La palabra feminismo, pos mayo en Chile, consiguió un espacio en la estructura social. No se trata, desde luego, de contener o aislar o academizar  la significación de la palabra. Más bien lo político es resignificarla, ampliar sus flujos, contagiar sus épicas. Pero, más allá  o más acá de la diversidad de  posibilidades que porta el asumir ser feminista, hay que considerar como centro neurálgico que el feminismo apunta a una postura “radical”, definitivamente intransable  ante las discriminaciones que experimenta la mujer: el cuerpo individual y social  más oprimido del planeta, el más agredido y  el más explotado. Y pensar en el feminismo como una opción comprometida con una sociedad  inclusiva e igualitaria considerando todas y cada una de las diferencias.

El feminismo es una opción política frente a la trama irregular de la historia cultural que generó el binarismo como accionar social. Ese comportamiento bipolar (blanco-negro, masculino-femenino) genera automáticamente un más y un menos. Produce de manera instantánea poder y dominación. Segmenta los cuerpos y los ubica de manera multitudinaria en una red de sentidos que opera de una manera que si bien es  material, concreta, se funda en el automatismo  de una expansión simbólica para producir, en cada uno de los imaginarios sociales, una enfermiza naturalización y una interesada verdad en relación al polo negativizado por la cultura y sus intereses productivos. Ese menos asignado a las mujeres ha sido cuando no una catástrofe y una masacre (entre otros múltiples momentos las brujas y su quemazón) sí  una sostenida sujeción.

Las estudiantes universitarias movieron las fronteras, consiguieron una emancipación. Desde luego existían las ”condiciones” (el agudo desmoronamiento de las instituciones) para que se produjera una positiva recepción masiva a sus demandas. En definitiva fue el cuerpo como signo el que marcó el derrotero de la insurrección. Precisamente la conversión del cuerpo desde la condición de objeto a sujeto político: discursivo, pensante, autónomo, fue la victoria de esta gesta. Queda pendiente el examen en torno a una gran reforma curricular que considere y distribuya los saberes producidos por las mujeres y se consolide  así una ampliación más igualitaria en la tarea formativa que es fundamental para desmontar los mapas de  la dominación.

El movimiento estudiantil feminista fue eficaz y necesario. Generó una notable adhesión. Pero también es necesario consignar un grado de lucidez ante la “respuesta” de muchos de los participantes del estudiantado, de académicos y de representantes del mundo cultural  filiados a pensamientos de izquierda que se volcaron a ironizar precisamente ante la nueva posición del cuerpo de las mujeres. Fue y aún es frecuente escuchar expresiones  como “ahora no me atrevo acercarme”, “No sé cómo saludar”, “ahora no se puede tocar a nadie”. Bajo el prisma de una inocente broma, se puede leer una cierta crisis ante la posibilidad de un desplazamiento en las relaciones sociales. Son esas expresiones, su carga, su dirección, su duelo,  lo que confirma que la tarea feminista es urgente y necesaria. En otro sentido demuestra que le compete a las mujeres el avance hacia un nuevo escenario.

Un escenario que es desafiante porque la colonización masculina alcanza a las mujeres que internalizan prácticas que redoblan su propia subordinación. Sin la alianza de una parte más que considerable de las propias  mujeres, no sería posible la asimetría de poderes en todos los órdenes de la vida.

La lucha por los derechos sociales de las mujeres tiene un horizonte de realidad. Desde el ingreso de la mujer a la educación superior o el voto político para las mujeres y su larga espera. El aborto se mantiene en un compás de espera. El neoliberalismo es voraz, incesante, relativista, es mediático, comercial. Sin embargo, hay que pensar en un hecho medular (desde mi punto de vista) y que es la cuestión salarial. Un fenómeno mundializado. A igual trabajo la mujer gana menos. Ese menos incrementa la riqueza de los pocos propietarios del mundo. Ese menos posibilita un menos en  cada uno de los territorios de la vida. Se le paga menos a la mujer porque para el sistema vale menos.

La pregunta más candente hoy es sobre la concentración de la riqueza inscrita en los hombres elegidos por el dedo selectivo de Dios Padre. Y el salario menos de la mujer  sí los ayuda. Y mucho.

¿Qué  le pasaría al mundo si a un mismo trabajo a la mujer se le pagara los mismo que a los hombres? ¿Se acabaría acaso? Tal vez sí. Tal vez no.


Escritora y académica