En un reciente artículo de la Tercera (27-07-18), el economista Manuel Agosín señala que los bajos salarios en Chile son el resultado de “la baja productividad de la mano de obra”. Por tanto, el esfuerzo de la CUT por exigir aumento de salarios sería puro voluntarismo. Concluye que el único camino para que aumenten los salarios es el crecimiento y programas de capacitación para los trabajadores menos calificados.

Esta visión, fundada en el conservadurismo neoclásico (hoy radicalizado como neoliberalismo), apunta a proteger los intereses de los empresarios contra de los derechos de los trabajadores. Se concibe así a la fuerza de trabajo como una mercancía más, que merece un trato similar al de cualquier otro bien, y se rechaza la intervención colectiva de los sindicatos para aumentar los salarios bajos.

El empleo y el salario no son determinados por la espontaneidad de la oferta y demanda. Siempre existe una relación de fuerza en los mercados, y muy especialmente cuando se trata de la relación entre obreros y patrones. Tanto trabajadores como empresarios tratan de aumentar su fuerza mediante la organización colectiva y, desde luego, la mayor debilidad se encuentra en los primeros.

El mercado de trabajo es una institución social. La venta y compra de fuerza de trabajo no es una simple relación mercantil, sino una relación social, casi siempre desigual entre empresarios y trabajadores. Precisamente por ello los trabajadores se agrupan para negociar colectivamente. Negociar individualmente frente al empresario condena a la superexplotación al trabajador.

Por otra parte, en la economía actual el vínculo entre productividad y salarios se ha perdido, lo que ha llevado a ineludibles controversias teóricas. La verdad no se encuentra en el campo neoliberal.

Cuando imperaban las políticas keynesianas, el poder de negociación de los trabajadores era más elevado, y los salarios crecían en correspondencia con los aumentos de la productividad. Desde comienzos de los años ochenta, con la emergencia del neoliberalismo tanto en EE. UU., en Europa, y el mundo en general, se constata que los salarios se mantienen estancados y el capital se apropia de la mayor parte de los beneficios de las empresas. Además, antes solía suceder que cuando aumentaba el empleo, los salarios promedio también aumentaban; ahora, en cambio, los salarios promedio incluso pueden caer, porque los trabajos nuevos reciben menores remuneraciones.

En la actualidad, al reducirse la remuneración del trabajo respecto de su aporte a la producción, la masa salarial ha perdido peso en favor del excedente bruto empresarial. Y esto es independiente del ritmo de crecimiento económico. Así las cosas, hoy día siempre los rendimientos de la producción favorecen al capital, en desmedro del trabajo. Por ello la concentración del ingreso en favor del capital ha alcanzado niveles inéditos en Chile y en todo el mundo.

Consecuentemente, la interpretación que entrega Agosín sobre salarios y productividad es decimonónica desde el punto de vista teórico y reaccionaria desde el punto de vista social y político.

Son las decisiones colectivas y el poder de mercado, de empresarios y trabajadores, los determinantes de los salarios. Esta es una lucha permanente, y en la actual fase de desarrollo del capitalismo, los empresarios, y sus economistas, están promoviendo agresivamente el debilitamiento de los sindicatos y la flexibilización laboral, con el propósito de reducir los salarios reales. Cuando no lo logran, optan por deslocalizar las empresas para producir en China, Camboya, Vietnam o la India, países con bajos salarios y con escasos derechos de organización sindical.

Finalmente, el crecimiento como política para aumentar los salarios tampoco es muy convincente. Entre 1990 y 2013, cuando más vigorosamente creció la economía chilena, los ingresos de los trabajadores aumentaron a una tasa promedio muy distante del crecimiento de la productividad, incluyendo a los trabajadores de la minería.

Es una realidad mundial -no sólo chilena- que crecer, agrandar la torta, no aumenta necesariamente los salarios, ni tampoco mejora la distribución de los ingresos. En las tres últimas décadas, las ganancias del crecimiento se han concentrado en una pequeña élite mundial, en EE.UU., Europa, América Latina, China, Rusia y por supuesto en Chile.

Por otra parte, la educación formal y la capacitación es un buen camino para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. Pero, para que impacte al conjunto de la sociedad, y eleve los salarios de los trabajadores más pobres, se requiere una modificación estructural de la economía chilena, que la diversifique más allá de la producción de recursos naturales. De otro modo el crecimiento no aumentará la demanda por mayor mano de obra calificada, no habrá espacio para nuevos trabajadores. Al mismo tiempo, ese crecimiento debiera sostenerse en políticas públicas que apunten al mejoramiento de las capacidades productivas de las micro, pequeñas y medianas empresas.

Pero, incluso con mayor crecimiento, mayor calificación de los trabajadores y diversificación productiva el elemento central para el mejoramiento de los salarios sigue siendo la capacidad de negociación de los trabajadores. Por ello aumentar la sindicalización y ampliar la negociación colectiva son clave en la lucha social.

Finalmente, tiene razón Agosín cuando dice que ni los legisladores ni los empresarios son perversos. No son perversos, pero defienden con uñas y dientes sus intereses.

El empresariado no sólo utiliza el mercado cuando defiende lo suyo -su ganancia- sino despliega todos los instrumentos de poder a su disposición: acuerdos monopólicos frente a los consumidores, capacidad de compra frente a las pymes, lobbies sobre los gobiernos e incluso deslocalización industrial. También se apoya en legisladores corruptos para conseguir leyes que los favorezcan y multipliquen sus ganancias.

En suma, la productividad y los salarios no caminan de la mano. Por ello, la lucha sindical para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores no es voluntarismo. Es justicia.


Economista