Una nueva meta de gobierno se anuncia: concretar 2.000 deportaciones durante el año. Se retoma así la agenda en materia migratoria desde el Ministerio del Interior y para cumplir el objetivo, “limpiar la casa”, se realiza un comunicacional vuelo con destino a Colombia con 51 deportados a bordo.

Esposados, custodiados y fotografiados. La escenografía perfecta para hacer de Colombia el enemigo del día. El objetivo es solo uno: generar el relato de que la delincuencia tiene nacionalidad, sin importar como esto afecte al colectivo colombiano residente en el país, a las cientos de familias que eligieron buscar paz, nuevas oportunidades y una acogida amable en nuestro país.

Según datos de la OIM, fueron más de 32.000 las personas que en calidad de migrante o refugiado llegaron por vía marítima a Europa en los primeros cinco meses del 2018. Los Organismos Internacionales no han demorado en instalar la preocupación por este fenómeno, tildándolos de complejos dada su masividad. Solo Francia deportó a un número cercano a las 26.000 personas durante el 2017. En América Latina el escenario no ha sido muy diferente. Solo por mencionar un par de situaciones: México en el 2016 expulsó a 147.000 personas y República Dominicana el mismo año a 40.000, estos últimos, todos haitianos.

Estamos frente a un fenómeno social de alcance mundial. Las deportaciones en el mundo se han constituido como métodos efectivos de control de la población en situación migratoria o solicitante de refugio. Esta es siempre una solución de corto plazo. Más bien inmediato. Hoy es posible ver a líderes europeos como Giuseppe Conte y Emmanuele Macron proponer la creación de centros de análisis de solicitudes de asilo en los países de origen de los migrantes, frenando así anticipadamente los deseos migratorios de las personas, analizando las ventajas y las desventajas de determinada.

Y aunque esto último sorprenda, no es muy distinto al procesamiento de visas en el exterior que habilitó Sebastián Piñera a través de los Consulados de Chile en el extranjero, donde anteponiendo criterios de selección que olvidan por completo la solidaridad y dictaminan arbitrariamente, por ejemplo, que países están viviendo una crisis y quiénes no, se pretende decidir quiénes son bienvenidos y quiénes no. Apoyado en el discurso efectista de asociar migración y delincuencia, el sistema de visas ya está vigente para operar.

Por el otro lado, el Estado que “acoge”, muchas veces desprovisto de mecanismos claros de inserción de la población que llega (una muestra de ello son las demoras en las entregas de permisos de trabajo y visas que Chile hoy tiene, pudiendo tener a un migrante esperando por más de 6 meses hasta la entrega de su cédula de identidad), dejando a la improvisación estos procesos, confiando en la regularización “natural” que puede hacer el mercado laboral (formal e informal).

Hay que insistir una vez más en que la irregularidad es una falta civil, como tal está lejos de corresponder a una tipología criminal o ser causal de alteración social. Es más, el único y realmente perjudicado es el irregular. La persona en esta condición no puede acceder a empleos de buena calidad, se mantiene al margen del mercado formal, tampoco puede hacer uso de la cobertura estatal. Una verdadera madeja de frustraciones que hay que atender, no expulsar.

Pensar la migración desde los vértices de la ciudad: el caso de La Pintana

Según datos del CENSO 2017, la comuna de La Pintana alberga 2.930 de los 746.000 migrantes presentes en territorio nacional. Una comuna que desde su Municipalidad atiende con un Programa especializado las necesidades de los colectivos extranjeros presentes en el territorio.

La Pintana es una comuna que se formó por movimientos migratorios al interior de Santiago. Los desplazados de las zonas que los ricos querían habitar llegan al sur y con ingenio de pobladora y poblador le dan origen a una comuna constantemente olvidada por la política pública desde su nivel central.

Olvido que también se hizo presente durante todos los meses que duró el proceso de inscripción/regularización organizado por el gobierno. Ninguna iniciativa orientada a facilitarlo se hizo presente en la comuna. Haciendo vista gorda a los altos índices de pobreza y escaso acceso a servicios que tiene el territorio.

No es gastronomía, artesanía y exotismo lo que traen consigo los inmigrantes. Son saberes, arte e historia. Un migrante es una persona que por su ubicación social transnacional necesita ante todo, trabajar, y en el esfuerzo por satisfacer esa necesidad, despliega todos sus saberes, todas sus capacidades. Eso será siempre beneficioso para cualquier colectivo humano.

200 millones de dólares son el aporte que los colectivos migrantes le han entregado al fisco entre 2010 – 2017 (DEM, 2018) solo en procesos administrativos como pagos de visas, derechos de nacionalidad, multas, entre otros. Radicarse en Chile no es fácil ni tampoco barato, es un proceso que impacta la economía familiar de manera directa, haciéndose innumerables esfuerzos desde los gobiernos locales para aplacar estos costos (informes sociales para rebajas de multas, programas de subsidios/co-pago, entre otros). En términos puramente económicos, una cosa es cierta: los inmigrantes aportan mucho más de lo que el Estado gasta en ellos.

Finalmente, solo plantear que la deportación es siempre el resultado concreto de una cadena de acciones donde la responsabilidad es puramente estatal. El Estado que expulsa o persigue, porque incapaz de entregar seguridad y bienestar a sus miembros desde los primeros momentos de la vida de una persona ve como estos se vinculan a estrategias de supervivencia que muchas veces tienen que ver con el acercamiento a acciones ilegales. Nadie nace siendo algo, todo es construcción que se aloja en el habitus, eso que aprendimos desde lo que vivimos.

En este nuevo escenario de persecución, más que nunca hay que volver a enfatizar que siempre se puede elegir entre acoger y rechazar. Claro que podemos ser un país distinto. No estamos obligados a repetir las formulas fracasadas de los países del “primer mundo” que levantan muros para separar países y para encerrar migrantes en centros de detención.

Construyamos una resistencia amorosa ante la indiferencia. Construyamos círculos virtuosos que nos permitan hacer un país solidario, una “casa limpia” pero del racismo, la xenofobia y la criminalización de la pobreza. Claro que podemos.


Coordinador Oficina Comunal de Migrantes, Municipalidad de La Pintana