Compañeras, Compañeros y Compañeres

Poder Ciudadano

Frente Amplio

Es momento que empecemos a debatir de forma seria a propósito del debate sobre los derechos humanos. No siempre se está a la altura política para darlos, no lo digo por querer emitir un juicio sobre alguien en particular, creo que este debate no puede darse a través de cuñas por la prensa o comentarios al voleo, es una reflexión mucho más profunda y, por cierto, infinitamente necesaria.

Creo profundamente en el respeto de todas las dimensiones de los DD.HH y la dimensión de la acción política es fundamental para el debate del ejercicio democrático del siglo XXI, porque no se trata de estar a favor o en contra de un determinado país, con quien puedes o no tener cercanía política, económica o ideológica. Los DD.HH vienen a poner en cuestión todo el debate sobre las democracias, porque desde la caída del muro de Berlín, los derechos humanos quedaron exclusivamente situados entre la dicotomía Democracia/Dictadura. Ya pasada algunas décadas debemos dar un debate más allá de este contraste.

Primero, creemos que meter en un mismo saco como procesos idénticos e iguales a Venezuela, Cuba y Nicaragua es un error grave, porque ningún proceso político es igual al otro, ni en su historia, ni en sus acciones directas o cotidianas para enfrentar su desarrollo, ni en los desafíos que tengan. Si nuestro análisis es ponernos con una tabla estandarizada no habría un solo país que no viole los derechos humanos, ni mucho menos alguno que pueda dar cátedra como intentan hacer algunos en Chile.

Creo que si juzgamos a Cuba por supuesta violación de DD.HH es no hacerse cargo de su historia, eso es solo tener una perspectiva limitada e instrumentalista de la democracia. Decir que la existencia de un partido único o del centralismo democrático es una violación de los derechos humanos, porque es muy diferente a la democracia representativa liberal, es un análisis miope e incluso, por momentos, carente de reflexión y más bien caricaturesco. La democracia no es una, tiene derivadas, bastantes siglos se ha teorizado al respecto. Lo poco democrático del debate de estos días, es que hay quienes solo miran la democracia desde los procedimientos de representación liberal, dejando afuera la garantía de derechos esenciales. Intentando poner en el lugar de los buenos a quienes asumen los estándares de organizaciones generalmente afines a la democracia liberal y al FMI y al otro lado (el de los malos) a quienes creemos que para juzgar se debe hacer desde la historia,la realidad y el contexto social y político de cada país.

Por ejemplo, el siglo XVIII y XIX, los derechos esenciales sólo eran la superación de los absolutismos para los hombres, porque nosotras las mujeres no éramos reconocidas como ciudadanas. Sin embargo, en ese misma época, no se consideraban los derechos a la salud, a la patria potestad de las madres sobre sus hijos e hijas o bien el derecho a la educación y, para qué decir el derecho a voto para hombres sin propiedad, que no eran considerados ciudadanos… (era bien poco democrático el asunto).

Lo significativo es que durante el siglo XX lo que se puso en cuestión fue el avance para fortalecer las democracias, a partir del respeto de los derechos políticos de manera universal y, luego, los sociales y económicos, como si una democracia política fuese más importante que una democracia social. Tras ello, después de las guerras mundiales, los procesos de descolonización de América Latina, África y Asia y las brutales dictaduras militares; los derechos humanos tomaron fuerza, como un símbolo central para el avance democrático.   Recuperada la democracia, lo político desde una mirada liberal siguió siendo más importante que lo social. Qué quiero decir con esto, que los Estados, los gobiernos, siempre están al debe en la garantía de derechos, porque cada vez que “avanzamos” democráticamente, todo lo que era urgente y se superaba, muestra un nuevo desafío para la democracia. Por ejemplo: hoy, no podemos concebir las democracias como ejemplares si no se reconocen los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, el reconocimiento a los pueblos originarios, el reconocimiento de la identidad de género para la comunidad LGTBI, entonces para quienes hoy desde el FA pretenden transformarse en paladines de “la democracia”, ¿Cuba es un ejemplo? Debería serlo, al menos, en estas materias, bajo sus mismos criterios. Tienen Aborto legal, educación y salud pública, de calidad y gratuita y ahora reconocimiento de la identidad de género.

¿Podemos cuestionar la democracia de Venezuela? Obvio, como podemos cuestionar la democracia norteamericana, que viola sin parangón los derechos humanos de su comunidad indígena y del resto de la comunidad internacional a través de intervención militar armada en zonas de Medio Oriente e incluso de América Latina. Por tanto, podemos cuestionar todas las democracias. Pero, de ahí decir que Venezuela viola los derechos Humanos de su pueblo, me parece que es una cuña para la prensa, oportunista y que solo demuestra las ansias para aparecer en los medios y mostrarse como paladín democrático, cuando realmente no buscas aportar a esa democracia, sino figurar. Entonces el debate se transforma en una cacería de brujas de “la clase política” y la prensa contra aquellos que tenemos una opinión distinta y lamentablemente terminamos o del lado de la derecha y los conservadores o somos “unos justificadores de la violación a los Derechos Humanos”. Eso provoca querer dar la cuña para quedar bien con los medios y no para intentar comenzar a debatir sobre la democracia, los Derechos Humanos y Sociales en América Latina.

