Primer plano al trasero de una mujer en bikini en la portada de La Cuarta. Una voz de hombre comenta “mire que maravilla, mire que cosa más linda, si está muy rica”. De pronto un trozo de carne molida cae justo encima de la foto del diario y nos damos cuenta que el que estaba hablando era un carnicero. Así comienza “Sexo con amor” (2003), la película chilena que por nueve años ostentó el record de ser la que más público llevó a las salas con casi un millón de espectadores, consagrando un tipo de humor nacional y masivo basado en hombres sexualmente frustrados y que muchas veces terminan cruzando la línea del consentimiento en su búsqueda de placer, persiguiendo a mujeres agresivamente e intentando hacerlo pasar como un gesto romántico y simpático. Todo, con el público alentando a que el fracasado pueda sacarse las ganas y gritar “viva Chile”.

Han pasado 15 años del estreno de esa película, tiempo suficiente para tomar distancia para dejar que sus escenas y chistes refloten con otro sabor. Lo que inicialmente era presentado como un acto tierno del protagonista, en realidad es acoso; esa pasión desenfrenada, una agresión; y ese sexo salvaje, un abuso sexual. Todos gestos que supuestamente las mujeres debían agradecer y recibir con los brazos abiertos, porque al final del día eran hechos por los héroes de la historia a los que teníamos que entender y con los que había que empatizar.

Durante fines de los ’90 y principio de los ’00 proliferaron las cintas que buscaban en la pierna, el calzón y el escote una forma de irreverencia y rebeldía masculina a costas de la mujer, alejarse de los conflictos sociales de la dictadura y hacerse un espacio en la cartelera mostrando las miserias sexuales de los hombres y sus peripecias a la hora de intentar encamarse con la sobrina seductora, la stripper devora hombres o la vecina ninfómana, idealizando un estereotipo de mujer que estaba solo para ser deseada. Y si bien hay casos en los que sus problemas sí tienen mayor desarrollo, estaban de telón de fondo, para desencadenar algo en el personaje masculino o ser el remate gracioso -y sexista- en una escena.

Esta mirada es la que se impuso en el pasaje de formación de la misma generación que creció viendo “Mekano” y “Morandé con Compañía” en la TV, y que con películas como la mencionada “Sexo con amor” o “El Chacotero sentimental”, “El Rey de los Huevones”, “Los Debutantes”, “Promedio Rojo”,”Radio Corazón”, “Grado 3” y “La Vida es una Lotería”, tenía la ratificación de que las mujeres encuentran halagador que se las mire de pies a cabeza como si fueran trozo de carne y disfrutan con que el hombre intente meterse entre sus piernas para validar su masculinidad. O que al menos debían aceptarlo.

¿Y por qué ponerse a hablar sobre unas películas que ni siquiera están en Netflix? Porque son estas narrativas las que ayudan a establecer las normas en la cultura, marcan la cancha en la que nos movemos y si no se cuestionan o se debaten, van calando como un patrón de conducta. Dicho de otro modo, si romantizamos el acoso en una ficción y animamos a que un personaje lo haga, ¿qué nos impide normalizarlo en la vida real? Así funciona la cultura de la violación en la gran pantalla chilena.

Sexo con amor: Ligar con lavadora

Uno de los momentos más recordados de la película dirigida y protagonizada por Boris Quercia es justamente un gran ejemplo de cómo se retrató la búsqueda de placer y el cuerpo de la mujer. Después de que el protagonista pasa toda la historia demandando a su esposa que tengan sexo y haciendo un berrinche cada vez que ésta le dice que es brusco o que no la escucha, al final se le cumple su gran deseo. Pero no con ella, con una jovencita, como si el filme le premiara por su insistencia, como sí él no fuera parte del problema de su pareja para empezar.

