Me siento extraña al tocar este tema, tanto por lo distante que me resulta ahora esa etapa de mi vida como por lo diferentes que se sienten las cosas hoy, cuando el feminismo golpea “normalidades” para exigir cambios. Pero sí, crecí en un mundo masculino en el que intenté encajar de la mejor forma posible y, a ojos de cualquier observador externo, lo logré. Crecí mimetizada entre grupos de hombres.

Es raro situarse desde afuera a observar. La cultura nos envuelve, crecemos entre intercambios sociales y diferentes costumbres, las incorporamos mientras crecemos y vamos configurando un campo de juego con reglas que nos son dadas, roles que absorbemos de nuestros padres, nuestro entorno y, mientras nos volvemos parte de la sociedad, estas reglas y roles se vuelven el cristal con el que miramos el mundo, parte de nuestra infancia, adolescencia, de nuestros recuerdos y, finalmente, de nuestra identidad.

¿Cómo les impacta a los hombres cuando el feminismo sale a decir que muchas de esas costumbres con las que crecieron, que eran parte de sus valores, la identidad de su grupo, sus bromas y complicidades, deben ser cambiadas?

Cuando me remonto a aquella época e intento sentir nuevamente desde ese lado, las palabras que mejor lo describen son competencia y fraternidad ¿Parecen contradictorias? Ya desde el colegio se configuraba una escala social en nuestras cabezas con la que nos medíamos constantemente, competíamos para escalar haciendo lo posible por encajar en un contexto cultural que te golpeaba indicando que había sólo unas pocas formas de “ser hombre”. Todo lo demás caía en ser mujer, niño o hacer cosas de “maricones”. Sin embargo, paralelamente, mientras competías se iban formando relaciones, compañerismo y fraternidad.

Habitar en ese mundo no era algo que fluyera fácilmente; en mi caso esa etapa estuvo marcada por no sentirme parte y vivir como infiltrada, pero, en general no hay nadie que sienta fácil su tránsito por la vida y, enfocados en nosotros mismos, en especial en la adolescencia que es un periodo abrumador, nuestros problemas se magnifican en nuestras mentes y muchas veces quedamos ciegos ante las dificultades que enfrenta el resto.

Ser hombre era duro y exigente.

Recuerdo que desde temprano aprendí que los hombres no deben sentir mucho, que la empatía se reserva para el grupo y no aplica para quien sufre bullying por débil –que se haga fuerte– , para los “maricones” –que se hagan hombres–  ni nadie que no quepa en nuestro grupo. Si la pasaban mal, lo merecían por no respetar las reglas; por ser diferentes, terminaban siendo víctimas de nuestras inseguridades. Yo fui una persona homófoba, para reafirmar mi posición de “no-maricón” frente al grupo.

No creo tener capacidad para armar una teoría sobre los factores que influencian la jerarquía masculina, pero sí puedo decir que había enorme presión por validarse con el resto del grupo como un “verdadero hombre”, y eso en general consistía en parejas y sexo. A partir de esto resulta que tantos –siempre demasiados- cuentan o inventan cosas que hicieron con sus conquistas en la cama, reafirmando la pertenencia al grupo y la complicidad –porque todo se cuenta pretendiendo calidad de secreto–. Cuando recreo esas interacciones se siente tan extraño vernos: frente a nuestro grupo de amigos reducíamos las relaciones de pareja al honor de la conquista y al placer del sexo. Me consta que varios estaban muy enamorados, sin embargo, como sentir emociones era signo de debilidad, los sentimientos hacia nuestras parejas quedaba en un segundo plano.

El comportamiento hacia las chicas en general tendía a ser educado en lo cotidiano, pero tratando de desdibujar esa línea del respeto con pequeñas ofensas, que se perdían mezcladas en un contexto más amplio, para “bajarlas de la nube” y que se sintieran más alcanzables -uno de los objetivos del piropo ofensivo-. Cuando estábamos de fiesta y con copete, todas las normas éticas se borraban, el acoso era una estrategia válida, la cosa era insistir de forma agresiva hasta que alguna chica cediera, el abuso no era siempre bien visto, pero sí perdonado. Y las violaciones ¿habrán estado tan distantes? Si alguna vez oí algo así entre rumores, no quise creerlo por no poder imaginarlo de la persona acusada.