Ahora bien, también me parece complejo analizar tan ligeramente con ojos chilenos los conflictos de otros países. Es necesaria una mirada global, pero de carácter geopolítico y geosocial, eso nos permite entendernos sin complejos que Venezuela es una democracia en crisis, porque hay posiciones irreconciliables entre el oficialismo y oposición, para asumir el rol democrático que les ha tocado enfrentar, además decir, que los muertos que hay en Venezuela han sido en manos de la oposición que está buscando por todos los medios derrumbar el gobierno. Un gobierno que ha cumplido con los estándares mínimos para el liberalismo, como elecciones regulares, donde han participado, sectores de oposición y oficialistas, donde una parte de la oposición se restó. ¿Quién puede entender el que un sector que se autodenomina demócrata, se reste del proceso electoral, cuando ha sido aprobado por los espacios de mediación para la paz? ¿O lo que realmente estás buscando es el derrocamiento de tu contraparte a través de la fuerza militar internacional? ¿Creemos que el derecho a la educación, a la salud, a la vejez digna, al recuperar los recursos naturales que se explotan para garantizar los derechos básicos de la población, sean símbolos de una violación de derechos humanos, y que el que esté en contra de esa política, tenga el legítimo derecho de buscar la desestabilización para quitarle el derecho al pueblo venezolano?

Sobre Nicaragua, evidentemente, hay una democracia fallida y una clara violencia desde el estado contra su pueblo. Es un caso completamente distinto, no podemos situar la situación nicaragüense al mismo nivel que Venezuela y Cuba, sería mezclar peras con manzanas. Pero tampoco es un fundamento democrático la intervención militar internacional producto de esta crisis, porque además, en ningún país del mundo donde ha habido intervención militar -Afganistán, Irak, etc.- ha habido una recomposición democrática, más bien, quienes han intervenido, han sido violadores sistemáticos de los DD.HH de esos pueblos.

Hay déficit democrático en todos estos casos, incluido nuestro país. Avanzar en más democracia es parte del desafío que tienen Cuba y Venezuela, pero también Chile, que viola sistemáticamente los derechos humanos de niños y niñas, sobre todo de niños y niñas mapuches, o el derecho humano de nuestros adultos mayores.

¿Somos una dictadura? Por cierto, que no, ellos tampoco. Cuba ha dado tremendas señales para los neoliberales que constantemente acosan su proceso de garantías de derechos, a través de proyectos de acuerdo para condenarles, porque no mueren 25 mil cubanos al año por estar en listas de espera por salud pública, por tener el gran ejército de batas blancas que ningún país del mundo tiene; les condenan porque no hay analfabetismo ni desnutrición y por tener educación gratuita y de calidad, les condenan porque estos logros los tienen sin necesidad de aplicar la democracia liberal que tanto pregonan algunos en el FA.  Pero a pesar de todos estos logros, Cuba requiere más democracia y participación ciudadana, por eso ellos mismos, sin necesidad de la intromisión de los organismos internacionales que responden al FMI o de diputados intervencionistas, han iniciado desde julio una reforma constitucional, para fortalecer su democracia, y a través de un proceso constituyente, vinculante y participativo -cuestión que en Chile no hemos sido capaces de desarrollar-. ¡Qué Pueblo más glorioso! que sin poner en riesgo a su pueblo, busca democráticamente avanzar y mejorar, porque sin lugar a dudas, ellos y ellas, también han manifestado que la democracia cubana debe mejorar. Al mismo tiempo, Venezuela, también está buscando mecanismos para mejorar, no a costa de quitarle los derechos sociales garantizados a venezolanas y venezolanos, buscando mecanismos, construyendo mesas de trabajo, invitando a relatores internacionales, habiendo consultas o plebiscitos. Eso significa que ¿todo está bien en Venezuela?, no, tienen un desafío en crisis y una voluntad compleja.

Pero, ¿Somos nosotros los que debemos dar lecciones en materia de DD.HH y nuestros sectores políticos juzgar -cual Zeus- las democracia cubana o venezolana, cuando en nuestro país aún hay impunidad en lo más básico de la defensa de los derechos humanos, tras la dictadura militar? Humildemente, creo que debemos tomar lección y atención, ponernos a disposición de estos países y colaborar en fortalecer sus democracias para que podamos fortalecer la nuestra.

Ahora, creo que la izquierda chilena y latinoamericana, debe tener un debate profundo sobre las democracias que queremos construir para nuestros pueblos, porque no nos puede seguir pasando que se cuestionen nuestros procesos, que sin lugar a duda, han sido importantes para sacar a toda la región de la pobreza, como en Argentina, Bolivia, Brasil, etc, entregando garantías y derechos sociales.

Hoy existe un desafío fundamental para todas las fuerzas transformadoras de la región sobre el rol de la democracia política y democracia social, sobre la democracia liberal y la democracia comunitaria, sobre los procesos de transparencias y el empoderamiento popular y ciudadano. No podemos seguir siendo cuestionados por los Derechos políticos cuando hemos avanzado tanto en derechos sociales. Tenemos un debate abierto sobre el tipo de democracia que debemos impulsar en Chile y Latinoamérica. La izquierda latinoamericana debe hablar sin miedo sobre sus errores y complicaciones, pero, al mismo tiempo, debe reconocer sin vergüenzas sus avances. Esa es la única manera de recuperar la iniciativa, de volver a poner en marcha un proceso transformador que entiende que sin democracia social no se puede reconstruir pueblo, pero sin democracia política tampoco.

Debemos estar a la altura para dar respuestas y soluciones, ser críticos y autocríticos, porque no podemos permitirnos entregarle la construcción simbólica de la democracia y la democracia como modelo para nuestros procesos políticos y económicos a la derecha de la región. Porque NO HAY DERECHA DEMOCRÁTICA, pero es un desafío que tenemos que tomar con altura de miras y sin miedo al debate. porque no somos más demócratas cuestionando lo que ocurre en Cuba o Venezuela, seremos más demócratas en la medida que le hagamos mejor la vida a nuestro pueblo. Por tanto, el desafío es construir un camino que obvie ni democracia social, ni democracia política.