Ya cerca del final de la película, cuando Emilio (Quercia) se rindió de intentar ligar con Maca (María Izquierdo), de la nada aparece el personaje interpretado por Javiera Díaz de Valdés: Susan, la sobrina de entre 17 y 18 años, que se va a hospedar en la casa del matrimonio y, era que no, se siente atraída por el tío. Ella es atrevida y se cambia de ropa delante de Emilio, deja la puerta del baño media abierta para que él la vea en ropa interior o se sube la falda para que se excite con su entrepierna.

Y la famosa escena es así. En un momento a solas, Susan aprovecha para sacarse la ropa y meterla en una lavadora en el patio donde está Emilio. Él, se la come con la mirada cada vez que a ella se le ve el escote o el trasero, hasta que se acera y se le pone por detrás. Ella, se le pega como si bailaran regaettón. Calzones al suelo, cierre del pantalón abajo, ambos arriba de la lavadora, y la cámara, que partió tomando a ambos, se va acercando cada vez más a la cara de Quercia mientras llegan al clímax, su clímax, haciendo desaparecer de pantalla al personaje de Díaz de Valdés, como si ella no estuviera ahí, como si el único que estuviera disfrutando fuera el hombre y la mujer un cuerpo que tiene solo el fin de satisfacerlo. En ese momento, ella bien podría haber sido reemplazada por la lavadora.

El problema es que si hemos seguido esta trama, a Emilio se le recompensa por no prestarle ni un segundo de atención a su esposa. Está tan obsesionado que jamás la escucha, no hace ni el intento de entender por qué ella no puede. Y eso es exactamente lo que hace esta cultura, poner el énfasis en los problemas del hombre, catalogando como tonteras o una humorada los de la mujer y ponerlos en un segundo plano. Tal como pasa con Maca, la verdadera heroína de la historia, quien parte con una especie de fobia al sexo y termina experimentando con la masturbación y descubriendo su cuerpo. O al menos eso se alcanza a ver, porque no es que le den mucho tiempo para ella tampoco.

Los debutantes: El acoso como romance

El 2003, el mismo año en que la lavadora se imponía como una nueva fantasía sexual, llegó el primer largometraje de Andrés Waissbluth, en el que contaba desde tres puntos de vista una historia oscura y tórrida en la que la prostitución, violencia y obsesión se conjugaban al mismo tiempo. Uno de los protagonistas es Víctor (Juan Pablo Miranda), un adolescente que se obsesiona con Gracia (Antonella Ríos), una stripper que ve en el club nocturno donde está ambientada la película.

Este es un claro ejemplo de cuando el puntapié inicial para una historia de amor es un comportamiento de hostigamiento y un asalto sexual que se hace pasar como una declaración romántica. La cosa es así: después de que el colegial persigue y logra dar con su dirección, ella le acepta la invitación a tomarse un helado. Tras compartir un viaje en micro y una caminata por Plaza de Armas, éste se enoja porque Gracia sale con otro tipo. Y lo que colma más su paciencia es que el otro, es Silvio (Néstor Cantillana), su hermano mayor que no tiene la menor idea del encaprichamiento.

Alterado después de agarrarse a combos con el hermano, Víctor la busca en su trabajo para mostrarle sus heridas de guerra como prueba de su amor. “¿Dónde andabai?”, le pregunta. Gracia le responde, calmada y comprensiva, “sabes, no tengo muchas ganas de hablar”. Él le eleva la voz y le dice que está cansado de hablar y la toma del brazo para impedir que se vaya. Pasando por alto que intenta alejarlo, la tira contra la pared golpeándole la cabeza, le pone las dos manos sobre los hombros y le da un beso mientra la mujer lo mira con miedo. De fondo corre música romántica.

