Suele ocurrir hoy en día que una novela es llevada al cine y entonces nos enfrentamos a una tan clásica como absurda comparación: cuál es mejor, el filme o el libro. Para miles de estudiantes ver una película es la manera más rápida y fácil de “leer” un libro, aunque sobran ejemplos que demuestran la enorme distancia entre ambos lenguajes. No sólo hay ajustes propios del formato y soporte en los que un director puede decidir dejar fuera del filme algunos personajes o episodios; sino que cualquier casting de actores ya es de por sí una forma de intervenir, de reescribir un libro para llevarlo al celuloide. Una adaptación puede recurrir a una voz en off para determinado narrador omnisciente, otro preferirá prescindir de ese recurso. Algo similar pasa en el teatro. A veces.

No he podido dejar de pensar en 2666 de Roberto Bolaño. Ese libro, compuesto por 5 novelas, y que para su autor representaba su obra cumbre, fue llevado a escena hace 10 años por una compañía franco-española, y en el marco del Festival Santiago a Mil, pudimos verla en aquel enero en la misma sala de Matucana 100 en que ahora se presenta Democracia, adaptación del libro Facsímil de Alejandro Zambra realizada por el brasileño Felipe Hirsch.

¿Por qué traigo a colación a Bolaño, qué tienen en común ambas obras? Desde mi punto de vista, en el acto de adaptación a la escena, hay una estrategia similar, elemental y que pareciera obvia, pero no tendría por qué serlo: se ciñen ajustadamente al texto, se sustentan rigurosamente en él. La experiencia entonces es casi la de asistir a una lectura del libro en escena, verbalizada desde las prodigiosas memorias de los intérpretes. Si uno ha leído el libro y tiene punto de comparación, sale rendido al aplauso. Ahora, en el caso de 2666 de Bolaño, lo difícil parecía dado por la monumentalidad del libro, presentar 5 novelas con una enorme cantidad de personajes, atmósferas, paisajes, tramas, en fin. En realidad se trataba sin duda alguna de un trabajo muy ambicioso. Y el resultado fue una pieza de 5 horas de duración magistralmente resuelta, que se sostenía exclusivamente en el texto de Bolaño. En cambio con Facsímil de Alejandro Zambra la dificultad estribaba más bien en el carácter indefinido de dicho libro, en su renuencia íntima a ser una novela, en su peculiar estructura de prueba de alternativas. Porque, aclarándolo al lector desinformado, Facsímil es un libro a medias tintas entre la poesía, el ejercicio lúdico y la narración. Su estructura es la de un ejercicio académico, simula ser una prueba para entrar a la universidad. Así, se van planteando textos aparentemente neutros en contraposición a discursos oficiales, propuestas de sentencias que en su relación permiten que emerjan los hablantes, para dar cuenta finalmente de una época. Habla una generación en las páginas de Facsímil. Pero no hay lo que tradicionalmente entendemos por argumento, aristotélicamente hablando. ¿Cómo construyó entonces la dramaturgia Hirsch? Si la estructura del libro es la de una prueba de alternativas para ingresar a la universidad, entonces en el escenario estaremos en una competencia olímpica, y puesto que cada texto representa una alternativa (A, B, C, D y E), entonces los personajes serán las cinco alternativas, A, B, C, D y E. Además una voz en off para dictar las instrucciones del examen. Y listo. Salvada hábilmente así la dificultad de esta puesta en escena, todo lo demás se puede descansar en el texto y por ende en la capacidad interpretativa de los actores.

Más allá de ello, tendríamos que detenernos en el nombre de la propuesta de adaptación, porque traslada el foco, la clave de lectura. Si en Facsímil el título viene dado precisamente por la estructura, o a la inversa, es el título el que define y anuncia la estructura del texto; llevado a escena como Democracia, el título se propone como un telón de fondo que literalmente ilumina la escena donde transcurre la competencia. Como los dos lados de una metáfora, si Facsímil acentúa el carácter lúdico, la figura, la forma; Democracia es el discurso político, denuncia claramente la estafa en que vivimos. La habilidad de Zambra fue construir una novela allí donde no había espacio para cuentos y lo que había que hacer era dar respuestas para demostrar una aptitud académica. La habilidad de Hirsch es hacer hablar a las alternativas, dotándolas de personalidades reconocibles gracias a los talentos actorales que les dan voz.

Primero la prueba parece simple. Saber el significado de las palabras y sus sinónimos, como en el programa televisivo de moda. Pero las palabras dejan de significar lo que significan cuando enfrentamos la realidad. La libertad por ejemplo. La democracia, de hecho. Construir familias semánticas, lograr que sean de la misma familia palabras de significancias opuestas. Así surge la historia. Es la voz de la generación de Zambra, la de quienes hacíamos facsímiles de la PAA en la década del 90, en la democracia recién recuperada, mucho antes de la revolución pingüina. La voz de quienes teníamos por padres a adultos que, o no se metían en nada, o estaban metidos en algo. Esa generación que crecimos dudando del compromiso político y que nos develamos a la larga incapacitados incluso para el compromiso amoroso. El salto de un país que era disputado por nuestros padres para nosotros sus hijos, y que ahora no nos interesa legar a nadie puesto que convertidos en padres preferimos no tener hijos. Zambra usa la figura de aquella prueba para acceder a la universidad (metáfora en sí misma de la competencia y la exclusión) para situarnos en el momento de la vida que supone el paso de la adolescencia a la adultez. Esa dimensión personal, íntima, se expone como imagen de lo que le sucede a un país entero. Lo que nos pasó como chilenos. Creer que con la democracia llegaba la alegría. Lo lento que fue, que es, que ha sido salir de la dictadura. No se puede vivir 30 o 40 años tapando el sol con un dedo. Hay abusos, injusticias y hasta crímenes por doquier, los cadáveres están cada vez más vivos. Duele la vigencia de esta obra. Más aún en un contexto como el actual, donde los empresarios se coluden para esquilmar a la población impunemente, donde los gobernantes exhiben su ignorancia con brutal prepotencia, donde se denuncia por abusos sexuales a los sacerdotes que como si nada editorializan en los medios, donde se libera a militares condenados por espantosos delitos. Ese es el Chile que retrata Zambra y al que le pone rostro Democracia. El Chile de la posverdad, de los docurealities. De “la medida de lo posible” al “es lo que hay”. Corta resulta toda temporada en cartelera para piezas como esta.

En cartelera hasta el 11 de agosto en el Centro Cultural Matucana 100.