1.- Pocos intelectuales calificados “de peso” por el colonialismo universitario, pueden provenir de países llamados “periféricos”. Samir Amin (1931-2018) fue uno de ellos.  Egipcio por parte de padre y francés por parte de madre, ingresó al Partido Comunista Francés muy tempranamente para luego distanciarse del marxismo soviético y abrazar ciertas tendencias maoístas, cruciales para los llamados países del “tercer mundo” y sus dramáticos procesos de descolonización. Amin no estuvo solo. Perteneció a una constelación de intelectuales egipcios marxistas entre los que se cuentan Anwar Abdel Malek, Nazih Ayubi, entre otros, que problematizaron al imperialismo tanto como ampliaron el marxismo para la comprensión de los procesos históricos acontecidos en el Medio Oriente y sus estructuras coloniales.

Samir Amin ha muerto, pero su legado resulta tremendamente significativo para una izquierda que requiere pensar su presente desde lugares capaces de ir más allá del “eurocentrismo” y que sea capaz de abrirse a una mirada cosmopolita. Amin volvió a pensar sobre el capitalismo cuando cierta crítica europea se afanaba en reproducir ad infinitum el discurso acerca del “fin de la historia” junto al definitivo triunfo del neoliberalismo a escala planetaria.

Advirtió en torno a sus fuerzas y debilidades trazando análisis de larga duración y ensayó la tesis de un “siglo XXI no americano”. No abandonó jamás el marxismo, pero lo asumió de un modo creativo lejos de la obsesión dogmática que terminó acabando a la propia tradición. Todo su proyecto intelectual consistió en dar una nueva inteligibilidad al marxismo, crear otros focos de análisis, abrir problemas que el marxismo tradicional había obliterado o simplemente olvidado. Desde Marx y el marxismo trabajó en la creación de conceptos y nuevas miradas que jugaron siempre a contrapelo de su propio tiempo.

En contra del diagnóstico de la izquierda tradicional, entendió en el potencial emancipador de las revueltas árabes del 2010 advirtiendo la reivindicación justiciera de las mismas y cómo tales revueltas no podían simplemente analizarse aisladas de la historia, sino que acusaban recibo de la misma en el instante en que, más allá del orientalismo con el que la mirada eurocéntrica contemplaba la historia del mundo árabe, para Amin tal historia era la de los conflictos y, sobre todo, la de las continuas insurrecciones contra las dinámicas del imperialismo. Lejos del prejuicio orientalista, según el cual, los pueblos árabes serían pasivos frente a su historia, Amin subrayó el modo en que los diferentes momentos de movilización social de los pueblos árabes, constituyeron fel motor de las grandes transformaciones en Medio Oriente. Que haya habido descolonización no se debió sólo a la pérdida de poder de las grandes potencias imperialistas, sino también, a las múltiples formas de insurrección que presionaban diariamente desde abajo.

Asimismo, siempre sospechó del islam político como fuerza de transformación. Indicó el modo en que históricamente las potencias imperialistas han movilizado a los grupos islamistas a su favor y cómo éstos últimos no remiten a una articulación “atávica” o “medieval” según enseña el prejuicio progresista, sino que éstos constituyeron fuerzas del todo modernas que no eran más que un “eurocentrismo inverso”. Para Amin, las revueltas del 2010 terminan desde el momento en que se llama a elecciones y donde Mohamed Morsi –quien fuera candidato de la Hermandad Musulmana egipcia y posterior presidente finalmente derrocado por los militares- se presenta como el mejor candidato para las política exterior de los EEUU. Las revueltas terminan aplastadas por la presencia del imperialismo en el seno de las oligarquías reinantes, en las que el ejército egipcio tendrá mucho que decir. Amin estuvo de acuerdo con la expulsión de la Hermandad Musulmana del poder, pero no con las políticas posteriores de Al Sisi que terminaron por confiscar el proceso revolucionario en Egipto (esto último se aclara en uno de sus últimos textos). A continuación ofrezco algunos breves apuntes sobre la teoría del imperialismo propuesta por Samir Amin, a modo de homenaje a su pensamiento.

