Cuando Joaquín Lavín era alcalde de Las Condes en la década de los noventa, le solicitó a la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica un informe para autorizar la demolición de los bloques de la villa. En dicho documento, la casa de estudios estipularía como pertinente la demolición de los edificios. “Eso me llegó hasta los tuétanos, les dije. Firmaste con una mano el crimen de lo que ha hecho tu otra mano”, dice Lawner.

La demolición de la villa sería un episodio que tendría lugar décadas más tarde, en un Chile que había cambiado mucho desde aquellos años en que los primeros habitantes de la villa recibían sus casas en medio de fogatas nocturnas en las que quemaban los enseres propios de los campamentos, que ya no necesitarían más. Y aunque luego del golpe militar la Villa San Luis resistió un par de años con sus habitantes originales, en los albores de ese periodo ya se podía intuir el futuro del proyecto, siendo éste nada más que el prólogo de una historia que recién comenzaba a escribirse.

Cerca del mediodía del 15 de julio, el entonces alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín, se disponía a subir sobre una máquina retroexcavadora con el objeto de dar inicio a la demolición de los edificios desocupados de la Villa San Luis. La demolición permitiría la construcción del megaproyecto inmobiliario Nueva Las Condes, un centro integral de negocios, con una inversión original de 800 millones de dólares de la Inmobiliaria Parque San Luis.

“Para la demolición nos encontrábamos ahí. Había dos grupos, uno de ex militares que no quería irse, y el grupo de los pobladores. Ahí nos encontramos con Patricio Herman de Defendamos la Ciudad, con Luis Mariano Rendón… porque todos estábamos pendientes de que se estaba destruyendo un proyecto de integración social. Según Lavín, su comuna necesitaba crecer en altura, y el proyecto Nueva Las Condes le hablaba de parques, de Starbucks, de restaurantes, de oficinas de lujo, de hoteles”, recuerda José Miguel Serrano, quien fuera uno de los abogados de los ex pobladores de la villa.

Con el alcalde Lavín encaramado en una retroexcavadora, las cámaras de televisión, los periodistas, ex habitantes del lugar y líderes de organizaciones sociales, así como algunos curiosos, serían testigos de la firmeza de los muros de las viviendas que, esquivos frente a los esfuerzos de Lavín y el brazo mecánico que manejaba, permanecieron en pie, porfiados, incluso luego que los obreros hubieran desguazado el grueso del primer block.

Lavín “hizo el ridículo ahí. Ojalá las casas Copeva hubieran tenido la calidad que tenían éstas. Han tenido que demoler mil departamentos Copeva por estar mal hechos. Aquí se demolió un precioso patrimonio del Estado de Chile, construcciones muy bien hechas, sólidas, sólo por discriminación social, por no aceptar que pudieran estar los pobres de este país viviendo en ese lugar”, recuerda Miguel Lawner.

Un Lavín un tanto sonrojado por la resistencia de los muros, dio paso a la detonación de explosivos que permitieran el derrumbe de la estructura. Los edificios tenían poco más de 25 años de antigüedad y le habían hecho frente al abandono, a los temporales y al terremoto de 1985.

Con combos de acero se botaron los últimos escombros dejados por la detonación. Ahí recién, Lavín, montado nuevamente en la retroexcavadora, pudo remover algo de lo destruido.

“A mí lo que más me duele es la inconsecuencia de los gobiernos democráticos. Haber demolido eso es un atentado gravísimo a los intereses del Estado Nacional, y lo hicieron los mismos que construyeron esa mierda allá en los Bajos de Mena, que ha habido que demoler posteriormente”, reflexiona Lawner.

Mónica Oliva, hija de Violeta Aguayo y sobrina de un ex poblador que luego de los desalojos fue enviado a San Joaquín, no olvida el momento en que su madre se enteró de lo que sucedía en la villa.

“Cuando se desató el boom fue cuando el primer block se demolió. Mi tío llamó a mi mamá para preguntarle si estaba viendo la tele, porque Joaquín Lavín estaba saliendo en la tele con el casquito blanco, con una de esas grúas con bolas demoliendo. ‘Sí, lo estoy viendo, están demoliendo el departamento’ -le dijo mi mamá-, ‘pero esto no se va a quedar así’”, describe Mónica Oliva.

En medio de todo el ajetreo y el polvo que levantaba el hormigón recién demolido, Joaquín Lavín debió enfrentarse a un grupo de personas que se había reunido en el lugar para defender lo que alguna vez les había pertenecido, una construcción que guardaba entre sus paredes y espacios comunes historias de alegría y de dolor.

“Estábamos allá y le fuimos a hablar con buenas palabras, a preguntarle qué solución nos podría dar él. Los departamentos no los usaron nunca, echaban a correr las llaves de agua para que se fuera disolviendo el cemento, porque ocuparon una parte de los departamentos no más, y los demás no. Y él llegó y nos mandó a los carabineros mientras salía por la otra puerta”, recuerda Jobita Sandoval, ex pobladora de la villa, que presenció en vivo la destrucción del sector que antes había sido su hogar.

(Extracto del capítulo Justicia en deuda)

 

 


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