2016 fue el año en que por fín logré acumular valor para poner en palabras lo que sentía y, por fin, le dije a mi esposa: “Tal vez soy transgénero”. Ese “tal vez” no era por dudar respecto a lo que sentía, sino por miedo a no poder enfrentar lo que fuera que seguía.

¿Cómo enfrentas un cambio de esta magnitud?

Quien toma este camino descubre la profundidad de la marca cultural en tantas actitudes y conductas que vivimos como “naturales”.

Yo sabía moverme en el mundo, hacer amigos, trabajar en equipo, conocía los códigos de las relaciones profesionales y sociales, el lenguaje corporal, las palabras que debía usar y su tono. En general, sabía todo lo que la gente esperaba de mí, llevaba décadas de experiencia cumpliendo sus expectativas… como hombre.

Pero el cambio de género implicaba cambio de expectativas y yo no tenía libreto para responderlas: ¿cómo se hace para ser amiga? ¿cómo expreso cariño? ¿cuáles son las características de un liderazgo femenino? Yo había hecho un esfuerzo consciente por alejarme de cualquier comportamiento “sospechoso” para no revelar lo que escondía, sabía que la imagen que proyectaba no era la mía, pero desconocía cómo ser yo misma y expresar mi identidad de una forma en que pudieran entenderme tras una vida en negación estaba perdida, así que inicié el camino para buscarme, pero sobre todo, para quererme.

Al pensar en cambios –esos que definen un antes y un después–, nos vienen a la mente eventos decisivos que transformaron a alguien, un instante épico de redención o una revolución que cambió a una sociedad. Pero mi experiencia en reingeniería me enseñó a pensar en procesos, antes que en hitos.

Cuando aprendemos a caminar, nuestros primeros pasos son torpes y yo era consciente de lo incipiente de mi proceso, pero jamás imaginé que regresaría a mi etapa escolar. La primera vez que fui a un grupo trans sentí los nervios e incomodidad del primer día de clases; rodeada de gente que no conocía, con la que no sabía relacionarme, no sabía qué esperaban de mí, no lograba conectarme con lo que relataban y me generaba una cierta angustia adolescente no poder distinguir si lo que yo decía era vergonzoso o me dificultaría hacer amigos. Pero sobre todo, me avergonzaba de mí porque, como ocurre mientras crecemos ¿qué muestras de tí cuando no sabes quién eres?

Afortunadamente no me detuve, me buscaba en todas partes, invertía energía, emociones en encontrarme y así, tímidamente, comenzó a mostrarse Alessia y, mientras la iba conociendo, me enamoraba.

Me metí también a clases de baile girly y claro, era el único “hombre” de la clase. En los primeros tiempos no podía mirarme al espejo no tanto porque bailara mal, sino porque me daba miedo verme haciendo cosas “femeninas”. Estaba desafiando a mis padres y me llenaba de culpa.

Poco a poco mis pasos tímidos y avergonzados fueron ganando firmeza. Logré mirarme a los ojos mientras bailaba para luego aprender a sonreírme, aprendí a quererme, dejarme querer y así fue como hice amigas. Pero, al mismo tiempo, me iba olvidando de alguien: Alejandro se desvanecía.

Mi camino llegó a una bifurcación ineludible. Por un lado estaba el de Alejandro, aquel profesional con un futuro económico seguro, el padre amoroso, el abuelo sabio que alguna vez imaginé que sería mientras envejecía junto a mi esposa, en una línea de tiempo que cumplía todo lo que la sociedad esperaba de alguien con mi biología. El otro sendero conducía a Alessia, un futuro incierto en todas y cada una de las cosas que valoraba, pero auténtico.

Alejandro estaba muriendo. Al darme cuenta lloré por los años en que Alessia no pudo vivir, por esa infancia que no jugué, por la adolescencia que no bailé,  por el grupo de amigas del que no fui parte; pero sobre todo, lloré porque me obligaron a darle vida  y me tocaba matarlo junto con sus sueños y esperanzas. Y el duelo no era sólo mío.

Estaba tan abrumada recorriendo mi vida, imaginando todo lo que dejaría de ser y no vi la injusticia que se estaba cometiendo: la muerte de Alejandro no sólo me dolía a mí, también a mi esposa Cossete.

Ella se enamoró de ese chico algo tímido, medio chistoso, responsable, sincero y muy cariñoso; se enamoró de su mirada, de sus gestos, de su carácter, de la forma en que se relacionaba con el mundo. Ella no sólo tenía que ver morir a quien amaba, sino que me estaba ayudando en ese proceso. No sólo morían los sueños de Alejandro, sino los que Cossete había construido con él ¿podrá alguna vez perdonármelo?

Un cambio no es sólo lo que ganas, sino también lo que debes dejar atrás.

Cuando pienso en Alejandro siento nostalgia por ese amigo qué ya no volveré a ver: ya no sabré de los amigos con los que bromeaba, de los logros profesionales que lo llenaban de orgullo, ni del amor con Cossete que le daba sentido a su vida. Me duele que las cosas hayan tenido que ser así, a la vez que me consuela saber que estaría orgulloso de mí.

El 3 de julio del 2017 le conté a todos mis compañeros de trabajo que soy trans, que soy Alessia. Ese día Alejandro se terminó de despedir entre los aplausos y abrazos de sus amigos. Llegando a la casa, a las cinco de la tarde, agotado de tanto luchar, se quedó dormido.


Ingeniera industrial y activista en diversidad