Claudio Arrau llegó a vivir a Berlín a los 8 años tras una beca del gobierno de Chile. Lucrecia León, su madre, lo había hecho debutar a los cinco años en el teatro Municipal de Chillán, recién inaugurado en 1908, y su fama de niño prodigio se extendería hasta Santiago. La beca en rigor dependía del Parlamento, es por eso que el niño Arrau en Santiago tuvo que dar varias audiciones frente a parlamentarios, ministros e intelectuales de la época hasta que por fin fue emitido el decreto.

A mediados de 1911 la familia Arrau llega a Berlín, el músico iba acompañado por su madre y sus dos hermanos. El primer maestro de Arrau en Alemania es una desilusión que pronto es reemplazado por Paul Schramm. Arrau lo recuerda como “un hombre amable, muy inteligente y lleno de ideas, pero algo loco”. Esta primera parte de la historia es crucial, pues si no fuera por la intervención de Rosita Renard, que llevaba un tiempo becada en Alemania, y sus consejos, Arrau nunca se hubiera encontrado con su maestro Martin Krause (1853-1918).

Es ahí en que comienza la feliz historia de Arrau en el Conservatorio de Stern, donde ya era muy conocida y valorada la otra gran pianista de la época, Rosita Renard, que incluso llegó a ganar el diploma a la mejor alumna del conservatorio, y que era protegida de Krause.

En todas las entrevistas de Claudio Arrau siempre hay palabras de agradecimiento a Martin Krause, su maestro. Un sajón que conoció al niño Arrau a los sesenta años, y que traía consigo la genealogía musical que lo vinculaba con Ludwig van Beethoven, pues había tenido como discípulo al checo-austriaco Carl Czerny (1791-1857), un músico precoz, que a su vez tuvo como alumno dos años a Franz Listz, que le dedicó sus Estudios Trascendentales.

La entrada de Arrau al Conservatorio de Stern no fue de inmediato. Por la edad, estaba lejos de ser aceptado. Krause actuaba no sólo como su profesor de piano, sino como mentor, ya que no iba al colegio. Arrau tuvo profesores particulares de inglés, francés, matemáticas e historia. Maestro y alumno visitaban museos, iban a conciertos, óperas, caminaban por las calles de Berlín conversando acerca de Goethe; el niño oriundo de Chillán se impregnaba de la cultura germana de la época. En 1913, aunque aún no tenía la edad requerida, entra al Conservatorio de Stern en Berlín.

Había pasado dos años en el conservatorio y el joven chileno ya era blanco de elogios por especialistas. A los once años había sido seleccionado como uno de los siete pianistas más destacados del momento en Berlín. Recibió ese mismo año por parte del Conservatorio de Stern el piano de cola de concierto entregado anualmente por la Casa Ibach Sohn y la medalla Hollander.

A los 15 años pierde a su gran maestro. “La muerte de Krause fue terrible para mí…Creía que se había acabado el mundo. Y experimentaba una horrible sensación de abandono. Creía que se había acabado todo”, le dijo en entrevista a Joseph Horowitz.

La crisis económica de Alemania tras la Primera Guerra, sumió a Claudio Arrau en un sentimiento de desesperación, él debía hacerse cargo de la familia. En 1919 y 1920 recibe el premio Lizst que se había mantenido desierto por cerca de 45 años; también el Premio Schulhoff. Honores que le daban un empuje a su carrera, y la ayuda económica que necesitaba más que nunca. Un año después, en 1921, el gobierno de Chile suspendería la beca de estudios que había sido renovada anualmente desde 1911. Claudio Arrau cumplía 18 años y por lealtad a Krause nunca más volvería a tener otro maestro.

En varias entrevistas le preguntan a Arrau por estas figuras del maestro y el discípulo. Y a la hora de hablar de sí como maestro siempre menciona a Karlrobert Kreiten. Diciendo que de haber vivido, sin duda Kreiten habría sido su gran obra maestra. Nacido en 1916 en Bonn, hijo de un profesor de piano y una cantante, se mostró desde pequeño con gran talento para el piano y el violín. Y a los 10 años dio su primer concierto público. Había ganado el Premio Mendelssohn en Berlín y desde 1938 Karlrobert, el alumno aventajado de Claudio Arrau, daba conciertos por toda Alemania.

Pero su destino fue el peor de todos. El 3 de mayo de 1943 había sido detenido por la Gestapo en Berlín. Se le acusaba de alta traición por el Tribunal Popular de Hitler. Y el 3 de septiembre de 1943 el mismo tribunal lo condenó a muerte. Su familia apeló en los más altos niveles y el mundo de los músicos se puso firme pidiendo que se desistiera de la condena. Pero todo fue infructuoso. El talentoso discípulo de Claudio Arrau, su alumno predilecto, fue ahorcado a los 27 años por traición a la patria. “Karlrobert Kreiten ha tratado traidoramente de quebrar la voluntad patriota de una ciudadana alemana mediante las más bajas calumnias contra el Führer Adolf Hitler, las predicciones de una revolución y el consejo de alejarse del nacionalsocialismo traicionando al pueblo para de esa manera ayudar a nuestros enemigos. Por todo esto ha perdido su honor para siempre y es condenado a muerte en la horca”.

Arrau nunca pudo olvidar ese trágico hecho, y ese fue uno de los grandes motivos por los que dejó Alemania, con ese dolor, de ver que la patria que le había entregado las herramientas y los saberes, se transformaba con Hitler en lo más parecido al infierno.


Poeta y guionista