2.- Lenin fue uno de los pocos que captó, con la astucia del teórico que asume radicalmente el desgarro de la historia, la escena imperialista de principios de siglo XX: “El imperialismo –escribía en su singular folleto– de comienzos del siglo XX completo el reparto del mundo entre un puñado de Estados a cada uno de los cuales explota hoy (en el sentido de obtener superbeneficios) una parte del “mundo entero” algo menor que la explotada por Gran Bretaña en 1858; cada uno de ellos ocupa una posición monopolista en el mercado mundial gracias a los trusts, los cárteles, el capital financiero y las relaciones entre acreedor y deudor; cada uno de ellos disfruta hasta cierto punto de un monopolio colonial.” La clave del párrafo de Lenin es que plantea tres elementos fundamentales que definirán al imperialismo de su época: en primer lugar, que el imperialismo es ejercido por un grupo de “Estados” que se reparten el “mundo entero”, en segundo lugar, que cada Estado ocupa una posición esencialmente “monopólica” del mercado mundial y, en tercer lugar, que ello define su posición desde el punto de vista colonial.

Estado, monopolio y colonialismo definen la tríada que, 1916 (cuando se articulaban los acuerdos de Sykes-Picot entre Francia y Gran Bretaña por los que se repartían Medio Oriente), configuraba la realidad del imperialismo. Pero, igualmente fundamental resulta la tesis que Lenin despliega en el mismo título de la obra: el imperialismo no nace con el capitalismo, sino que sólo se articula como su “fase superior”. ¿Qué significa aquí, “fase superior”? Significa que ingresa a una fase de su desarrollo en la que se juegan las posibilidades de su fin, en cuanto: “(…) el imperialismo es la antesala de la revolución social del proletariado. Esto ha sido confirmado a escala mundial desde 1917.” Lenin podía ser “realista”, en el sentido de mirar el acontecimiento de la Revolución Rusa como aquél que emerge desde las propias entrañas del imperialismo y contemplarle como una “fase superior” que marca, a su vez, el principio de su decadencia.

Si el capitalismo ha elegido a un puñado de Estados para que saqueen el planeta –dirá Lenin– es porque en su “fase superior”, éste funciona concentrando vía los Estados imperialistas un “monopolio” del mercado mundial. Lenin describe con agudeza el rasgo central de la “fase superior” que está teniendo lugar en ese momento y que se caracteriza por su movimiento centrípeto en el que diferentes instancias actúan de cosuno para concentrar, centralizar, monopolizar, acumular el capital y sus diferentes formas de ejercicio colonial. Más aún, Lenin identifica perfectamente el momento en que tiene lugar la mutación sufrida por el capitalismo, en el que el viejo capitalismo de corte liberal es reemplazado por el nuevo de carácter monopólico. El viejo capitalismo que se habría caracterizado por la etapa de la libre competencia, habria quedado superado por el nuevo capitalismo que, a diferencia de su predecesor, se caracterizará por la formación de grandes monopolios fomentados por el crecimiento de los Estados en la forma de grandes potencias imperialistas.

Siguiendo la vía leninista pero en una clave que integra la reflexión gramsciana en un horizonte postcolonial el intelectual egipcio Samir Amin planteó tres puntos que resultan clave para pensar la “imperiología” en el escenario contemporáneo: en primer lugar, Amin define la imperialismo como una etapa “permanente del capitalismo” modificando así levemente la hipótesis leninista que la consideraba sólo como su “fase superior”, pues para Amin el capitalismo fue desde siempre imperialista; en segundo lugar, Amin considera que la fase actual del imperialismo es la de un “imperialismo colectivo” que no sólo opera desde un Estado que quiere hacerse con los monopolios como ocurría durante el siglo XIX y principios del XX, sino que, desde fines de la Segunda Guerra Mundial, está constituído por la “tríada” compuesta por  EEUU-Europa-Japón.

Para Amin, el capitalismo mundializado inaugura esta nueva fase del “imperialismo colectivo” en el que, a diferencia de Lenin que consideraba a los Estados como los actores clave de una lucha sin cuartel por los monopolios mundiales, la “tríada” ha establecido una verdadera red inter-estatal orientada a la expansión incondicionada del capital. En tercer lugar, y no obstante la existencia de la tríada, Amin propone la prevalencia de un “hegemón” constituido por los EEUU al interior de esa tríada que, desde su perspectiva: “(…) es el único Estado que puede ejercer las funciones indispensables de jefe de filas de la militarización de las intervenciones del Norte en el Sur”. Es aquí donde cobra sentido el término “hegemonismo”. Según Amin, éste último siempre designa una realidad multidimensional, relativa y amenazable.

