del colono, cual Inés de Suárez, sólo pretenden ser la Cathy Barriga invertidas de un imaginario insostenible por su voluntad de espectáculo.

Nos preocupa, también, el espectáculo patético, por ejemplo, de la izquierda esotérica, de esa que recupera el año nuevo mapuche (o we tripantu) o que hace prácticas blandas en la ocupación de la escena pública. Porque es de una impostura acrítica que no tiene nombre, y que, además de ver signos femeninos falsetes, termina en carnavalitos chimbomberos y bailongueros al peo, que pretenden copar la escena cultural y política. Lo único valioso es el yoga, porque es brutalmente corporal y materialista.

Hay un gorilismo fascista, también, que quiere protagonismo a partir de la apropiación de las reivindicaciones de otros para tomarse lugares y establecer microdictaduras comuneras. Lo hemos visto en el Parque Cultural de Valpo y en el mundo estudiantil. Por eso, como dijo Nietzsche, en su feroz desmontaje del pensamiento occidental, la verdad es mujer. Y esa debe ser la clave.


Escritor