Este se supone es el momento en que el personaje de Miranda, el inocente que se ve envuelto en el terreno de lo macabro, encuentra el amor y la escena es tratada como tal. ¿En qué mundo usar la fuerza para besar a alguien es sinónimo de amor? ¿Por qué si todo el cuerpo está diciendo que no, pero de su boca no sale explícitamente esa palabra, se interpreta automáticamente como un sí (los miro a ustedes jueces españoles de La Manada)? ¿O es que en verdad lo que ella quiera no importa? ¿Hasta cuándo se sigue filmando como encantador algo que debiese ser aterrador?

El chacotero sentimental: El cuerpo es la cancha

Uno de los recursos más comunes de las películas “chico conoce chica” versión chilensis es el de presentar exclusivamente a la coquetería como una dinámica del hombre insistiendo y mujer rechazando para terminar cediendo. Interpretación por lo bajo retorcida y limitante que se irradia a gran parte de la cultura pop y a la vida fuera de la pantalla. Vale, es lógico que una de las dos partes tiene que moverse primero y hacer un acercamiento, pero hay una diferencia evidente entre invitar a salir a rondar su trabajo y esperar que te aplaudan por eso. Pero, ¿qué pasa cuando es la mujer la que, por una vez, toma la iniciativa?

Es curioso que de “Sexo con Amor”, “Los Debutantes” y “El Chacotero Sentimental”, ésta última sea la que mejor reconcilia las pulsiones carnales de ambos géneros y sea la que menos tiene de ficción, aunque de todas maneras persista, tal vez de forma inconsciente, en una arraigada confusión entre osadía y paternalismo sobre las costumbres ligadas al deseo sexual. En 1999 Cristián Galaz recogió tres historias anónimas que se contaron en el popular programa del radio la Rock & Pop, conducido por Roberto “Rumpy” Artiagoitía, para hablar del Chile que hasta ese momento tenía poca representación en pantalla.

En la primera historia llamada “Patas Negras”, Daniel Muñoz es arrastrado a ser el amante de Lorene Prieto, una vecina casada que domina los recovecos de la infidelidad con un descaro que va desde acomodarse el calzón cuando la falda se le levanta en medio de la calle a hacerle sexo oral en la misma casa que está el “cornudo”. En otra historia, “Todo es cancha”, Tamara Acosta y su pareja Pablo Macaya están de allegados en el “block” de su familia y no pueden tener nada de intimidad porque duermen en la misma habitación con sus hijos y la abuela. Ahí, Acosta le rechaza cada uno de los intentos de Macaya por ganar 10 minutos a solas con argumentos más que válidos, pero que son tratados como excusas y como si fueran puras leseras.

Todo siempre mirado desde la vereda de la comedia, donde el consentimiento sirve para hacer un chiste y el cuerpo de la mujer la cancha donde el hombre se juega su masculinidad. Y ahí esta Prieto obviando que es manoseada por el kioskero para demostrar que es sexy o Acosta ignorada por su pareja, quien si hubiera dejado de pensar en su entrepierna por un momento y la hubiera escuchado, seguramente habrían podido ingeniarselas antes.

Y como ellas, no son pocas las mujeres que han visto por décadas sus deseos reprimidos o ignorados tanto en la pantalla como en la vida real, postergándolos y aceptando la hegemonía masculina, como si el sexo fuera un auto en el que van sentadas en el asiento de atrás mientras el hombre las conduce.

No es fácil reconocerlo, pero muchas veces estamos moldeados por lo que vemos, leemos o escuchamos, y cuando cada uno vive sus propias experiencias, consciente o inconscientemente, se tiende a comparar con los cuentos que moldearon las formas que tenemos de ver el mundo.

Si gran parte de las ficciones parten de la base que el hombre es un depredador, que las mujeres son un trofeo a conseguir y que hay una relación proporcional entre la sumisión y cuán deseable como pareja se es, no es necesario que pasen 15 años para entender los efectos que tiene la cultura en la forma en que se interpreta y disputa el cuerpo femenino. Por eso sigamos yendo a las salas, volvamos a mirar las películas y mantengamos las discusiones sobre las narrativa del cine chileno.