¿Puede el subalterno hablar? La filósofa Gayatri Spivak contestó que no a su famosa pregunta. No porque el subalterno sea un sujeto social mudo, sino porque su voz carece de incidencia en la cultura dominante. En un contexto distinto al de los estudios de subalternidad, podemos formular la pregunta a Sumar (Planeta, 2018), la última novela de Diamela Eltit, uno de los nombres que suenan para el Premio Nacional de Literatura. Los personajes de Sumar, vendedores ambulantes en su mayoría, hablan, y lo hacen a través de una escritura que genera un espacio donde ecos y residuos de voces subalternas podrían ser escuchadas.

Sumar relata una marcha que parece interminable de vendedores ambulantes hacia “la moneda”, así con minúsculas, jugando con la relación entre centro de poder y “una monedita”, que una voz reitera pidiendo. Como pieza musical, la marcha se compone generalmente de dos compases. Esa definición sugiere un contrapunto en Sumar entre, principalmente, dos registros de habla. Por una parte, encontramos la mímesis del habla popular (estai, tení, celus, etc.) y, por otra, la lengua “culta” (“inexorable” “benevolente confabulación”, etc.). Ambas formas expresivas confluyen y dan tensión a la novela. Al intervenirse mutuamente se desnaturalizan, adquiriendo nuevos tonos. El tejido de lo culto y lo popular forman un aglomerado de referencias cinematográficas y políticas, de ciencia ficción y catástrofes naturales, carreras de autos y atletismo, provocando disonancias estéticas delirantes. La escritura de Sumar modifica las convenciones de la novela con su carnaval de protesta que, a nivel literal, es fallida (no parecen llegar a ninguna parte, lograr ningún objetivo), pero que, figurativa o simbólicamente, es desafiante.

La marcha en Sumar es una escritura como andanza, y encontramos tintes de novela picaresca, dos de cuyos motivos son la constante mudanza y el hambre. El espacio de la marcha se torna incierto, es acosado por drones, y la narradora busca “un hueco mental para refugiarme en mí misma mientras camino”. A veces esta marcha-caminata-escritura zigzaguea por los baches de la calle, cambia de velocidad, y entonces van surgiendo circunloquios y destiempos. La narradora Aurora Rojas dice: “El tiempo está disuelto y circula en mi interior” (p.14). Esta redistribución de tiempos y espacios tiene también resonancias literarias con el absurdo de Samuel Beckett, las elipsis abigarradas de Severo Sarduy, o ciertos monólogos de Carlos Droguett y Marta Brunet. Pero si agudizamos el oído tal vez podamos escuchar el eco lejano del mudito de El obsceno pájaro de la noche, la más intensa voz de los sin voz en la literatura chilena.

La ambigüedad de las palabras se va enriqueciendo en filigranas o sedimentos de significados. Por ejemplo, Aurora Rojas tiene cuatro “nonatos” a los que describe como hijos, pero que también son “cuatro lóbulos o los cuatro puntos cardinales que me habitan, saltan adentro” (p.53). Una “nube” sigue la marcha: “es una cifra inmensa (aún en el paroxismo de su parquedad) que se apodera de la suma de nuestros movimientos” (p.11). Una “tocaya” de Aurora, funciona como una doble ominosa, réplica de sí misma. Es en las metáforas, en los juegos de sustituciones y desplazamientos de significados, donde Sumar postula reescribir la historia de los olvidados. La eficacia de la literatura política está en su habilidad para descorrer los límites de lo sensible, dice Jacques Rancière, y particularmente, “en escuchar como a seres dotados de la palabra, a aquellos que no eran considerados más que como animales ruidosos”. La extrañeza de los signos en Sumar interfiere lo que antes era ruido para dotarlo de palabra, algo parecido a darle voz al subalterno.

La tocaya dice que “le parecía una verdadera pérdida de tiempo hablar de hechos raros, menores, curiosos, que no conducían a ninguna parte” (p.150). Pero la marcha de la escritura es política. Los datos que parecen sacados de internet, como acumulación de información aparentemente inservible, “mitografías de sujetos dudosos, agujereados por el virus de la inconsistencia” (p.114), terminan por producir “melodías históricas que todavía sostienen la tozudez enfermiza de la esperanza” (p.17). Los nombres de los personajes principales, Casimiro Barrios y Ángela Muñoz Arancibia, nos remiten respectivamente a un luchador social del Partido Obrero Socialista en Chile a principios de siglo XX, y a una líder de las sociedades en resistencia formadas por obreras en la misma época. Sumar es como un arma hechiza de hablas ambulatorias, “una construcción mixta sin horizonte de realidad” (p.139), dice Aurora. Es esa mixtura la que posibilita en este caso la novela: saberes ocultos e historias negadas.

Los filósofos Toni Negri y Michael Hardt escribieron que “toda la multitud es productiva, y toda ella es pobre”. Según ellos la multitud de los pobres es peligrosa: “Se saltan las barreras, excavan galerías de comunicación que minan las murallas. Peor aún, […] perturban la constitución ontológica del Imperio: en cada intersección de líneas de creatividad o de líneas de fuga”. En las intersecciones de la multitud, Sumar resta, no por sumergirnos en el silencio o el aislamiento, sino por exponer la lengua a lo discordante. Oímos a diario cómo los políticos, los comunicadores, los encuestadores, quieren apropiarse, interpretar esas voces esquivas de la multitud subalterna, y traducir lo que supuestamente “la gente quiere”. Tal vez la clase política, los televidentes, los consumidores de redes sociales, y diversos lectores, podrían recurrir a esta novela, que, en esta pasada, vuelve a experimentar con las relaciones entre literatura y política, poniendo a la multitud en la mira de una poética alucinante.

Sumar

Diamela Eltit

Seix Barral

177 páginas

Precio de referencia $11.900