El día de la dignidad nacional se inicia en el dolor de un desalojo después de un incendio que afectó a más de 100 personas. En pleno invierno. En el casco antiguo de Santiago, en el Barrio Brasil, en un escenario de restaurantes conocidos y vida tranquila que se ve hoy interrumpida por la presencia de fuerzas policiales que cuidan el correcto desarrollo de la decisión del alcalde de Santiago.

Una vez más se trata de personas migrantes. Una vez más son los trabajadores que han llegado a Chile para llenar nichos laborales que parecen esperarlos para que en ellos entreguen su fuerza de trabajo y también sus vidas. Una vez más son sacadas del lugar donde vivían y en la calle, ahora, se amontonan sus cosas. Allí, son filmadas y mostradas en las pantallas. En esas cosas está un pedazo de su mundo, lo que han adquirido en este tiempo de vida que hoy es expuesta. Es el pedazo de vida acumulada dentro del sueño por trabajar, educar sus niños y apoyar a sus familias. En la vereda helada de la mañana están los objetos que adornaron los días buenos y malos pasados en la casona colonial de calle Cienfuegos donde regularmente pagaban, por habitación, entre 150 mil y 200 mil pesos a subarrendadores –que según dichos del dueño, desconocía-.

En el incendio, uno de los habitantes de la casona, Ivenet, intentó salvarse de las llamas y se lanzó al vacío falleciendo días después. Otra vida haitiana y joven se sumaba a la lista de los ya fallecidos en el país como al aniquilamiento de Joane Florvil, a la muerte de Benito, a la partida definitiva de niños haitianos que nunca podrán conocer el sueño chileno de sus padres. Otros han sido, asesinados, otros han muerto por frío y soledad, otros por negligencia médica.

Hay muchas preguntas sin respuestas que las organizaciones sociales, la Junta de Vecinos y los amigos y amigas que solidarizaron, se siguen haciendo sobre un dueño del inmueble que decía desconocer los pagos que mes a mes las familias hacían, sobre el modo en que su abogado intimidó y trató a las personas al igual que lo hicieron las instituciones, sobre la especulación millonaria de la que nada se supo, sobre los criterios de la municipalidad para sus “protocolos de desalojo”, sobre las amenazas a quienes ayudaron en el día a día, sobre las mentiras de funcionarios municipales que hablaron a la prensa como grandes conocedores de las situaciones y de los sufrimientos cotidianos.

Son muchas las preguntas que se suman al balance que podemos hacer del abandono del estado chileno y de sus instituciones, sobre la ausencia de concejalas que nada hicieron después de prometer, sobre tantos y tantas prestos a la foto y a la cámara que hoy se molestan por las críticas para sosteniendo la violencia de respuestas bien pensadas para las evaluaciones de sus jefes.

Se trata del Estado y de su miserable comportamiento. Se trata de funcionarios pagados para responder y actuar ante las necesidades de las personas. Decimos que una vez más dejan solos a los que más los necesitan acompañando este desalojo con la humillación que se junta al despliegue de contingentes policiales cuando nadie nunca puso resistencia. Un despliegue seguritario que se focaliza en hombres y mujeres trabajadores que se vuelven sospechosas únicamente por existir y vivir en Chile.

Me gustaría saber si el alcalde Alessandri podrá dormir tranquilo en la tibieza de su casa esta noche y si pensará en estas familias cuando celebre la dignidad nacional. Me gustaría saber porqué han estado ausentes las instituciones de Derechos Humanos. Me gustaría saber qué y cómo hacer para sacar la tristeza de estas familias e ingresar en ese silencio que ha acompañado la salida de la casa donde habían puesto parte de sus sueños. Por ahora les acompañaremos en la continuidad de sus rutas, de sus trabajos, de su posible ingreso a esta vida cotidiana chilena.

Foto: Agencia Pueblo


Académica, Universidad de Chile