Se nos enseña desde la infancia que la lealtad fraterna es lo más sagrado y la traición de esa confianza es el peor pecado que puedes cometer, algo que te destierra al temido aislamiento e impopularidad. Todo ocurre en esa época en que queremos conectarnos con “nuestro mundo”, ser aceptados y cuando llegamos a adultos, tenemos tan normalizado estos comportamientos que ni imaginamos cuestionarlos. Por eso cuando hoy aparecen acusaciones de acoso, abuso y hasta violación, no me sorprende que los amigos guarden silencio o mantengan la incredulidad, prefiriendo no ver, hasta que el escándalo explota y les obliga a abrir los ojos.

No se trata de que en el mundo de los hombres no nos enamoráramos o que no amáramos a nuestras parejas, y, desde luego que se sufre por amor. Pero la mayoría de los códigos vinculados a las relaciones de pareja se remitían, en definitiva, a nosotros mismos ¿Cuánto influía la reputación que íbamos a ganar en la conquista al momento de elegir pareja?

Desde luego que existía el deber de protegerlas, tanto de quien las fuera a pretender como de cualquier mancha a su honra, pero ¿era a ellas a quienes protegíamos realmente? Ser pareja de algún miembro del grupo les otorgaba un halo de respeto del que no gozaron en su periodo previo de soltería, pero ese peculiar respeto tenía un aire de propiedad, porque luego de terminada la relación esa mujer quedaba prohibida para el resto del grupo en un gesto de territorialidad propio de primates. A su vez, el despecho justificaba cualquier mentira que difamara a la expareja; el daño que generara se comprendía y perdonaba.

Este recorrido escrito me permite reconocer que, aunque mi personalidad y ética no cumplieran con lo que esperaba de mí la fraternidad, hice un esfuerzo por encajar y, para que no se dieran cuenta de todo lo que escondía, guardé silencio cómplice; desde allí, no me ubico en nivel alguno de superioridad moral. Todas estas conductas estaban revestidas de cotidianidad y normalizadas, participé de algunas, guardé silencio en otras y en general me mantuve indiferente.

El machismo era la regla y era yo quien la rompía: quien estaba mal era yo.

Pero el retrato que les he pintado de los grupos de hombres es injusto, está incompleto. Sí, sostengo esas críticas; sin embargo tengo presente que los grupos de amigos fueron parte importante de mi crecimiento como persona. Nos acompañábamos, aunque habláramos poco, con algunas cervezas y otras palabras en código, sabíamos que nos entendíamos, también compartíamos gran parte de nuestras vidas, logros personales, amores y desamores. Recuerdo cómo estrechábamos lazos jugando fútbol o videojuegos y me produce alegría, hacíamos muchas estupideces en un humor particular que sólo entendíamos nosotros y aun me conmueve recordar que cuando falleció mi padre, todos estuvieron ahí, conmigo. No puedo dejar de resaltar la lealtad como el valor que nos sostuvo como grupo y nos mantuvo unidos, volviéndose parte importante de quienes somos.

Por eso lo mío no es un manifiesto por la destrucción de lo que se suponga la identidad masculina, ni por “feminizar” estos grupos. En mis grupos de amigos, aquellos con los que crecí, soy una mujer trans entre muchos hombres y ya a estas alturas, donde la mayoría de mis amigos tienen familia e hijos, se ven triviales todos estos códigos que desafío con sólo existir. No obstante, acepto que la cultura de la época forjó gran parte de nuestros caminos y mientras los recorro desde quien soy hoy, entiendo que hay cosas que cambiar, pero evolucionar no implica odiar mi pasado sino mirarlo y mirarme para aprender de mis errores.

Y así es como trato de ver el mundo, en un proceso de crecimiento en el que es mejor mirar los errores propios y ajenos con empatía, enfocándonos en el aprendizaje por sobre la condena.

Finalmente, aquél o aquella que esté libre de machismo, que tire la primera piedra.


Ingeniera industrial y activista en diversidad