Gloria Camiruaga, Nelly Richard, Rita Ferrer, Hugo Cárdenas, Vicente Ruiz, Patricia Rivadeneira, Jorge González, Las Yeguas del Apocalipsis, Carmen Berenguer, Carola Jerez, Iván Ojeda, Rosa y Jordi Lloret, eran algunos de los habitúes. “Yo solía ir a comienzos de los 90, íbamos a fiestas y el Jaque Mate y Plaza Italia eran lugares obligatorios después del carrete, era de trasnoche, hablo de las 2, 3 de la mañana. Se juntaba toda una fauna”, recuerda el documentalista Tevo Díaz.

“Era muy entretenido, bullicioso, lleno de gente, siempre terminaba con una gran mesa de todos con todos”, dice la diseñadora Paloma Castillo, quien en ese entonces estudiaba en el Arcis. Después se cambiaron al 777, ella ya no fue mucho pero lo recuerda como un ambiente más diverso “con cantantes callejeros, vendedores ambulantes, más popular en ese sentido”.

A pesar de cierta sordidez, el Jaque Mate era un tanto elitista. No cualquiera podía ocupar una mesa. “Se cerraba la puerta porque no podía haber gente parada, era sin música, una fuente de soda cuadrada y muy iluminada con espejos donde todos se podían ver y oír. Carmen Berenguer discutía con Nelly Richard, Pancho Casas bailaba arriba de las mesas, las viejas preguntaban y tú desde dónde me hablas”, recuerda uno de los jóvenes que llegaba del barrio alto atraído por las Yeguas del Apocalipsis; pese a que hicieron solo una veintena de acciones, generaban expectación y la gente les seguía para saber qué otra ocurrencia harían.

Yeguas del Apocalipsis, Refundación de la Universidad de Chile, 1988 Crédito foto: Ulises Nilo

A veces llegaba un muy joven Juan Pablo Sutherland. Este último cuenta en su crónica El funeral de mi prima de una trifulca en que se agarraron del moño dos integrantes del petit comité, se oían gritos en mapuche y en francés, escribe en el texto sin dar nombres. Allí, en alguna conversa informal en medio de vasos de vino, se puede haber dado con el nombre para el colectivo Yeguas del Apocalipsis, aunque la poeta Carmen Berenguer asegura que el nombre se les ocurrió en su casa y de inmediato llamaron a Diamela (Eltit) para darle la noticia del nuevo colectivo que había nacido. “Participaba mucho con ellos”, dice Berenguer. Como en 1988, en la acción Refundación de la Universidad de Chile, en que Pancho Casas y Pedro Lemebel entraron desnudos a caballo al Campus Las Encinas de la Universidad de Chile. Ella y la poeta Nadia Prado llevaban de una cuerda al caballo, y su hija Carola Jerez tocaba la flauta traversa. El bar funcionaba de corrido. Se quedaban hasta tarde, muy tarde, como testigo un poema de su autoría escrito de madrugada.

Bar Jaque Mate

A las minas del bar (5 a.m.)

El devenir es un fantasma que no asusta a nadie.
(Permíteme decirlo)
con barniz amarillo
y renovado quedó el techo antiguo.
Sus espejos le devolvían el pasado.
Zócalos encubiertos con ribetes
de mierda de moscas: dejando una exudación,
a la entrega febril de una hora.
Es probable que se haya ordenado hacer el carnaval
postmoderno en la Plaza,
para perderlo todo
ribeteado de estrellas en el cielo azul.
Sin duda zócalos amarillos.
Asientos de vinil y lámparas
palmeras salmón.
¿Es Satie postmoderno?
(Puedo perder la vida por una nota)

“Las minas del bar eran las amigas, la Rita (Ferrer), la Paloma Castillo, las que nos juntábamos ahí –sigue contando Carmen Berenguer–. Gente que pernoctaba, siempre las mismas. La Stella Díaz también llegaba, Jorge Teillier, en el fondo todos pasaban por ahí, era como un pasadizo, como cuando algo se pone en la onda. Los lunes salíamos a batallar a la calle y pasábamos al Jaque Mate a conversar, aparecían Las Yeguas, nos sentábamos todos en una mesa, una cerveza, un pisco sour, y ahí hablábamos de lo que estaba aconteciendo en Chile, de alguna protesta. Se planeaban algunas performances, pero no todo, porque eso generalmente lo hacíamos en otros lados, ahí se conversaba de lo que habíamos hecho, se tomaba el copete, eran los años 88-89; después fue el 777”.

Nadia Prado, Carmen Berenguer y las Yeguas del Apocalipsis. Crédito foto: Carlos Jerez.

La poeta Nadia Prado y Carola Jerez junto a las Yeguas del Apocalipsis. Crédito foto: Ulises Nilo.

Desde Lima Pancho Casas dice que ya casi ni recuerda, aunque en su novela Yo, yegua, vuelve al bar varias veces. Relata que la esquina de Irene Morales y Alameda recuperó su clientela original compuesta de escritores, jubilados y prostitutas, al levantarse en parte el toque de queda, por ahí por el año 83. En la fecha coincide el escritor Jordi Lloret: “Íbamos a un taller a la SECH de Jaime Quezada y Floridor Pérez por el año 83´ y de ahí partíamos al Jaque con Jaime Lizama, Verónica Poblete, Pedro Lemebel. Esas picadas eran fuentes de soda normales y cerveza barata y completos. A veces pasaba Edwin Díaz moviendo una antología de poesía. En el taller también estaban Carmen Berenguer, Sergio Parra, Ramón Díaz Eterovic, Pía Barros y Jorge Montealegre. Sacamos un pequeño diario en la SECH que lo movíamos por el Jaque, Hoja x Ojo se llamaba”.

Don Sergio era el que abría la puerta y atendía las mesas. Escribe Pancho Casas en Yo, yegua: “A esta hora las mamparas de vidrio del Jaque Mate permanecen cerradas con llave; don Sergio de esa forma mantiene el control sobre las veinte mesas disputadas a puñetazos por la energúmena clientela. Él funge en estos casos como árbitro y padrotea las ubicaciones de acuerdo a las propinas de los adversarios. Otra de sus funciones es restringir el ingreso. Con entusiasmo mal pagado discrimina a quién sí y a quién no. Reconoce con ojo de lince a sus clientes… Los mozalbetes, azuzados por las charlatanas yeguas, comienzan a sacar el habla hasta batirse verborreicos contra los intelectuales trasnochados sobre las baldosas en blanco y negro, como peones de esta singular partida de ajedrez”.