El cine siempre se ha preguntado por la justicia. Cientos son los niños que en la pantalla grande se han preguntado si robar o no robar, como cientos los inocentes que se han visto tras las rejas, activando de salto la indignación de los espectadores. Igual de numerosos son los pistoleros del western que se reúnen en una fogata al anochecer antes de seguir con su persecución y se preguntan por el destino de los desalmados que le arrebataron a su familia. Cientos, también, los tribunales que dictan una sentencia infiel a los hechos; cientos los abogados que deciden tomar un caso más allá del tiempo de sus honorarios. Y si son cientos los que persiguen la justicia, miles son los que en el cine han decidido combatir la injusticia, aunque sea injustamente, desde superhéroes hasta madres sin hija.

Sin embargo, pocos son los que se atreven a decir esa cosa incorrecta sobre la justicia, aquello que se tilda inmediatamente de injusto o de intolerante; eso que contradice lo que Pascal resumió para el catolicismo con su fórmula “la justicia debe ser seguida justamente”; eso que podríamos llamar una justicia más allá de la ley, más allá del derecho, e incluso más allá de los justo. Para ser más preciso, nos referimos a eso que hizo Fatih Akin en su reciente filme En pedazos, pero que ya había hecho Quentin Tarantino (utilizando a la misma actriz, Diane Kruger) en su Bastardos sin gloria (2009): quemar nazis.

En pedazos (una desvirtuada traducción para su nombre original en alemán: Aus dem Nichts, algo así como Desde la nada) nos muestra chispazos de cómo Katja, una nacida alemana, contrae matrimonio en la cárcel con Nuri, un nacido turco. Luego, nos revela su vida tras la cárcel, normal y sin saltos, cuidando de su pequeño hijo y llevando adelante un negocio de contabilidad en un barrio de inmigrantes turcos en Hamburgo. Esta primera parte de tres, culmina con la muerte de Nuri y su hijo producto de tremenda explosión, que destruye moral, psíquica y físicamente a Katja. La segunda parte nos muestra el juicio seguido en contra de los principales sospechosos: una pareja de jóvenes neonazis que habría puesto una bomba en nombre de la nación alemana. Todas las pruebas apuntan a su culpabilidad, pero el tribunal desestima la acusación, por falta de pruebas. La indignación nos lleva a la tercera parte del filme, donde Katja persigue a los, según su intuición, culpables de la muerte de su hijo y marido.

Hasta ese punto, el filme se presenta como uno clásico sobre la injusticia: un crimen que destruye la vida de nuestra protagonista, seguido de un fallido intento de ajusticiamiento, para terminar con una escena donde las balas de la justicia caen sobre los malditos, reconciliando a nuestra protagonista con la vida. Sin embargo el filme de Fatih Akin toma otro rumbo. Katja, tras dar con la dirección de los malditos neonazis, decide reconciliar la muerte de sus difuntos cerrando el ciclo de la misma manera, armando la misma bomba de clavos que le perforó el cráneo a su pequeño hijo y que le reventó el pecho a su marido. En un primer intento, Katja deja la bomba y se va a situar en un lugar privilegiado para contemplar el boom. Pero se arrepiente y quita la bomba sin ser descubierta. Luego, en un segundo intento, hace lo que debe: lleva la bomba con ella y la hace estallar delante de los asesinos de su familia, destruyendo todo, acabando con todo, incluso con ella misma. ¿Qué significa ese arrepentimiento de Katja? ¿Qué idea de justicia hay en ese acto de arrepentimiento y posterior destrucción total?}

Es recurrente que la crítica a En pedazos se articule en torno a la noción jurídica de justicia de propia mano. Sin embargo, en el lenguaje jurídico “justicia de propia mano” significa, precisamente, algo que no es justicia, algo injusto que no sigue la ley, el derecho ni la idea de justicia encarnada en las instituciones. Pero lo de Fatih Akin es una lectura justa de la justicia, no es justicia de propia mano, y eso se nota en el gesto de Katja, el gesto de no aceptar ser juzgada por quemar nazis. Al más puro estilo de la clásica Antígona, Katja es una heroína que invoca la justicia más allá de toda ley, lo que tiene por precio la vida misma.

Lo mismo hizo Tarantino en Bastardos sin gloria, probablemente su filme más (inconscientemente) comprometido con una idea de justicia: Shosanna, la dueña secretamente judía del cine donde Hitler y todos los altos mandos de la SS iban a ver un filme producido por Goebbels, hace estallar su cine con todos adentro, incluida ella. Y es que nazis y neonazis encarnan ese dilema propio de las democracias liberales, un dilema que requiere de una respuesta transparentemente paradójica: ¿qué hacer con quienes no comparten nuestros valores? O más bien, ¿qué hacer con quienes quieren invocar el derecho a matar a otros en función de criterios de odio fundado en rebuscadas o superficiales teorías sobre la raza, la ciencia y la historia?

“Al fascismo no se le discute, se le combate” es una frase que, en todo el mundo, se ha convertido en un lema en contra de los avances de la ultraderecha, tanto en la política institucional como en las calles. Y es que puede ser que los discursos negacionistas ya estén cobrando sus primeras víctimas, llevándonos a mirar de frente los terroríficos límites de nuestro mundo y haciéndonos ver que una gran pregunta se nos acerca sin inmutarse mucho: ¿qué hacer con los injustos? O, más claramente, ¿vamos a quemar a los nazis?


La mirada de los comunes