El 20 de noviembre de 1981 se inauguró en el Parque Forestal la primera versión de la Feria del Libro de Santiago, organizada por la Cámara Chilena del Libro. Por primera vez un espacio oficial reunía a escritores, editores y lectores. Muchas mesas redondas y actividades culturales, mucha buena onda. En 1987 la Cámara crea la empresa Prolibro S.A. para organizar otros eventos y ferias en Santiago y regiones. El que hubiera una sociedad anónima de por medio anunciaba que algo no andaba bien. ¿Dónde estaba el Estado?

Desde 1989 la feria se traslada a la Estación Mapocho y en 1990 se internacionaliza; comienzan a participar invitados extranjeros. Por esos años era “el” gran evento literario de Chile, en un momento en que no solíamos recibir visitas de muchos escritores ni de artistas en general. Los eventos literarios más importantes del año ocurrían ahí y era un certamen imperdible. Tiempos en que no existían cuatro agrupaciones de editores, sino solamente la Cámara donde participaban varios de los que hoy apuntan sus dardos contra ella y el modelo Filsa. “Es muy raro que en un país que editorialmente en el mundo pesa muy poco, existan cuatro asociaciones de editores —dice Sebastián Barros, director de Pehuén, miembro de la Cooperativa de Editores de la Furia, ex socio de Editores de Chile y ex Cámara—; es urgente llegar a acuerdos”.

A fines de los 90´ un grupo de siete editores más pequeños que no se sentían representados ni resguardados en sus intereses por la Cámara forman una asociación paralela. Según relata Barros fueron “considerados socios clase B con restricciones, podíamos votar, pero no podíamos ser miembros del directorio. En ese minuto nos vamos”. El 2001 se constituyen formalmente en la Asociación de Editores de Chile, seis habían formado parte de la Cámara. Lom es la séptima editorial y nunca lo fue. Actualmente la asociación reúne a más de 70 editoriales independientes y universitarias. Paralelamente a su formación, comienzan a surgir con fuerza editoriales medianas, pequeñas y micro, varias de las cuales pasaron a engrosar sus filas y otras tantas fundaron el 2014 la Cooperativa de Editoriales de la Furia, que congrega a más de 30 editores.

Ya le llovía sobre mojado a la Cámara del Libro. A fines del 2015 varias trasnacionales la abandonan y unos meses después crean la Corporación del Libro y la Lectura, hoy presidida por Arturo Infante. La agrupación la conforman 16 editoriales, entre las cuales se incluyen Planeta, Santillana y Random House, quienes anunciaron la semana pasada que no participarán en Filsa pues no desean entre otras cosas “pagar los sueldos” a la Cámara del Libro, como señaló Pablo Dittborn, uno de los socios de la Corporación, ex director de Random House y ex Cámara.

“La Corporación del Libro y la Lectura que reúne a los grandes grupos y algunos editores locales, no soporta no seguir siendo dueño y señor de la principal feria del libro y hoy critica lo que ellos mismos hacían a los otros cuando manejaban Filsa — opina Paulo Slachevsky, director de Lom y miembro de Editores de Chile—. La feria internacional el libro en Chile no puede seguir siendo una feria de una sola organización donde los otros actores del mundo del libro tengan un rol marginal, donde la prioridad  esté en la rentabilidad de la organización que convoca por sobre su rol en la democratización y valorización del libro. También hay un claro agotamiento de un modelo que naturaliza la desigualdad y una lógica tipo apartheid en la presencia de las editoriales y librerías,  y que no permite dar cuenta de la importancia y rol que tienen la edición independiente y universitaria en la producción editorial de nuestro país”.

Sebastián Barros, director de Pehuén, cuenta de unas mesas redondas para democratizar la feria que tuvieron lugar en la Estación Mapocho donde estaban presentes los cuatro estamentos, incluida la Corporación, y se le pidieron números al presidente de la Cámara, en ese momento Alejandro Melo. “La Cámara no quiso entregarlos. Se hizo un ejercicio delante de él y calculamos que generaba alrededor de 500 millones y tenía un costo de 400. Fue un ejercicio en que nosotros poníamos números delante del presidente y el no decía ni sí ni no, solo movía la cabeza en forma diagonal, pero era obvio que sí genera excedentes. Estábamos diciéndoles: señores no digan que esta es una feria colectiva, porque no lo es. En un momento que tenemos 4 asociaciones es propiedad de uno solo y genera excedentes para uno solo de ellos. Para que la feria patrimonialmente sea la feria de todos debemos organizarla entre todos”.

“La Filsa recibe por contrato directo, sin necesidad de postulación, un apoyo estatal que este año sería superior a lo ochenta millones de pesos, a diferencia de las otras asociaciones que tienen que postular a fondos para financiar las ferias que realizan, como son La primavera del libro y la Furia del libro – plantea José Gabriel Feres director de Virtual Ediciones y miembro de la Asociación de Editores–. No solo los montos en estos casos son significativamente menores, si no que, por ejemplo, La Primavera del Libro no recibió apoyo este año”.

Hace al menos tres años tanto la Cooperativa de Editores de la Furia como los Editores de Chile vienen anunciando su retiro. “Nos han convencido hasta la Ministra de Cultura en ocasiones anteriores. Eso ha ocurrido muchas veces en el últimos 10 años —dice Barros—. ¿Estamos peleando por un tema de política cultural o por un mejor precio del stand? Si estamos peleando por un mejor precio del stand tampoco es una discusión interesante. Cambiemos esta cuestión de una vez. Si es preciso no vamos, pero para que esta feria sea estructuralmente distinta, no para que nos dejen participar un poco más”.

El 2015 intervino el Consejo del Libro para mediar y las cuatros agrupaciones firmaron un protocolo para que se asegurara a los independientes la posibilidad de tener stands colectivos en igualdad de precio por metro cuadrados que los miembros de le Cámara. “La firma del protocolo, que se repitió el 2016 y el 2017, era una condición para otorgar las platas que da el Consejo del Libro a Filsa para actividades culturales; era requisito que estuviéramos todos de acuerdo”, dice Francisca Múñoz, directora ejecutiva de Editores de Chile desde 2016. Mediante esta firma de acuerdos comenzó a hacerse una salvedad y se permitieron los stands colectivos tanto para Editores de Chile como para la Cooperativa. Antes, solo una empresa podía inscribir un stand. El precio en UF por metros cuadrados no es igual para socios y no socios, y la participación en actividades culturales también dice relación con los metros cuadrados, así como la ubicación en la nave central o en carpas hacia fuera.

“Este 2018 no se ratificó el protocolo ni hubo llamados a reuniones para el programa cultural, pero les pasaron varios millones igual —dice Marcelo Montecinos, primer presidente de la Cooperativa de Editores de la Furia, entre el 2014 y el 2017, quien estuvo presente en todas las negociaciones anteriores—. Hoy somos imprescindibles para mostrar una Filsa 2018 con editores. Si no llegamos a estar es porque la situación está más mal de lo que se ve”.