Ha pasado sólo un año, sin embargo algunas cosas han cambiado tanto que parece mucho más. Ahora estoy bien, feliz, orgullosa y voy por la vida con la frente en alto. No siempre fue así.

Esa noche de Año Nuevo había empezado sin sorpresas compartimos una cena con amigos, conversamos, tomamos algunas cervezas a las que se sumaron el espumante con el conteo de media noche y los consabidos abrazos. Todo en clima festivo, hasta que cerca de la una, cuando estábamos por salir rumbo a la disco, me desplomé en llanto.

No era cualquier llanto. La última vez que lloré así fue cuando asesinaron a mi padre y el dolor era tan profundo que me quebró en el suelo. Sólo con el abrazo de los amigos que me rodeaban pude recomponerme poco a poco. ¿Por qué lloré así?

Ese año nuevo no era uno más, era el primero que pasaría como Alessia. Estaba emocionada, me arreglé con mucho entusiasmo, me puse un vestido azul muy bonito –sí, el de la foto, mi favorito– y partimos, mi esposa y yo, rumbo a la cena con otras parejas y la hija de una de ellas. Era Año Nuevo con vida nueva, era Alessia, nos íbamos de fiesta con amigos y, además, estaba en Madrid. Sin embargo, la noche que parecía perfecta, terminó inundada de dolor, y yo necesitaba desentrañar las razones.

El golpe más evidente de esa noche fue que, antes de partir a la disco, me tuve que cambiar y vestirme (¿disfrazarme?) de lo que ya no era. Después de 25 días de ser Alessia, feliz durante mis vacaciones en Europa, esa noche volví a ser Alejandro para ir a la fiesta, porque tenía miedo del escenario de una celebración con alcohol, y también porque le había prometido a mi esposa un último Año Nuevo con su esposo.

Mientras me sacaba el maquillaje me dolía, mientras me cambiaba lagrimeaba y al terminar de vestirme y verme en el espejo, el llanto fue incontenible. No quería que todo esto se acabara; volvía a Chile y no sabía que sucedería, ni cuánto tiempo pasaría hasta que pudiera ser yo misma de nuevo. Lloré sola por un momento y me recompuse lo mejor que pude antes de salir.

Saliendo mi cara estaba diferente y todos lo notaron, la alegría que me acompañaba esa noche se había quedado en aquel colgador que sostenía mi vestido. Pasados unos momentos, cuando íbamos a salir, me desplomé nuevamente.

En medio del llanto lo único que se me entendía era “¡gracias!”, una y otra vez. No podía sino agradecer que durante toda la noche yo había gozado dela misma amabilidad y hospitalidad que habría recibido Alejandro. Había igual cariño para Alessia.

Y esa era la clave de mi emoción. Era tan baja mi autoestima, tan humildes mis expectativas, que agradecía el buen trato, como si no lo mereciera. Fue durísimo darme cuenta de que cargaba con los años de escuchar insultos a los “maricones”, acumulaba incontables historias de marginalidad y exclusión que, sin saberlo, hacía mías. Esa noche todos me sintieron, no sé qué habrán pensado, abrí mi alma y dejé salir todo, o eso creyeron.

En realidad, había algo más en mi dolor que no me atreví a contar esa noche y no fue hasta la mañana siguiente, cuando mi esposa notó que seguía afligida, que pude contarle. Durante la noche la hija de mis amigos era el alma de la fiesta, alegre y sin prejuicios se acercaba a todos con cariño. A mí también, pero yo me alejaba de ella porque me sentía una persona indeseable; exageré tanto la distancia, que se sintió rechazada. Yo hice llorar a una niña feliz la noche de Año Nuevo.

Éstas son las consecuencias de discursos como el de #ConMisHijosNoTeMetas y similares, que pretenden que en la diversidad somos personas enfermas, dañiñas, que debemos mantenernos alejados de niños y niñas. Desde lo racional yo podía entender se trataba de prejuicios lamentables y distanciarme, pero inconscientemente me habían permeado, poniéndome a la defensiva incluso frente a mis amigos.

Así es como funcionan: un insulto te resbala, a una agresión te sobrepones, pero con la repetición y al ser parte de la cultura que te envuelve, uno tras otro van sumando y, sin darte cuenta, el peso se acumula y que te va encorvando el alma.

Estas son las vivencias que no se perciben cuando eres parte de esa “normalidad”, que nos dice con cierto desprecio “sensibles” cuando no nos gustan sus bromas; que nos acusan de “censuradores” y “políticamente correctos” cuando promovemos un trato gentil y respeto.

Hacen daño, y mucho.

El miedo de quienes rechazan lo diferente nada tiene de virtuoso. Es un miedo sordo y ciego al dolor ajeno, y que suele camuflarse de convicción para esconder la cobardía de quienes, atrás de un avatar o sobre un bus pretenden heroísmo al luchar contra ese enemigo imaginario al que llaman “ideología de género”.

Cuando recuerdo ese año nuevo siento rabia hacia ellos, algún momento debo haber sentido odio, pero ahora que puedo mirar todo esto desde mayor distancia sé que no debo sentirlo. Las emociones negativas sólo nos aíslan y alejan, lo que necesitamos para avanzar es que nos sientan para que nos dejen de temer y que podamos avanzar juntos desde la empatía.

Espero que lleguemos al momento en que la libertad sea motivo de celebración y así nos demos cuenta que cada proyecto de vida feliz va construyendo Chile y ¿es tan descabellado pensar que con más manos construimos un mejor país?

El miedo también pesa, nos pesa a todos, los invito a dejarlo atrás


Ingeniera industrial y activista en diversidad