Es “multidimensional” –plantea– porque no se reduce exclusivamente a la dimensión económica sinio que contempla el control de la divisa, un factor ideológico y un peso decisivo en el mercado mundial, así como también la puesta en juego de una “productividad superior” en ciertos sectores clave de la producción mundial; es “relativo” dado que, según reconoce Amin: “(…) la economía mundial no es un Imperio Mundo gobernado por un centro único.” sino que se articula en virtud de una multiplicidad de puntos haciendo de la economía mundial siempre “relativa” a otros, ya sea que estén en posición de dominio y acepten así los mandatos impuestos por la tríada o en rebeldía y entonces, rechacen dichas políticas y se advierta la posibilidad de alguna intervención.

Por esta razón, el hegemonismo es también “amenazable” puesto que depende de las relaciones de poder que configuran sus modos de expansión, estrategias y eventuales formas de intervención imperialista. Gracias a su pasado maoísta, Samir Amin ha actualizado la noción de imperialismo descentrándola de su primera configuración leninista en orden a pensar su relación con la hegemonía y los nuevos actores que configuran la nueva realidad geopolítica después del fin de la caída del muro de Berlín. Este es el nuevo escenario que, a diferencia de Lenin, Amin pretende diagnosticar.

Un escenario absolutamente inestable respecto del precedente y que, sin embargo, agudiza nuevas contradicciones en el seno del capitalismo y su forma neoliberal. En este contexto, Amin plantea que el “hegemonismo” norteamericano se basa en cinco objetivos: en primer lugar, en “neutralizar”  a los dos miembros de la “tríada” (esta última no es una entidad armoniosa) para conservar su dominio por sobre Europa y Japón e impedir que estas entidades actúen por fuera de la órbita norteamericana; en segundo lugar establecer el control militar de la OTAN dominando así las zonas de la antigua esfera soviética (hoy Rusa); en tercer lugar, controlar sin freno a Medio Oriente en orden a mantener la explotación y circulación petrolera así como la existencia de Israel; en cuarto lugar, desmantelar a China e impedir la configuración de nuevos bloques regionales que puedan decidir otros términos en torno a la globalización y, por último, “(…) marginar las regiones del Sur que no representen interés estratégico”.

En este escenario Amin no deja de abrir posibilidades. Porque si bien la nueva fase del imperialismo intensifica el despliegue del capital financiero, también abre nuevas posibilidades. En este sentido, Amin no dejó de plantear que: “(…) el siglo XXI habrá de ser más radical que el XX.” Para eso, Amin convoca a la imaginación de los pueblos para que abra alternativas que, hasta ahora, no aparecen posibles. La diversidad de propuestas le resultan clave, la discusión sobre ellas, crucial: “(…) en el largo plazo ya he dicho que –para mi- la sociedad postcapitalista (definición voluntariamente imprecisa) sólo será deseable, si libera a la humanidad de la alienación economicista y la polarización mundial. Denomino a esta sociedad “comunista”, en la tradición de Marx.” Contra la idea de que sólo una apuesta dogmática puede abrir una alternativa, Amin considera que sólo la diversidad de propuestas pueden restituir el horizonte comunista. Y no se trata sólo de derechos civiles, o de ganar una democracia malamente parlamentaria.

Para Amin todo eso es necesario, pero más decisivo será “liberar a la humanidad” del capital cuestión que sólo resultará posible a partir de una apuesta socialista: “Por supuesto a condición de entender por socialismo no una fórmula confeccionada, definida de antemano, sino resultado de la imaginación inventiva y plural (…)” Amin el marxista plural, aquél que abrió otros lugares de reflexión, volviendo a plantear las condiciones actuales del imperialismo, sigue vivo. Larga vida al compañero Samir Amin que nos lega el abrazo de un pensamiento suficientemente intenso, como intensa ha sido la barbarie de su propio tiempo.


Académico, Universidad de Chile