1.- Entre 1968 y 1969, cuando las calles de París ardían de multitud, el joven egiptólogo Furio Jesi escribía uno de sus trabajos más decisivos: Spartakus. Simbología de la revuelta. En él, Jesi distingue revuelta de revolución a partir de lo que la primera concierne a la “suspensión del tiempo histórico”, a diferencia de la segunda que se compromete exclusivamente en un segundo tiempo que restaura su cronología y conserva su deriva calculante. La revuelta, dirá Jesi, siempre aspira al “pasado mañana” en la medida que en su propio acontecer los insurrectos hacen la experiencia de la sociedad sin clases puesto que ésta se desenvuelve a la luz de las epifanías míticas que pone en juego. En contraste, la revolución se ocupa siempre del “mañana” en sentido cronológico, arguyendo tácticas, estrategias, pasos precisos para alcanzar aquello que la revuelta ha ofrecido epifánicamente.

Pero hay algo más: la experiencia de la revuelta, dirá Jesi, sólo puede desplegarse gracias a dos fuerzas que no dejarán de operar: en primer lugar, que la revuelta pondrá en juego una conexión entre la eternidad del mito y la contingencia histórica, generando así un extraño lugar conformado como “punto de intersección” entre las dos fuerzas heterogéneas; en segundo lugar, que el instante de la revuelta pone en juego un proceso de “desmitologización” –según subraya Jesi- que no consiste en destruir todo mito, sino sólo a los mitos articulados en la simbología capitalista (los “falsos mitos”) poniendo en juego, cada vez, los “mitos genuinos” que no son otra cosa que la experiencia misma de los oprimidos. Se trata de una apuesta por una política de la creación en que se juega la experiencia de un “yo” que ha podido extender sus lazos para apropiarse de la ciudad. Es lo que Jesi denominará la doble sophia: muerte y vida, eternidad y contingencia, mito e historia se anudan en un solo punto de cruce que son los seres humanos en plena insurrección.

Dos fuerzas heterogéneas que jamás se concilian entre sí pero que no dejan de amarse intempestivamente en la intensidad de una revuelta, atraviesan los cuerpos y les impregnan de su potencia imaginal. Con la doble sophia, los muertos de antaño y los luchadores del presente se conectan en este extraño circuito abierto por la insurrección en la que tendrá lugar un intercambio “mítico” en que pasado y presente se transfiguran radicalmente. Los asfaltos de las calles, los lienzos, grafittis, canciones y poemas alguna vez proclamados, vuelven ahora, bajo otros registros, en una coreografía de la repetición como verdadero tempo por el que vive y agoniza una revuelta.

2.- Ahed Tamimi ha sido liberada. Después de 8 meses en prisión por golpear a un militar israelí, la joven de 17 años ha vuelto a Cisjordania entre la algarabía de la multitud. Vestida con un kuffiye –signo de la resistencia palestina- señaló a los medios: “Estoy feliz, pero estaré más feliz cuando todas las mujeres palestinas sean liberadas de las cárceles de la ocupación israelí.” Ahed Tamimi no tiene miedo. Este se ha diseminado entre el fervor de la multitud palestina que, desde Gaza y Cisjordania, no ha hecho mas que protestar contra las condiciones implantadas por la colonización sionista.

Se trate del bloqueo de Gaza, de la ocupación de Cisjordania o, ahora de la ley “Estado-Nación” que, estipula que Jerusalem es la capital de Israel, que éste es sólo un país para “judíos” y que la lengua es exclusivamente el “hebreo”, viene a hacer de iuris lo que hace 70 años el “racismo de Estado” israelí ha realizado de facto, Tamimi –ella misma una joven de 17 años apenas- que sufre la cárcel por 8 meses por haber golpeado a un militar (nótese: una niña golpea a un militar) vincula su situación inmediatamente a la situación política general.

No se trató de un encarcelamiento “normal” (si algo así pudiera existir), sino de una operación que muestra la violencia de la colonización en el que una niña –no un niño, o un joven masculino- pudo desafiar la estructura de la simbología israelí al abofetear al soldado. Su gesto desmitologizó al colonizador, mostrándole frágil, débil, vulnerable: ¿cómo el golpe de una niña pudo desatar la reacción israelí sino es porque ese pequeño golpe exhibía que tras los tanques, la prepotencia y el racismo no hay mas nada ni nadie, que el poder no es más que un simulacro que funciona en la misma superficie de los cuerpos?

En tal gesto, la voz de Tamimi ofrece recordar. No sólo a los miles de caídos durante todo lo que ha significado la Nakba, sino también, a las mujeres palestinas con las que ella misma compartió en la cárcel: su felicidad no se agota en su individualidad. Se extiende hacia y con los cuerpos de las demás que han sido abandonadas al olvido, a una simple estadística de NNUU o una anécdota con la que Israel siempre podrá reivindicar su supuesto derecho a “defensa” que, como sabemos (como Tamimi mostró) no es más que la arbitrariedad de una violencia colonial que, como ha mostrado Mbembe, funciona por el “(…) encadenamiento de poderes múltiples: “disciplinario, biopolítico y necropolítico”. Tamimi ha traído la voz de la insurrección, el compás sobre el cual ha girado todo el acontecer en Palestina durante este año: las protestas, la insumisión, la resistencia frente a un asedio constante, permanente que va desde la esquizoide inauguración de la embajada de los EEUU en Jerusalem Este donde los rubios occidentales yacían de un lado y los morenos palestinos morían del otro, hasta la exigencia por desbloquear Gaza y el derecho al retorno de miles y miles de Palestinos.

Ahed Tamimi es una epifanía, un símbolo de la resistencia que “repite” a la mítica Leyla Khaled (guerrillera palestina de los años 70) y a las miles de mujeres que diariamente impugnan al asedio israelí y, sobre todo, a quienes siguen encarceladas (incluso en condiciones de “detención automática”) y seguirán por mucho tiempo en un contexto de excepcionalidad permanente del derecho. Tamimi les es fiel, precisamente por diferenciarse de ellas, por traer consigo una singularidad irreductible a cualquier “ideal” del revolucionario que, en la actual escena espectacular, no puede más que volverse “cliché”. En Ahed Tamimi tiene lugar una repetición de la diferencia, un otra vez lo nuevo, el comienzo de una vía de resistencia inédita y posible. En cuanto epifanía, ella intensifica la lucha, la cataliza, le da el rostro a la sequedad de un muro, y ofrece voz a un sitio que ha sido ahogado en el silencio. Ahed Tamimi disloca los 70 años de Nakba y ofrece lo único decisivo para todos aquellos que ya nada esperan: un presente.


Académico, Universidad de Chile