Cada dos meses voy a cortarme el pelo con Lulú. Cobra buen precio, hace un buen trabajo, y en el tiempo que espero a ser atendida recibo rápidas lecciones de cultura fronteriza (vivo en El Paso, a 30 minutos caminando de uno de los puentes que une Estados Unidos con Juárez, México). El catecismo improvisado que da inicio a muchas de las conversaciones de Lulú con sus clientas es una forma de freestyle rap religioso que nunca había visto en otro lugar:

—¿Como está Lulú?

—Aquí estamos, muy bien, bendito sea Dios, qué más pedir.

—Que la tenga en su santo reino.

—Así lo quiera el santísimo

—Grande es su gracia, Lulú

El rezo se da por terminado cuando alguna de las dos mujeres (en su mayoría son mujeres en sus 50 o mayores) se persigna y la otra la sigue, pero puede recomenzar en cualquier momento, y no se reserva exclusivamente a los saludos o a las despedidas. Cuando llega mi turno de sentarme a la silla para que me corten el pelo a veces incluso siento que me debo confesar. Mi rostro en el espejo me devuelve una expresión de pavor; el rostro de Lulú, su pelo amarillo, voluminoso, tijeras en mano, sus vestimentas coloridas y uñas falsas en carmín furioso; mis labios sellados, mis testarudos pecados impecablemente a salvo en la atmósfera de amoniaco que reemplaza a la mirra en esa peluquería.

La última vez que fui Lulú le estaba cortando el pelo a un caballero que había sido su cliente por 20 años. Un hombre agradablemente coqueto, de bigote y nariz halagüeña. Durante los 20 minutos que duró su sesión hablaron sostenidamente en dos idiomas, él en inglés y ella en español. Un diálogo bilingüe sin traducción, y parecían entenderse perfectamente.

El bilingüismo no sólo sucede en traducción. Dos idiomas pueden llegar a formar un mismo código, y en la frontera ese código se está creando día a día. El mestizaje de la lengua es tan natural al desarrollo del lenguaje como la inmigración a la historia de los Estados Unidos, y el castellano es el segundo idioma más hablado en los Estados Unidos.

Lulú observa el resultado de su trabajo en el espejo. Sus largas uñas postizas trazan círculos imperfectos en mi cabeza. Intento ocultar mi éxtasis. Nadie me ha rascado la cabeza desde la última vez que estuve con mis hermanas, en Chile, hace ya demasiado tiempo. Mis ojos, fijos en el reflejo de Lulú en el espejo, en su cabello amarillo, en su rostro recientemente bronceado de una visita a su hijo en Georgia. Me imagino una Barbie madura, chicana, benevolente y armada de tijeras.

Con una de sus uñas Lulú mueve mi oreja a un lado, y escucho el silbido filoso de sus tijeras eliminando una fracción de pelo. Me sonríe, victoriosa, acostumbrada a la asimetría de la perfección. Sonrío de vuelta.

Al abandonar la peluquería, Lulú exclama, mirando el piso “ya mero que me toca mopear” (del inglés “mop” trapear). Tuve que ahogar una carcajada, pues me sigue causando gracia escuchar este tipo de expresiones fronterizas, y todavía extasiada por la memoria de las uñas de Lulú en mi cuero cabelludo, probablemente intoxicada por el éter de los humos amoniacales, imaginé en la luz ámbar de la tarde a Trump entre la clientela de Lulú, esperando una hora, condenado a no poder moverse de su silla y a constatar los signos irrefutables de que el inglés no es el idioma oficial de los Estados Unidos. Un escenario idílico, y tan imposible como parece imposible que se haya permitido que Trump eliminara simbólicamente a los hispanos, al borrar el castellano de todas las redes sociales de la Casa Blanca. Como si los hispanohablantes no fuesen la minoría más grande de los Estados Unidos. Como si la etnofobia no fuese censurable.

Tal vez la frontera es uno de los mejores lugares donde se puede observar la resistencia simbólica a este tipo de borradura simbólica de los hispanos. La poesía de Rosa Alcalá en Mi Lengua (M)alterna (editorial Futurepoem, 2017) es una marca paradigmática de la historia de las huellas de esta resistencia, del archivo bilingüe que se sigue escribiendo, y de su génesis en la experiencia de una estadounidense bilingüe, hija de inmigrantes españoles. Un momento memorable en la colección de instantáneas que crean la atmósfera singular del libro es el poema “Paramour”. Alcalá utiliza la personificación poética para dirigirse al “Inglés”, el idioma/hombre al que el hablante poético dice amar:

                       El inglés es sucio. Poliamoroso. El inglés

                       me desea. El inglés sale con chicos y chicas.

                       El inglés deja la cuenta del bar

                       abierta y nunca duerme

                       solo. El inglés te habla suavecito

                       me hace rogar. Es un poco de juego de roles

                       y a mí me fascina jugar.

El inglés no es puro, es sucio, bisexual, poliamoroso, como el lenguaje en general. Lo que se suele colocar en recipientes separados para evitar contaminación, a saber, términos como lo extranjero/extraño/inmigrante/nacional/local/propio/nativo, con referencia al idioma y a la identidad propia, se anudan para zurcir una tierra donde estas oposiciones comunes pueden ser superadas para perforar barreras lingüísticas y otras divisiones raciales, étnicas, y políticas. Tal vez este sea el peligro del bilingüismo —un peligro reconocido y destacado cada vez que se lo niega en los Estados Unidos mediante actos concretos y simbólicos de borradura y silenciamiento del español y sus hablantes—. El bilingüismo funciona de acuerdo a una determinada lógica que, si participáramos de ella, deja en evidencia la artificialidad de las nociones que actualmente utilizamos para determinar lo propio y lo ajeno, al extraño (o al extranjero, al inmigrante) y al sujeto “nacional”.


Doctora en Literatura Comparada. Académica, traductora y poeta. Actualmente enseña Creación Literaria en la Universidad de Texas, EEUU.