Al olfato se percibe como azufre, con unas notas pimentosas que invitan a estornudar. Al paladar se siente un gusto dulzón químico que permanece con insistencia y que genera una sutil irritación seguida de una sequedad tosca. Como quinterano, conozco cercanamente esa sensación que, ciertos días y según el viento, acompaña  el aire que respiramos. Curiosa y tristemente es una sensación que se une incluso a algunos de nuestros recuerdos de infancia, cuando en clases de educación física nos quejábamos de que “nos picaba la garganta” y tragar se volvía una incomodidad.

Ahora bien, como profesor secundario de la misma comuna, recuerdo más de una vez haber sermoneado a mis estudiantes acerca del valor del sacrificio: levantarse temprano, llegar a la hora, incitar al esfuerzo personal y al compromiso con el trabajo. El sacrificio, significaba, en toda esa retórica, una cuestión de recompensa, algo así como un “ya verán los frutos” de esas abnegaciones obstinadas y la perseverancia que debe guiarles.

Pero en algún momento, nos percatamos de que el sacrificio tenía también otros sentidos. Nos dábamos cuenta de que también se mezclaba con vivencias que habíamos naturalizado y que padecíamos sin habernos enterado siquiera: ese aire enrarecido, esa parte del mar sorprendentemente tibia eran parte de cierto sacrificio, pero también lo eran nuestros familiares o amigos enfermos de cáncer que abundaban en las historias personales de la localidad.

Proveniente de la justicia ambiental, la fórmula “zona de sacrificio” alude, entre otras cosas, a aquellos territorios y poblaciones que participan activamente de la generación de beneficios económicos, pero cuyos excesivos costos ambientales no se distribuyen  sino que se focalizan en zonas de catástrofe  que implican una vulneración total del bienestar y la  calidad de vida, a lo que debe agregarse una devastación severa en términos culturales y de oportunidades de desarrollo.

Seamos claros: los episodios de los últimos días en las comunas de Quintero y Puchuncaví no son los primeros de los cuales tenemos noticia. La zona fue declarada saturada ya en 1993, pero pese a ello,  el crecimiento del barrio industrial no ha cesado de incrementarse,  al punto que hasta hoy existe incertitud respecto del número de industrias que efectivamente funcionan en el sector. Pese a lo dramático de la situación, no  se trata entonces únicamente de revertir los costos ambientales de las industrias ni siquiera de promover una implementación “sustentable” en los modos de producción. Lo que de verdad se juega en estas demandas es la posibilidad de desenmascarar un modelo de desarrollo que se alinea cómodamente con la muerte,  un desarrollo genocida que se maquilla con una nomenclatura exitista y cínica. Sí, rotundamente: todo el discurso sobre el crecimiento es cómplice mudo de estos “costos negativos”. El pomposo crecimiento chileno –este crecimiento del que tanto se alardea en cifras y decimales que arrancan sonrisas a los economistas– es un crecimiento homicida, un crecimiento que nos debe dolor y  que carga con víctimas que no pudieron soñar.  Así también  esa gráfica grotesca y colorida del índice Gini que ha circulado estos días, no es más que una imperfecta caricatura a la que –por honor a la verdad–,  debería  agregársele sangre, azufre, peces muertos y tumores… En fin, todo ese sufrimiento que las cifras disfrazan silenciosamente.

Si algo hemos podido aprender del filósofo Giorgio Agamben, fue su astucia para ilustrar  la extraña oscilación de lo sagrado que se anudaba en la fórmula del homo sacer: esa figura arcaica del derecho romano en virtud de la cual una vida puede ser asesinada sin que constituya delito ni falta.  El homo sacer es entonces una vida cuya dimensión sagrada –cuya sacralidad–,   permite su sacrificio anónimo sin ninguna cuota de escándalo ni remordimiento.  O al revés, el homo sacer indica aquel sacrificio impago, esa aniquilación incógnita que se ofrece a una dimensión sagrada ante la cual no hay más escapatoria que la muerte o la total reverencia.

¿Es acaso sagrado el desarrollo? ¿Cuál es el valor que requiere como ofrenda (u oferta)? ¿Guarda un estatuto divino el crecimiento económico? ¿Se trata acaso de una dimensión que autoriza incluso el exterminio consentido de una parte de nuestra gente?

Lo que ocurre con Quintero y Puchuncavi debe, al menos, invitar a una profanación, exhortar a una herejía e impulsar a un sacrilegio: escupir sobre la jerga financista –estrecha e insuficiente– cuyas ambiciones políticas imprudentes han hecho de la muerte una mera externalidad y de la vida un valor que se puede sacrificar.


Profesor en la Facultad de Educación. Universidad Autónoma de Chile