Ni maricón, ni mariquita, ni cola ni torcido, ni hueco ni enfermo; más bien  todo lo anterior, como si fuese la banda sonora de mis días, como ese rasgueo de tráfico frenético de carreteras que raspa el oído en las noches de la urbe; como mantra tortuoso de metralletas en guerra. Como gargajo sagrado que rechaza la diferencia en tierras canonizadas, artificialmente éticas y justas…

Cada una de esas palabras resuena aún con la voz aguzada e intimidante del terco de turno, de la cuadrilla de machos ignorantes de la vereda, de la convención del cotilleo de viejas sin nada más que hacer que idolatrar a la animadora de turno, la del vozarrón fascista imposible de suprimir en el parlante derechista de las mañanas televisivas, por supuesto después de entregar su receta siniestra de cómo convertirse en ciudadano con “alturas de mira”.

Sí, todo lo anterior convive en mi mente, favorecido por el chauvinismo ancestral y la homofobia bullanguera de iglesias y estados. Todo en un discurso extendido que más tiene de obcecación que analfabetismo. Más parece la pataleta de un montón de dioses malcriados, enmarcados en una contienda totalitaria de cristiandad y muy lejos de aquel dios justo que alguna vez concebí y pensé que letrados distinguidos y pastores impecables predicaban espumosos en plazas, ermitas  y púlpitos. Sí, todo. Y mi propósito de ser feliz.

Y entonces me despierto.Y entonces me levanto. Y antes de mirar el clarear de la calle por la ventana, corro a los espejos esperando  que todo sea un mal sueño o, no sé, una premonición frustrada de alguna gitana desaliñada de parques deshidratados o la hechicería de algún familiar turbado. Pero no. Entre miles y millones de seres aparentemente tranquilos, emerge cada mañana mi existencia aterradora, mi vida de encierro, de prisión, susurros y socorros. Busco mis pechos ausentes delante y detrás de mis costillas, detesto esta lija impositiva que se asoma en mi cara y no soy yo la que está allí, es una representación, una errata de la naturaleza, un grito que nadie escucha, una prosa en la que nadie como yo, está descrita; una consigna religiosa que me exilia a perpetuidad a yacer entre fogones burbujeantes de lava homicida. Soy yo, existiendo, en los ojos, en la boca, en la mirada y en la estructura ósea del otro. Es la transexualidad maldecida e incomprendida, el tránsito doloroso en un país burlón y castrador. Soy yo.

Soy el muchachito raro que va a buscar el pan, el flaquito singular de pelo amujerado forzado a llevar pantalones y zapatillas de hombre  para patear la tierra de la pobla hasta perderse en el huracán de polvo y chismorreo de mediodía: ¡Habla como hombre, huevón! ¡Camina como hombre, maricón! Actúa como hombre, respira como hombre…

La carrera a la panadería debe ser rápida. Salir de casa temprano por la mañana, que es la hora en que los enemigos duermen la borrachera y las fisgonas parroquianas no salen, porque las viejas de mierda están chasconas, hediondas y sin maquillaje. Al llegar al mostrador,  agravar la voz para  que la transacción sea rauda y no haya comprador que note mi presencia. Cuatro colizas, dos marraquetas, una margarina y algo de mortadela. Los desayunos sencillos no necesitan sofisticaciones, sólo lo esencial, porque las frutas son prohibidas en la economía endeble de obreros como mis padres, prohibidas, como mis miradas al hijo del panadero, al primo de Jana o al nuevo integrante de la patota bruta quien se encargará, al igual que su predecesor, de los escarmientos a todo aquel que ose no respetar los juramentos éticos de fidelidad en la pandilla.

