El día martes 22 fueron presentados los principales resultados de la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN) 2017, el instrumento oficial con que se mide pobreza en Chile. De forma resumida se pueden resaltar los siguientes hallazgos:

  1. La pobreza por ingresos pasa de un 11,7% en 2015 a un 8,6% en 2017 (reducción de 3,1 puntos porcentuales).
  2. La pobreza multidimensional –medida en cinco dimensiones: educación; salud; trabajo y seguridad social; vivienda; redes y cohesión social- no presenta diferencias estadísticamente significativas entre 2015 y 2017. Lo anterior quiere decir que los datos no permiten afirmar que haya variación. Si bien la medición arroja que la pobreza multidimensional abarca al 20,7% de la población, por el hecho de trabajar con una muestra y no con toda la población, existe una posibilidad de que ese valor sea otro. Es por ello que las encuestas trabajan con intervalos de confianza, un rango dentro del cual se puede mover un valor estimado. Dicho rango, para los años 2015 y 2017 se cruza, por lo que hay una posibilidad de que sean iguales. Esta posibilidad es lo que impide decir que hay diferencias estadísticamente significativas.
  3. El índice de Gini, que mide desigualdad –con valores que van entre 1 (una persona tiene todos los ingresos) y 0 (todos tienen los mismos ingresos)-, tampoco presenta diferencias estadísticamente significativas entre el 2015 y 2017.

Como siempre sucede con las estadísticas, cada sector político ha salido a interpretarlas según su conveniencia. El oficialismo ha resaltado el estancamiento en la reducción de la pobreza (multidimensional) y el aumento de la desigualdad (pese a que no se puede afirmar tal cosa, por no ser estadísticamente significativa). Los partidos de la ex Nueva Mayoría han salido a celebrar la disminución de la pobreza por ingresos, escudarse diciendo que el impacto de las reformas se verá más adelante e, incluso, los más audaces, como el senador Quintana, salieron a culpar al modelo neoliberal.

Precisamente aquí hay que detenerse, para leer los datos con rigor y, a la vez, dotarlos de un marco con el que interpretarlos. Porque se lee o escucha, incluso entre personajes de izquierda, hablar del fracaso del neoliberalismo, considerando su absoluta incapacidad para reducir la desigualdad (para el año 2006 el índice de Gini era de 0,511; para el 2017 es de 0,501). Sin embargo, ¿es esto un fracaso? ¿El discurso neoliberal prometió alguna vez reducir la desigualdad? La verdad es que no. La igualdad siempre fue, en el mejor de los casos, un objetivo secundario, algo que se lograría como consecuencia de otras políticas públicas como el fomento a la inversión y la reducción de la pobreza. La famosa teoría del chorreo. Más facilidades a los empresarios significaría más empleos, por lo tanto más capacidad de consumo. Lo mismo con la reducción de la pobreza por ingresos, cuya disminución es indiscutible: mientras que el 2006 ésta alcanzaba el 29,1%, para el 2017 llega al mencionado 8,6%.

Entonces, ¿por qué no es posible hablar de un fracaso del neoliberalismo? Porque, precisamente, ha cumplido sus metas. Y aquí es necesario un marco de lectura acorde a un proyecto de izquierda: el neoliberalismo es, tal como dice David Harvey, un proyecto de restauración del poder de las clases dominantes. Decir que ha fracasado implica sugerir que alguna vez quiso el bienestar social, cuando no es así. Su objetivo fue restaurar la dominación burguesa y eliminar cualquier amenaza a dicha dominación.

Los resultados saltan a la vista. La nula variación del Gini revela que, desde la revolución neoliberal en dictadura, ninguna política ha afectado el proceso de acumulación del gran empresariado. Por el contrario, cualquier medida que tenga un reconocido impacto en sus bolsillos –como la negociación colectiva por rama- es tabú para la política neoliberal. De ahí que no fuera tema en la pasada reforma laboral, pese a la retórica grandilocuente utilizada por algunas figuras de la ex NM.

Por otra parte, la reducción de la pobreza se logra a través de bonos y subsidios y políticas sociales estrictamente focalizadas, rasgo esencial del Estado subsidiario neoliberal. No implica en ningún caso una sociedad de derechos. El acceso a educación, salud, previsión, etc., sigue siendo resuelto de forma privada, además, con salarios bajos (según los datos de la última Encuesta Suplementaria de Ingresos) que muchas veces obligan al endeudamiento. Por eso cuando se agregan otras dimensiones a la pobreza, ésta aumenta a 20,7%. La salida neoliberal de la pobreza es una de precariedad.

En definitiva, los resultados de la CASEN 2017 no presentan novedad alguna. La reducción de la pobreza, que tanto aplaude el ex ministro de Desarrollo Social, Marcos Barraza (PC), es apenas un capítulo más en el largo historial de políticas neoliberales, mientras que la invariabilidad del Gini es la otra cara de dicha moneda. Celebrar estos logros es abandonar cualquier pretensión de cambio social profundo, es renunciar a la posibilidad de una política radicalmente diferente a la neoliberal. La conclusión para las fuerzas de izquierda es, por tanto, evidente. El neoliberalismo sigue mostrándose robusto en sus resultados y, precisamente, es por ese éxito que debemos terminar con él.


Sociólogo, Sindicato de Honorarios INE