Un día de agosto mi hija me preguntó cuándo era el día de la niña, luego de escuchar la publicidad que se refería al “día del niño”, asumiendo que ella debía subsumirse en ese genérico que en realidad no entendía a sus cinco años.

Ha pasado casi una década desde ese episodio y la publicidad sigue hablando de “niños”, no acusando recibo de las transformaciones sociales que cada día evidencian más que la diferenciación arbitraria y estereotipada entre niños y niñas es discriminación, y que la discriminación siempre es violenta. La misma publicidad que por estos días asombra por mantener imágenes diferenciadas para las “niñas-cocineras-rosadas” y los “niños-campeones-celestes”.

Como si el mayo feminista no hubiera existido, ni las tomas universitarias y secundarias denunciando la educación sexista y los abusos sexuales, ni las masivas marchas en contra de la violencia en todo el país.

Estas publicidades en que las niñas tienen varias opciones de cocinas, mientras los niños juegan con microscopios y sistemas solares, están lejos de ser inocentes. Son parte fundante de un sistema que nos enseña -a través de la educación sexista- que somos diferentes porque así nacimos y nada podemos hacer más que acatar.

Que naturalmente las niñas son más suaves y querrán ser madres, y los niños son fuertes y protectores. Que naturalmente ellas son emocionales y menos inteligentes, y ellos racionales y con mayor capacidad para dirigir. Que naturalmente los niños se convertirán en hombres controladores y violentos si realmente aman a sus parejas. Y que naturalmente las niñas serán mujeres sumisas que por amor soportarán los peores tratos y perdonarán una y otra vez incluso a costa de sus propias vidas.

La publicidad sexista es parte de un sistema que nos educa no sólo para ser diferentes, sino para asumir que esa diferencia implica desigualdades contra las que nada podemos hacer. Y ese tipo de creencias discriminatorias y que violan los derechos de la niñez y de las mujeres y todas las personas que no calzan en esta lógica impuesta -lesbianas, gays, trans- es el origen de las más graves violencias contra quienes se salen de estos marcos en los que nos fuerzan a ingresar.

La violencia que vivimos las mujeres y niñas y que va desde el abuso sexual en la infancia, la violencia en el pololeo basada en el amor romántico en la adolescencia, los acosos sexuales en los establecimientos educacionales y los trabajos en al adultez, la imposibilidad de decidir sobre nuestras maternidades y los femicidios cada vez más brutales, son todas facetas diferentes que se originan en una sociedad violenta que nos enseña a normalizar esa brutalidad con la que nos moldean y nos castigan cada vez que nos salimos de la norma.

Por eso la educación feminista es una respuesta que ataca el problema de raíz, una educación que entienda que pueden haber niñas que sueñen con ser científicas y niños que sueñen con criar, que acompañe con cariño la niñez trans, que respete las expresiones que se salgan de la norma, que ofrezca toda la gama de colores posibles para que cada quien busque su propio camino hacia la felicidad sin reglas que nos digan cómo vestirnos, qué juguetes usar, qué trabajos podemos tener o de quién está bien o no enamorarnos.

Las múltiples violencias basadas en la discriminación de sexo y de género que vivimos en esta sociedad pueden castigarse, pero sólo se acabarán cuando seamos capaces de educar personas que desde sus infancias más tiernas respeten a las demás en todas sus diversidades, y entiendan que no nacemos predestinados, sino que podemos ir construyendo nuestras propias vidas, buscando con libertad y siendo respetados en esas búsquedas.


Instituto de la Mujer