El Flaco había crecido y lideraba -porque era su turno-  a los nuevos socios de aquella edificación enclenque en la que vivíamos. Tenía fama de fiel con los suyos y defensor, con machete y molotov,  de los habitantes de la zona cuando el zorrillo institucional pasaba a mearse encima mostrando su supremacía prepotente. El Flaco podía ser despiadado, poderoso y ejecutivo a la vez. Llegó a ser tan famoso y temido que su muerte, años más tarde, impactó enormemente provocando en el lugar una sensación, inevitable, de abandono y orfandad. Hasta el día de hoy, aseguran algunos, su espíritu deambula por donde haya mocha, borrachera, pugilato sangrante y matanzas. Y a veces detiene su vuelo expiatorio sobre  alguna mariquita nostálgica que acomoda flores y enciende velas en su animita de balas y cuchillos.

Aquí va el niño-niña a buscar el desayuno. Rápido, con el terreno estudiado milímetro a milímetro por si la patota se la quiere engrupir. Conozco los escondites como la palma de mi mano, recurro a ellos toda vez que, a cualquier hora,  la garra impositora ambicione ultrajar mi cuerpo y homenajearse con un festín permitido históricamente en este continente. Muy sencillo les resulta a los fulanos: primero la risa, la buena onda hasta cercar a la presa. Después la burla, el empujón y el golpe. La amenaza estudiada, la curiosidad aplastante de mirar, tocar y oler hasta darse cuenta que el marciano del que todos hablaban no era más que una niña de carne y hueso intentando escapar del terror, del mordisco y las patadas de los poderosos, presentándose indefensa con ese cuerpo aún sin definición pero con mechas, huesos y culo suficientemente expuestos para el flagelo del perengano que se nutre del chiste chileno que más hace llorar que reír. Sucumbir. Siempre sucumbir. Esa es la estrategia; dejar que terminen con su vaivén duro y vital hasta abandonar mis carnes terrosas en medio de cualquier cancha nocturna y dejarles escapar de la barbarie como hienas satisfechas después de chupetear hasta el último hueso de su cacha planteada. Mientras, yo gateo sangrante hasta mi casa, aún en construcción, recogiendo mis carnes una a una para coserlas más tarde entre algodones, gasas, oxigenación, lágrimas y boleros…

Y así toda la vida. Así contamos la historia todavía. Día tras día, cual happening – absolutista que se repetía domingo a domingo sin que importara qué mierda pasaba fuera de la tele.

Mejor pasar piola, dejando que el pelambre se lo lleve el río. Piolita se puede terminar cuarto medio. Y piolita se puede engañar a los profesores pacatos con su repetido consejo cutre de sueño americano y estudios superiores. Jamás me interesó lo de llegar a ser alguien y eso de saborear el triunfo. ¿Para qué si  hasta ahora no llego ni a la mitad de lo que quisiera ser? ¿Por qué ser alguien en la vida,  si no lo soy para los gobiernos, ni tampoco para muchas instituciones mimadas de este país tan raro e incompleto, como incompletas son mis tímidas tetas emergentes…?

Sí. Soy Daniela, aunque usted insista – cruz y tradición en mano- en llamarme Daniel.

Miro el universo sin las funciones de esposa y madre, pero con el mismo coraje que cualquier ser humano; no quiero ser la mujer de un hombre, ni la femme fatal de los cuentos absurdos, ni el objeto preciado de charlas arrogantes acerca del rol que debemos ocupar en este mundo. Soy Daniela y renuncio a darte explicaciones, sencillamente porque presiento que tu doctrina religiosa te impide  pensar por ti mismo, y es, desde ese momento, que se hace imposible un debate entre tú y nosotras que somos muchas.

Levantarme cada mañana y mirar los espejos en lugar de las ventanas. Iniciar el día pidiéndome paciencia y valentía. Desordenar mis cabellos como lo más generoso de mi cuerpo; dejarlo crecer me anima a la jugarreta de coquetear entre el maquillaje y la lucha continua contra aquella barba que insiste, que empuja y expulsa hacia afuera la realidad de mi contextura. Sí, soy una chica encarcelada en este cuerpo que no me concierne. Soy dos a la vez, mente y carne; mente que ejercita su derecho de explayarse con el paso femenino y sueña con las bondades, si a estas alturas las hay, de ser mujer y no morir sacrificada por los bienaventurados. Pero vivo en Chile, este pedazo del planeta que ha crecido entre dictaduras, desmemoria, pacatería y falta de respeto. Un país que de tanto intentar llegar a la evolución, aún cuenta con vestigios de santurronería y catequesis caducas, defendidas y profesadas en muchas regiones, mientras el mundo avanza, abrumado, a la velocidad de la tecnología.

