Crecí en una familia donde mi abuelo paterno fue torturado al interior del buque “Lebu, propiedad del extinto Ricardo Claro, con mi abuelo por parte de mamá siempre en estado de sospecha, con allanamientos que, de no ser por la buena voluntad de algún conscripto que no informó a su superior de los panfletos que apoyaban la UP o a Salvador Allende, no fue tomada detenida y quizás desaparecida. Tengo familia exiliada que por años guardó silencio, producto del terror que les producía el volver a pasar por lo mismo. Y por lo antes descrito es que me produce indignación cuando me dicen “pero si tu ni nacías, qué tienes que andar alegando” ya que no necesité vivir los 17 años de terror de una de las dictaduras más sangrientas de la historia latinoamericana para saber  todo el dolor producido, toda la frustración y desesperanza.

Sorprende saber que aún en el año 2018 haya quienes desconozcan y hasta justifiquen las atrocidades cometidas por compatriotas, que fueron capaces de tomar las armas y dispararle a su vecino, a su compañero de colegio y hasta a su familiar.

Indigna ver cómo el poder Judicial, alentado por “el cumplimiento de las promesas de campaña hechas a la familia militar” por parte del ejecutivo comienza un proceso de “indultos solapados”, invisibilizando, una vez más el dolor de quienes perdieron a un ser querido y hasta el día de hoy no logran saber de su paradero. Indigna también el que un grupo de la elite chilena, que hace gárgaras contra el aborto y se declaran a sí mismos “pro vida”, no tenga problema en estrechar la mano de quien piloteó un helicóptero Puma, lanzando cuerpos de compatriotas atados a rieles de tren para que nunca más se supiera de su paradero.

Pero no podemos quedarnos solo en la indignación, debemos levantarnos y no permitir que esta aberración judicial siga adelante, somos nosotros las y los llamados a no permitir “perdonazo” alguno a quienes no dudaron en hacer desaparecer a quienes pensaban distinto, a quienes cuestionaron su sistema de privilegios y quisieron una sociedad más digna, a ese campesino que fue beneficiado con la reforma agraria, a ese minero que se sintió orgulloso de trabajar el cobre porque era de todos nosotros, a esa mujer que por primera vez pudo tener un litro de leche diario para sus hijas e hijos, para esas pobladoras que llegaron a Las Condes, antes de que a Lavín se le ocurriera dárselas de progre y hacer un mínimo gesto de integración y dignidad, y fueron expulsadas apenas el dictador tocó La Moneda. Por todas ellas y ellos es que no podemos quedarnos callados, debemos impulsar desde las bases un trabajo legislativo para que nunca más culpables de crímenes de lesa humanidad sea “beneficiado” sobre todo sabiendo que no existe arrepentimiento alguno o empatía con las y los familiares de las víctimas de sus crímenes, por eso es que debemos también levantar la voz y gritar más fuerte que nunca NINGÚN GENOCIDA LIBRE POR LAS CALLES DE CHILE.