La Tercera publicó el martes en la noche la nota “El fin del caso de los Hornos de Lonquén”, informando que habrían sido detenidos 5 condenados por el emblemático caso de violaciones a los DDHH, cuyos restos fueron encontrados en noviembre de 1978.

Leer esta, como tantas historias de la dictadura, duele en lo profundo. Esta en particular además de doler, me llega de cerca. La nota menciona a Don Inocencio [Sic], como un ermitaño que habría encontrado las osamentas. No se bien si era ermitaño. Sí se, que las osamentas las encontró no por azar, sino luego de una larga y peligrosa búsqueda.

Don Inocente Palominos, era para mí y mis hermanos más que un campesino un “minero”, un viejito cariñoso que se alegraba cuando lo íbamos a ver. Yo no tenía entonces más de 7 años e ir hasta allá me producía sensaciones encontradas. Algo había en el camino que me angustiaba, sobre todo cuando pasábamos por el medio de unas represas donde a un lado de la ruta se veía el agua contenida y hacia el otro, el vacío infinito.

Pero pronto llegábamos a la casa de “Donizonte” -como le decía mi hermano chico que apenas hablaba-, y era un oasis. Recuerdo un patio con árboles y quizás algunos cardenales florecidos. Un espacio simple y resguardado. Un lugar donde estar en capilla, donde los adultos conversaban nunca supe bien de qué, mientras nosotros, mis hermanos y yo, deambulábamos por ahí.

Don Inocente era un personaje misterioso. Tenía una mina, dijo alguien. Y de oro. Estar cerca de él era como estar cerca de un mago, que daba algo de susto y mucho de admiración. Pasó el tiempo y sin una razón más que el devenir de la vida dejamos de verlo. Nunca de recordarlo.

Años después, la escritora Isabel Allende hizo alguna visita a Chile luego de haber publicado “De Amor y de Sombra” (1984), novela que incluye en su relato el hallazgo de los cuerpos de Lonquén. Gonzalo Aguirre, el entonces sacerdote que menciona la nota de La Tercera, quiso hablar con ella, y se reunieron.

Creo que fue luego de ese encuentro que Gonzalo Aguirre -el Mote, el Gonta, el padre de mis hermanos y por cariño también mío-, y yo, tuvimos una conversación.

Me contó que al leer la novela, con todas las diferencias del caso, se había dado cuenta que él era uno de sus personajes. Y cuando empecé a hacer –como habitualmente lo hacía- infinitas preguntas, pasó a contarme la parte de la vida de Don Inocente –y de la suya- que apenas intuíamos años atrás.

Don Inocente tenía un hijo detenido desaparecido. Como muchos padres, madres, parejas e hijos, con la desaparición de él comenzó su búsqueda inclaudicable, estableciendo nexos de todo tipo y sin ignorar ninguna señal que pudiese llevarlo a su hijo. Tras años de búsqueda, tuvo la certeza de que había cuerpos –osamentas-  en una mina de cal, en Lonquén.

La zona estaba cerca de algún recinto militar, con resguardo permanente, lo cual hacía difícil acercarse físicamente y más aún “escarbar” la zona. Pero fue y lo hizo. Y algo encontró. Y como relata la nota de La Tercera, Don Inocente entonces habló con el Mote, el cura de la Vicaría y fijaron día y hora.

No se si este relato coincide literalmente con los testimonios y documentos judiciales, pero esto es lo que me contó, y sobre todo lo que vi en sus ojos y en su cuerpo mientras lo hacía.

Don Inocente y el Mote partieron de noche al lugar identificado. Con mucho susto, con mucho miedo, me imagino que con ansiedad y con un par de palas o herramientas por el estilo. Dejaron el auto a la orilla del camino, y siguieron a pie hacia los hornos, temiendo constantemente que los militares que hacían guardia en la zona los vieran.

Mientras el Mote hablaba, su mirada estaba en otro tiempo, en otro lugar, rehaciendo el camino, imagino. Sintiendo el frío y también el miedo. Llegaron al lugar definido y empezaron a cavar. No me acuerdo si estuvieron mucho o poco tiempo con las palas trabajando hasta que encontraron unos anteojos. El Mote hizo una pausa en su relato. Apenas con un hilo de voz me dijo que pronto encontraron más cosas. Y huesos.

Frente a la certeza y por temor a que alguien los hubiese visto y pudieran intervenir el hallazgo, tomaron un cráneo, lo pusieron en una caja y volvieron.

Mientras me contaba, yo imaginaba esa vuelta. Hacía muchos gestos con las manos, como si volviera a tomar la caja y a no poder creer lo que tenía dentro. Llegaron a la Vicaría y la entregaron. Y lo que vino después es de público conocimiento.

Don Inocente y su perseverante búsqueda tuvo como resultado el hallazgo de varios cuerpos de detenidos desaparecidos y la posibilidad de que algunas familias pudieran enterrar y llorar frente a una tumba a sus familiares. Él murió sin encontrar a los suyos. Pero quiero creer que de alguna forma -quién sabe cuál-, más allá de la muerte, él y su hijo sí lograron encontrarse.