El Colegio de Profesores convocó a los y las docentes del país a desarrollar movilizaciones ascendentes en vista de las insuficientes respuestas dadas por el actual gobierno frente a un conjunto de demandas que forman parte del Petitorio Nacional. Este, si bien es deficiente en algunos aspectos, por ejemplo al desconocer la necesidad de desarrollar una educación no sexista, sí es representativo de demandas sentidas al interior del profesorado. Las primeras acciones se ejecutarán mañana miércoles 8 de Agosto en el marco de una jornada de protesta que incluirá actos de difusión y visibilización de nuestros reclamos.

La última consulta nacional fue decidora en relación a la disconformidad de las bases docentes a lo largo de todo el territorio. Se realizó en 245 de las 347 comunas del país, participaron casi 40.000 maestros de todo Chile y el 79,69% de ellos respaldó el Petitorio levantado por el Colegio de Profesores, mientras que el 87,3% rechazó la respuesta del MINEDUC ofrecida al profesorado. Tales resultados expresan que las razones para movilizarse están plenamente vigentes. El sistema debe cambiar y debe considerarnos como sujetos de decisión y de transformación, no solo en la sala de clases, sino también a nivel sistémico. Los profesores/as seguimos sintiendo -a nuestra vista y en nuestros cuerpos- cómo se expresa el agobio docente, ese que nos tiene trabajando en nuestras casas y preocupándonos de cumplir con tareas administrativas que terminan compitiendo con el tiempo más importante de la tarea docente: es el destinado a preparar, crear, pensar y repensar las clases que nos permitan cambiar la realidad de miles de niños y jóvenes.

Podríamos enumerar las demandas que conforman el petitorio del Colegio de Profesores o replicar las notorias ausencias en la respuesta desarrollada ante este petitorio por parte del actual gobierno, sin embargo, nos parece más relevante enfocar el debate en otros dos sentidos. Por una parte, en el rol de los docentes dentro de la construcción de las políticas educativas y, por otra, en la necesidad de pensar estas demandas dentro del marco de una estrategia de transformación.

Desde el mundo docente hemos repetido en múltiples ocasiones, durante el último lustro, una consigna sencilla, pero fundamental para entender las distintas movilizaciones que se han expresado desde nuestro gremio: #NuncaMásSinLosProfes, como expresión de un descontento que trasciende una política específica.

Ha sido una política de Estado la exclusión de las y los profesores del debate educativo y así, sin las y los profesores, por ejemplo, se aprobó en el gobierno anterior la desmunicipalización y la Carrera Docente. La desmunicipalización –al descafeinado estilo de la Nueva Mayoría-  se tradujo en la intensificación de  las formas privatizadoras de entender y manejar lo público, no terminó con el financiamiento vía voucher y mantuvo una relación de competencia entre las escuelas públicas y privadas en las que no se advierten mecanismos efectivos para hacer crecer la matrícula pública. La Carrera Docente, por su parte, frente a la que nos movilizamos durante meses para proponer mejorar las condiciones de base para docentes y estudiantes, en dirección a recuperar la educación pública, se caracterizó por el desarrollo de una evaluación insuficiente, con clara lejanía de nuestras prácticas diarias en aula y por la ausencia de mejoras significativas en las condiciones en las que desarrollamos nuestra labor profesional.

Mientras que la política de Estado se ha caracterizado por no prestar atención a los actores centrales del proceso educativo, las y los profesores seguimos atendiendo apoderados y estudiantes, construyendo instrumentos de evaluación, pensando en las innovaciones pedagógicas, evaluando formas de mejorar nuestras prácticas de enseñanza, haciendo planificaciones, teniendo reuniones con nuestras jefaturas –dirección, UTP, Convivencia Escolar- y llenando cuanto papel llegue a nuestras manos. Estamos inmersos en la amarga práctica de este Estado que mide a las escuelas, a los/as estudiantes y a los/as docentes, pero que sigue sin hacerse cargo de la educación, acomodándose en este rol evaluador, en el que los estándares, los papeleos y el control son la regla.

Mientras el Estado no tome un rol central en garantizar el derecho a la educación, seguiremos  enfrentados a una situación curricular en la que el saber de enciclopedia y el exceso de contenidos tienda a mantenerse, pese al supuesto enfoque en habilidades al que suelen referirse los (supuestos) expertos en educación. Asimismo, seguiremos viendo con impotencia cómo los gobernantes esperan a que pase el tiempo para que algún día ya nadie reclame por la deuda histórica.

Como vemos, hay razones suficientes para creer que movilizarse tiene sentido. Sin embargo, es importante también reconocer que nos movemos en un escenario poco favorable políticamente, ya que el actual presidente no tiene un real interés en mejorar las condiciones de los/as docentes y, seamos claros, la educación pública no ha sido un elemento prioritario para su sector. No podemos esperar de los enemigos de la educación pública, de los mismos que dedicaron sus esfuerzos a desarmar el derecho a la educación y el rol del Estado como garante del mismo, que hagan esfuerzos contrarios a su disposición histórica.

En vista de lo anterior, solo nos queda fortalecer nuestras organizaciones y reconocer la necesidad de una estrategia de largo aliento por parte de los sectores del profesorado que pretendemos  transformaciones sustantivas en nuestras condiciones laborales y en el sistema educativo. Resulta necesario articular las demandas dentro de una proyección en la que consigamos avances que nos permitan avanzar hacia otros. Dicho de manera simple, resulta obvio que el gobierno no responderá afirmativamente a nuestro petitorio, pero el aumento de las horas destinadas a trabajo pedagógico fuera del aula es central, como también lo es nuestra estabilidad laboral. Debemos apuntar, inicialmente, hacia estos elementos como prioritarios, en la medida que son aquellos que nos permiten reivindicar el rol profesional de la docencia, en contraposición al papel técnico al que nos marginan quienes al día de hoy nos pretenden agotados y sobrepasados. Y desde allí, desde esa posibilidad, podríamos pensar y ejecutar, con mucha mayor creatividad y capacidad de acción, prácticas no sexistas en el aula, innovaciones pedagógicas centradas en el aprendizaje profundo de los/as estudiantes y escuelas democráticas en las que se formen personas que analicen cómo mejorar entre todas y todos, nuestra realidad, nuestro mundo.

Como vemos, el camino es largo y complejo, pero para querer cambiar el actual sistema sobran los motivos. Profesoras y profesores, que sobren también la organización y la lucha.


Profesor de Historia y militante SOL