Soy una niña que tuvo que saltarse todo para llegar a ser mujer  a medias en una transición que jode, molesta, sorprende, pero sobre todo cansa. Cansa tanto como vivir en este cuerpo.

Ni maricón, ni mariquita ni torcido; no. Sencillamente mujer. Mujer  a la espera… A la espera de algún guiño lunático en mis noches de insomnio.

Mirar fijamente la luna con los codos en la ventana, sin más luz que la del astro, es un ejercicio dotado de impaciencia y resentimiento. Mirar pasar a los demás mientras yo sigo en la cola nacional, es la primera clavada tenebrosa de este país que no reconoce mi existencia ciudadana. Mirar la noche desde la ventana es recordar, a veces, cosas importantes…

Esa noche, el nuevo integrante de la patota se cruzó conmigo en el camino de vuelta a casa, haciéndome pensar en la muerte cerca del parque: apedreada, maniatada, ultrajada y desmantelada. Como suele pasarles a las mujeres que sobran en esta sociedad, más aún si el travestismo, el transexualismo y el trabajo sexual están asociados a la única opción para sobrevivir que muchas y muchos tienen. Pero no fue el caso esa noche. El Flaco se acercó, decidido, siguiendo mis pasos. Mientras yo temblaba esperando se repitiera lo de tantas noches. Pero sonrió. Sonrió con aquella expansión de felicidad en sus ojos que hasta el día de hoy rememoro. Y yo no estoy acostumbrada a que me sonrían… Sonrió con aquellas cejas arqueadas que iluminaban su cara de obrero hasta el punto de ver en sus pupilas la maleza seca de las esquinas, las puertas desgastadas de cada casa, el cableado amenazante de la calle, la luz frágil de la noche, el salario escaso y miserable de cualquier currante y las letrinas donde mi país viene a defecar sus desechos y contradicciones. Pude ver todo en ese instante: sus órdenes, su organización, su pasta de líder y su capacidad para constituir sin chistar y sin siquiera preguntar opiniones. En esa mirada estaba la playa, la luna, las estrellas de mar, los abrazos, la música, la taza de té; en fin, la fiesta en paz, la supervivencia y un poco de amor.

Aquella noche sofocante nos desvistió ligeros y sin prejuicios. Me ayudó a sacarme los pantalones y la camiseta. La oscuridad del parque dejaba filtrar  los fulgores plateados de la luna. Sus labios estaban sedosos y calurosos. Sus ojos abiertos iluminaban mis temblores. Y el resuello adulto nos confundió un poco al principio, pero no impidió que aquella entrega clandestina de curiosidad, amor, o ve tú a saber qué, se nos regalase como el trance más imborrable de nuestras vidas. Abrimos nuestros ojos y nos internamos dentro del otro, serenos. Extendimos nuestros brazos y piernas mansas y nos tragoneamos en ese confinamiento innecesariamente creado por las doctrinas y la usanza. Nada importaba más que esta pequeña historia que duraría lo que debía durar. Nos tragamos vivos, nos untamos de besos, espiando lo que, tal vez, cuando niños, no supimos. Indagamos y curioseamos en el interior del otro como cualquier letrado lingüístico. Nuestras páginas de huachos pobres se volaban con el viento para reescribir nuestro primer amor con los cuerpos pegajosos del éxtasis mariquita y su pócima de amor puro detonando en mi intrínseca composición de hembra. Camuflados en terrenos mercantilizados y aún militarizados de esta patria inacabada.

-Repíteme tu nombre -me dijo

-¿Cuál quieres? ¿Daniel o Daniela?

– Daniela -susurró- He besado a Daniela. Y Daniela me ha devuelto sus besos.


Actor, director y dramaturgo teatral.